Sermones que Iluminan

Propio 15 (B) – 2015

August 17, 2015


Hermanos y hermanas; una vez más el buen Padre-Madre Dios nos convoca en torno a su mesa para compartir con nosotros su Palabr y para entregarnos como alimento de nuestra vida el cuerpo y la sangre de su Hijo quien hoy nos invita a comer su cuerpo y beber su sangre para tener vida eterna; dispongamos pues nuestra mente y nuestro corazón para que resuene en nosotros esa Palabra y así podamos también recibir con mayor convicción de fe el alimento que nos fortalece y nos devuelve la fuerza para avanzar en nuestra camino de fe.

Las lecturas de hoy continúan ahondando el tema del alimento eucarístico. Recordemos que desde hace varios domingos venimos reflexionando sobre el “discurso del pan” que nos trae san Juan en el capítulo sexto, una auténtica catequesis que pone el evangelista en labios de Jesús al día siguiente de la multiplicación de los panes y de los peces.

Durante los anteriores domingos las lecturas del Antiguo Testamento nos fueron preparando de una manera simbólica para lograr entender lo que escuchamos en el evangelio: primero fue Elíseo quien multiplicaba panes, luego aquel pasaje del Éxodo donde Moisés hablaba del maná que Dios daba a su pueblo, hace ocho días el pan y el vino que fortalecieron a Elías para proseguir su camino hasta el Monte de Dios, y hoy es el libro de los Proverbios que nos habla de la comida festiva que Dios, personificado en la Sabiduría, prepara para los suyos.

Son pocas las veces que durante el año litúrgico se lee el libro de los Proverbios; hoy tomamos un pasaje muy significativo ya que se trata de la invitación que hace la Sabiduría, que es Dios mismo, para participar en un banquete que ella misma ha preparado. A ese banquete están invitados todos y todas, pero de una manera muy especial los ignorados, los marginados, los que no cuentan para nadie. La liturgia cristiana encontró aquí un auténtico símbolo de lo que debe ser el banquete eucarístico, un banquete donde todos son invitados y del cual ninguno, bajo ninguna circunstancia, debería ser excluido.

Comer juntos, compartir la mesa, es un elemento, o quizás una actitud, que al parecer ha cultivado el hombre desde las épocas más remotas; posiblemente no haya una cultura, antigua ni moderna, donde no esté presente la comida en comunidad con el objeto de “celebrar”. Pues bien, en la Biblia ese acto tan antiguo y tan común se convierte en metáfora, en un elemento simbólico para indicar que a través de él, Dios otorga algo más de lo que el alimento real proporciona; recordemos una frase que nos decía Jesús en el evangelio de la semana pasada: “sus padres comieron el maná en el desierto y murieron” (Juan 6:49), para luego afirmar: “Éste es el pan que ha bajado del cielo, para que quien coma de él no muera” (v. 50). Es decir que ese valor metafórico del alimento que se venía gestando ya desde el Antiguo Testamento, alcanza su máxima plenitud en Jesús.

Pero esto no es posible descubrirlo ni vivirlo si no es por medio de la fe. Cuando Jesús enseña que él es el pan verdadero que ha bajado del cielo, inmediatamente agrega “el que viene a mí no pasará nunca hambre; el que cree en mí no pasará nunca sed” (Juan 6:35). Ya la semana pasada subrayamos este primer requisito de la fe en las palabras de Jesús para poder vivir con auténtico sentido ese misterio profundo de aceptar que él es el verdadero alimento de nuestra vida.

Y ya, centrándonos en el tema del evangelio de hoy, encontramos una segunda condición para poder vivir a plenitud lo que Jesús nos plantea. Una vez que creemos de verdad en lo que él nos dice, el segundo paso es “comer” su cuerpo: “…si no comen la carne y beben la sangre del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes” (v.53).

En definitiva, lo que este domingo quiere ofrecernos la liturgia es la oportunidad de meditar muy profundamente sobre el valor y la importancia de la eucaristía. San Juan no trae como los evangelios sinópticos las palabras con las cuales Jesús instituye la eucaristía. Recordemos que en Juan, la eucaristía queda instituida en la última cena a través de la figura del lavatorio de los pies como símbolo del servicio fraterno. De todos modos, las palabras que hoy dirige Jesús a sus oyentes son lo que la comunidad ya tenía como práctica: reunirse en torno a la mesa para compartir la vida y, simbólicamente, comer y beber el cuerpo y la sangre de su Señor.

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo con la finalidad que él mismo propone, que él habite en nosotros y nosotros en él (cf. v.56), va mucho más allá de lo que en la vida práctica se ha convertido la eucaristía. Siendo sinceros, tendríamos que reconocer que para muchos de nosotros la eucaristía se ha convertido en una costumbre, en un precepto dominical que hay que cumplir. Es lastimoso eso, ¿verdad? Cuando hacemos las cosas por cumplir, siempre queda un vacío en nosotros, nos queda faltando algo.

La eucaristía no es un rito más, un sacramento más; de hecho, es el principal de los sacramentos, y no olvidemos que el sentido del sacramento es la vivencia real de lo que no es posible ver a simple vista; en el sacramento se nos transmite la gracia plena de Dios, y esto es posible captarlo únicamente desde la fe.

Caigamos en cuenta que el sacramento de la eucaristía es el que más celebramos; en algunas comunidades lo celebran cada día, en otras cada domingo; y esta celebración dominical la que debe darle ese sentido de plenitud a las demás celebraciones; hoy domingo, día del Señor, la comunidad se reúne, y no para una reunión cualquiera; en este convite quien convoca y preside es el Señor Jesucristo, muerto y resucitado. Aquí, hoy, nosotros somos interpelados por la Palabra, confrontamos nuestras actitudes de vida y nos cargamos de nueva energía para vivir durante los siguientes días esa misión, ese mandato que está implícito en la convocación que el Señor nos hace. Al comer su cuerpo y beber su sangre, él se queda en nosotros, y nosotros no debemos hacer otra cosa que transparentar en cada uno de nuestros actos, en nuestros gestos y palabras que él está verdaderamente en nuestro ser, en nuestro corazón.

Miremos entonces cómo es mi comportamiento como creyente una vez finalizada la eucaristía; cómo vivo esa presencia de Jesús en mí, en mi casa, en el trabajo, en la calle; cómo es la calidad de mi solidaridad y de mi fraternidad con el hermanos o hermana que sufren, que están solos, esos que no esperan grandes cosas de nosotros, sino sencillos actos de fraternidad, de compañía, de solidaridad…

Roguemos al Señor para que nos dé la fuerza, la luz, la sabiduría necesarias para volver a darle a la eucaristía su sentido original, el que quiso darle Jesús; que nuestros gestos, palabras y acciones estén siempre en sintonía con lo que celebramos aquí en el templo; que en todo sentido marquemos la diferencia.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan