Sermones que Iluminan

Propio 13 (B) – 2012

August 13, 2012


Un tema constante en la vida de todo ser humano, ya sea joven o adulto, es el de la comida. Cuando somos pequeños nos preguntamos qué vamos a comer cada día, qué nos van a preparar nuestros padres, o qué comida nos darán en la escuela. Cuando somos adultos, ya no solo nos preguntamos por nuestra propia comida sino también por la de los demás miembros de la familia. Un padre o una madre de familia se pregunta qué comerán cada día, o si hay dinero para comprar lo necesario, si comen o no sus hijos de la comida que se ha preparado.

A la par con el tema del alimento viene el del hambre. La carencia de comida ha sido una amenaza presente en todas las épocas de la historia de la humanidad. Muchas personas aún hoy sufren por falta de alimento o mueren de hambre. Hoy pueblos enteros están ansiosos al ver que los recursos se hacen escasos y las oportunidades son mínimas para conseguir el sustento.

Esta preocupación del alimento también se daba en tiempo de Jesús. En el evangelio de hoy, que es una continuación del texto del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, vemos cómo la gente busca a Jesús, para ser alimentada por él.

Pero Jesús, el Maestro de todos los tiempos, aprovecha el tema del hambre, para introducir a sus discípulos en un tema aún más profundo y esencial, el tema de la fe. De algún modo, él nos señala que no debemos obrar solamente por el pan diario, sino por el pan espiritual. Nuestra preocupación no debe limitarse a planear nuestra vida orientada a la satisfacción de las necesidades del cuerpo; no solo debemos interesarnos por ir a trabajar día a día, para recibir el cheque que utilizaremos para comprar comida, ropa, transporte, sino que también, y más importante aún, debemos planear nuestra vida y obrar en la búsqueda de Dios. De ahí, que en este evangelio, la multitud que ha sido satisfecha por Jesús, se queda con él para escucharlo, para aprender de él, y ante sus palabras, le hacen la pregunta que todos sus discípulos debemos hacernos: “¿Qué tenemos que hacer para trabajar en la obra de Dios?” (Juan 6, 29).

En primer lugar, la pregunta de estos discípulos apunta a una acción: lo que debemoshacer. No basta el colocarnos al pie de Jesús para escucharlo y para que nos alimente; ahí no termina nuestra tarea como seguidores del Señor. Sino que al acudir a él, al aceptar sus enseñanzas, nos capacita para obrar en favor de la obra de nuestro Padre Dios.

En sus enseñanzas, el Maestro, nos dice, que no nos fijemos solo en lo material, en lo físico: “No solo de pan vive el hombre” (Lucas 4, 4), sino en la gran propuesta del Padre. ¡Cuántas personas conocemos que solo han centrado sus vidas en el dinero y ahogados en la abundancia de sus bienes, se han olvidado totalmente de Dios y de su propia salvación, convirtiendo sus vidas, y la vida de los suyos en una vida de confusión y tristeza!

Jesús nos dice que más allá de la necesidad material hay un llamado profundo, una vocación o tarea que debemos hacer, y al encontrarla y vivirla estaremos realizándonos como personas capaces y felices. La realización de nuestras metas y proyectos si corresponden a la propuesta del Señor, son las mismas metas y proyectos que darán sentido y felicidad a nuestras vidas.

En segundo lugar, el laborar en la obra de Dios, nos lleva a buscar un nuevo orden en nuestra existencia. Si antes pensábamos que lo más importante era lo que hacíamos diariamente para que nos paguen un salario, el Señor nos dice que, como discípulos suyos, debemos buscar ante todo su reino, y que todo lo demás se nos dará después. Ser discípulos de Jesús, pues, implica poner su obra antes que la nuestra, nuestra rutina diaria del trabajo y las ocupaciones humanas vienen después de la obra de Dios. Aceptar a Jesús como nuestro Maestro es vivir la vida ya no desde la necesidad y la urgencia, sino desde la fe. Una vida vivida desde la necesidad lleva a la ansiedad y a la desesperación. La urgencia a que nos lleva la escasez, nos conduce al odio, a la envidia y a la muerte. La vida que nos propone Jesús es diferente, es la vida de la gratuidad de Dios, que Dios no desampara, no deja morir de hambre. ¡Él llena nuestra vida hasta la saciedad!

Si no pusiésemos a Dios y a su obra en primer lugar de una manera personal, continua y diaria, podríamos caer en situaciones muy difíciles y confusas. Tal fue el caso del rey David, que nos relata el segundo libro de Samuel. Nos cuenta la historia bíblica que David, rey de Israel, utilizando su poder, un día fue llevado por la tentación y deseo de la carne a una situación de adulterio con Betsabé, la extranjera esposa del soldado Urías, el hitita. Es una historia muy triste de engaño, traición y muerte; vemos como un pecado desata una cadena de pecados. Escuchamos cómo Betsabé al quedar implicada en esta infidelidad, acude a David, quien en primer lugar intenta engañar a Urías, y al no lograrlo, planea su muerte. David, elegido por Dios, para gobernar a su pueblo, cambia prioridades, se olvida de la obra de Dios para satisfacer su propio egoísmo.

Lo que nos propone Jesús es otro tipo de vida, es vivir una vida con propósito. La vida del discípulo de Jesús es la vida del hallado, del encontrado por Dios, que ya no está solo. Dios ha venido a nuestro encuentro, nos ha rescatado y ahora va delante de nosotros, sus seguidores, respondiendo a nuestras inquietudes y necesidades, eliminando barreras y abriendo caminos, caminos nuevos de vida y esperanza.

En el camino de Jesús hay alimento, hay vida. Jesús nos alimenta, no una vez ni dos sino siempre. Así como el Dios de nuestros padres alimentó al pueblo de Israel en el desierto, y como Jesús alimentó a sus seguidores con panes y peces, él continúa fortaleciéndonos, dándonos vida.

Una vida de Dios, de discípulo fiel, que ya ha establecido prioridades, es la que encontramos también hoy en la carta de san Pablo a la comunidad de Éfeso. Desde la cárcel, el apóstol de los gentiles, exhorta a sus hermanos en la fe a vivir en unidad, a estar comprometidos con el llamado que han recibido, a abrazar la sencillez, y humildad de la vida para vivir en la comunidad cristiana. Él los hace conscientes de que si no hay sencillez, no hay reconocimiento, y sin reconocimiento del otro, solo hay envidia y división en la comunidad de creyentes. Estas palabras de Pablo son valores que fortalecen la vida del discípulo del Señor, son como un pan espiritual nuevo, bajado del cielo, que no solo alimentan nuestra vida personal sino también la de nuestras comunidades.

El tema del alimento sigue siendo importante entre nosotros, y junto a la pregunta ¿qué comeremos, qué beberemos?, pensemos también qué alimento espiritual nos da Dios, puesto que el que se alimenta de su Palabra, tiene vida eterna, y no morirá eternamente.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan