Sermones que Iluminan

Propio 12 (A) – 26 de julio de 2026

July 26, 2026

LCR: 1 Reyes 3:5–12; Salmo 119:129–136; Romanos 8:26–39; San Mateo 13:31–33,44–52.

Hablar en pleno siglo XXI de reyes y reinados es, para muchos de nosotros, poco común; las únicas referencias “románticas” a reyes y reinados que conocemos son quizás aquellas que hemos visto en documentales, películas o series animadas. Se trata de algo muy ajeno a nuestra realidad. Más bien, en estos tiempos y a nivel casi global, existe todo un movimiento de rechazo a cualquier política o persona que pretenda recrear alguna forma de monarquía. Es entonces, en este contexto, que tenemos que dar, como cristianos, un sentido evangélico, de fe y pastoral al concepto de “Reino de Dios” del que nos habla el Nuevo Testamento y, al mismo tiempo, vivirlo y presentarlo a otros con todos sus valores, desafíos y acciones, siguiendo el mandato de Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todo los demás lo recibirán por añadidura”.

Esto es necesario porque siempre habrá alguien que se pregunta ¿Qué es el Reino de Dios? ¿Por qué es diferente a cualquier otra forma de gobierno o monarquía? Jesús mismo se hace la pregunta: ¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? Y luego utiliza ejemplos comunes para presentarlos de forma sencilla y clara a quienes lo escuchan.

En el Antiguo Testamento, en la lectura del libro de los reyes que hemos escuchado hoy, nos narra de una forma sutil, cuál era el perfil que el pueblo esperaba de un rey. Es a Salomón, el segundo gran rey de Israel, a quien Dios se le presenta en sueños y le dice: “Pídeme lo que quieras y te lo concederé”. Algunos historiadores aseguran que Salomón tendría entre doce a veinte años de edad en ese momento; y el joven rey responde: “Dame sabiduría para saber gobernar a tu pueblo y discernir sobre lo que es bueno y malo”. Luego la lectura nos recuerda también a su padre, el Rey David; los dos marcan lo que será el perfil de un buen rey: fiel, sabio, justo, recto de corazón y cercano a Dios. Si Dios nos hiciera esta misma invitación: “Pídeme lo que quieres y te lo concederé”, ¿qué responderíamos? ¿Qué pediríamos? A menudo pasamos por tantas dificultades personales, familiares, de trabajo, financieras o de salud, que podríamos apresurarnos en pedir o buscar una solución rápida a lo que más nos agobia en este momento.

El Apóstol Pablo sabe muy bien de esta debilidad humana y por eso nos va a recordar: “Ustedes no saben pedir en oración”. Y es precisamente por eso que el Espíritu viene en su ayuda, para que, en medio de los problemas, los sufrimientos, las dificultades, la persecución, el hambre, el frío, los peligros o la muerte, nunca nos apartemos del amor de Dios y busquemos siempre primero su Reino y su justicia. 

Retomemos las palabras de Jesús, a quien el evangelio presenta rodeado de una gran multitud entre quienes había líderes religiosos y políticos, maestros de la ley, personas de todas las condiciones sociales, con todo tipo de necesidades y enfermedades, y a quienes pregunta: ¿Con qué podremos comparar el Reino de Dios? Y es Jesús mismo quien da la respuesta con comparaciones sencillas, con cinco metáforas rápidas que nos dan una idea más familiar del Reino de Dios. Dice Jesús que el Reino es como un grano de mostaza, como la levadura, como un tesoro escondido, como un comerciante de perlas finas o como una red de pesca que se tira al mar. 

Con estas comparaciones Jesús nos deja con la impresión de que el Reino de Dios es tan magnífico que está más allá de lo que podemos comprender. Pero, al mismo tiempo, estas parábolas tienen en común que son ejemplos de la vida cotidiana, de lo normal, lo que está a nuestro alrededor y a nuestro alcance. “El Reino de Dios está cerca”, a nuestro alrededor, es activo, está en medio de nosotros ahora mismo y nos invita a descubrirlo en lo sencillo, porque muchas veces pasamos tanto tiempo buscando a Dios en lo extraordinario que olvidamos que podemos encontrarlo obrando en los lugares más ordinarios y comunes de nuestra vida. Los creyentes, quizá́ nunca llegaremos a comprender por completo todos los aspectos del Reino de los Cielos, pero Jesús nos da algunas pistas, algunas pinceladas de cómo es el Reino, a través de estas parábolas. 

La primera vez que escuchamos acerca del Reino de los Cielos, en el evangelio de Mateo, fue por medio de Juan el Bautista. Él estaba predicando en el desierto, bautizando y diciendo a la gente: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. Poco tiempo después, con la muerte del Bautista y el inicio del ministerio de Jesús, tendremos una nueva visión del Reino de los Cielos. Jesús nos presenta un Reino de Dios que ya está́ aquí, en medio de nosotros. El reto para nosotros será́, entonces, descubrir la grandeza y la belleza de ese Reino de Dios en los aspectos más sencillos y comunes de la vida, en lo impensable y, al mismo tiempo, promover y desarrollar los valores propios del Reino de Dios que son entre otros: vida, verdad, amor, justicia, paz y alegría. 

Podríamos decir entonces, como congregaciones de fe, que el Reino de Dios ¿se parece a una hora de compartimiento después de nuestro servicio dominical? ¿se parece a cada una de nuestras congregaciones, cantando himnos, aplaudiendo, orando y dando la bienvenida a todos? ¿se parece a nuestras iglesias muchas veces diversas y multiculturales, pero al mismo tiempo unidas por la fe y el discipulado? El Reino de Dios que pedimos todos los domingos en la oración del Padrenuestro ¿es el mismo que predicó Jesús? Él nos invita a pedir en el Padrenuestro: “Venga a nosotros tu reino”, un reino de amor y compasión, de misericordia, perdón y reconciliación, de justicia y preocupación por los pobres, de humildad, entrega y servicio, de paz y santidad. Muy diferente en valores y prioridades que cualquier poder temporal que podamos conocer.

Hermanos y Hermanas. Si tuviéramos que determinar, entre todas las enseñanzas de Jesús, cuál es el mensaje central de su predicación, diríamos que es el anuncio de “la Buena noticia del Reino de Dios”. Ésta es la invitación que la Sagrada Escritura nos ha hecho durante los últimos domingos; a que busquemos, descubramos y hagamos nuestro el Reino de Dios en cada momento de la vida. Oremos para que este reino esté presente entre nosotros, en nuestra congregación y en nuestra vida de iglesia y que, como ciudadanos de este reino, demos testimonio valiente al mundo.

El Rvdo. Francisco Valle, sacerdote salvadoreño, es rector de la iglesia multicultural- Episcopal Church of Our Saviour, en Silver Spring, Maryland. Diócesis Episcopal de Washington DC. 

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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