Sermones que Iluminan

Propio 16 (A) – 2017

August 27, 2017


La Iglesia, unida por el Espíritu Santo, manifiesta su poder entre todos los pueblos.

Jesús el maestro, el líder de su colegio apostólico, después de la experiencia de su transfiguración y después de reclamarles a sus discípulos su falta de fe, quiere saber qué piensa la gente con relación a su identidad: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Y más aún, qué piensan sus discípulos. A Jesús le interesa saber si sus discípulos lo conocían bien, si sabían en verdad, quién era Él.

Jesús ha estado cuidadosamente enseñando y preparando a sus discípulos para continuar con su obra. Ellos han escuchado sus enseñanzas y han sido testigos de sus milagros. Pudiéramos imaginarnos la cara de sorpresa de los discípulos al escuchar la pregunta que les hace su maestro: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy”? Deben haberse quedado anonadados. Esa pregunta tal vez los tomó por sorpresa. Sin embargo, es Pedro quien sabemos se destacaba como el vocero del grupo, el que le responde de manera clara y acertada: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.”

El poder y la autoridad son dos conceptos que deben ir de la mano y deben ser utilizados por un líder que posea mucha sabiduría. Un buen líder siempre debe saber manejar la situación, debe influir en las personas con buena autoridad, la cual proviene y no es más que el prestigio ganado.

Jesús siendo el gran modelo de líder por excelencia, manejaba muy bien esos conceptos y se los transmitía a sus discípulos. El futuro de su movimiento religioso dependía de la fortaleza, la sabiduría, el valor,  la actitud y la fe de sus discípulos. Por eso, y también debido al poder del Espíritu Santo, la Iglesia de Cristo desde sus inicios y a través de los siglos se ha mantenido unida, ha salido victoriosa, aunque ha tenido que enfrentar muchas dificultades.

Como parte de ese gran movimiento, el Espíritu Santo ha estado asistiéndola con sabiduría para que manifieste su poder entre todos los pueblos, naciones y razas sin distinción.

La Iglesia que fundó Jesucristo tiene como estandarte el amor y es el sentimiento que debemos compartir para que el reino de Dios llegue a nosotros. Cada siglo trae nuevas formas de pruebas para el cristiano, y no nos referimos a pruebas como “castigo,” sino a pruebas de fe, a la lucha por la dignidad de todos los pueblos, a procurar la paz, a respetar la dignidad de todo ser humano, que es el compromiso que hacemos al ser bautizados.

Tenemos que cumplir nuestro pacto bautismal. Ese es el poder que como Iglesia tenemos y debemos proclamar con nuestras obras.

Los tiempos que estamos viviendo están plagados de odio racial, religioso, de género, de identidad, de falta de compasión, de negligencia, de dolor e incertidumbre.

Ahora es el momento de fortalecer nuestra fe, de mostrar compasión y solidaridad, de ser la voz de los que no tienen voz, de resistir y con la autoridad que Cristo nos ha dado ejercer nuestro poder como Iglesia en bien de los que sufren todo tipo de maltrato.

Recibamos con júbilo las llaves del reino de los cielos que Jesús le entregó a Pedro. Esas llaves simbolizan la autoridad espiritual que El depositó en Pedro. Es esa la autoridad que se comparte con todos los hijos e hijas de Dios.

El apóstol Pablo en su carta a los romanos nos exhorta a no vivir según los criterios del tiempo presente, sino al contrario, que cambiemos nuestra manera de pensar para que así cambie nuestra manera de vivir, para que lleguemos a conocer lo que es bueno, lo que es grato, lo que es perfecto.

Nos encomienda también que seamos humildes, que utilicemos los dones que Dios nos ha dado, sin lastimar a otras personas, pues todos formamos parte de ese cuerpo que es la Iglesia y en la cual todos somos importantes y necesarios y todos los dones que nos ha dado son importantes para el crecimiento de la Iglesia.

El que da, hágalo con sencillez; el que ocupa un puesto de responsabilidad, desempeñe su cargo con todo cuidado; el que ayuda a los necesitados, hágalo con alegría. Si actuamos así, no defraudaremos a nuestro señor Jesucristo, pues todo su sacrificio habrá valido la pena.

Hermanos y hermanas en Cristo, somos parte del plan de salvación de Dios, por lo tanto, no dudemos del gran poder de Dios y de su amor por la humanidad. Cada uno de nosotros hemos sido llamados a ser discípulos y discípulas para el Reino de Dios en este nuestro mundo. Tenemos algo importante por hacer, y si aún no lo hemos hecho, nunca es tarde. ¡Ahora, hoy mismo podemos volver a escuchar y responder con un sí, al llamado a ser discípulos y discípulas comprometidos y comprometidas con el Reino!

Imploremos y sintamos la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas y en nuestros corazones. Pidamos al Espíritu dador de vida que nos fortalezca, que nos alimente con su fuego consolador, y que nos prodigue la guía y la inspiración que necesitamos para ser la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo. Para que seamos su Iglesia triunfante y vencedora de las grandes tribulaciones. ¡Que seamos la Iglesia que proclama el amor infinito de Dios que nos ama, nos libera, y nos da vida y vida en abundancia!

Hermanos y hermanas, Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos nosotros ahora y siempre, amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan