Sermones que Iluminan

Propio 17 (B) – 2012

September 03, 2012


En todo el mensaje de la palabra de Dios correspondiente a este domingo, hay una clara referencia al cumplimiento del mandamiento de Dios y de la ley como requisito para obtener la felicidad y el gozo deseado.

Por eso Moisés, responsable para conducir al pueblo de Israel a la tierra prometida los exhorta diciéndoles: “Ahora, Israel, escucha los mandamientos y decretos que yo les enseño a cumplir: ¨Así vivirán y entrarán y tomarán posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les va a dar” (Deuteronomio 4:1).

Estos mandatos y decretos se proponen aquí para su cumplimiento, no como una condición para entrar en la tierra prometida, sino como una tarea en la tierra ya ocupada. Es decir, como continua vivencia de fidelidad y lealtad a la Alianza.

Todo hace indicar que el primer mandamiento es el tema central. Dios nos exige que le sirvamos con exclusividad y que rechacemos todos los ídolos que amenazan nuestra estabilidad. Del cumplimiento de la lealtad y obediencia a Dios dependen el resto de los mandamientos.

De aquí nacen también “la sabiduría y la prudencia” (Deuteronomio4:6-7), cualidades humanas cultivadas y estimadas por otros pueblos. Israel posee una sensatez propia recibida de Dios como orden de vida. Una vida según los preceptos será testimonio ante el resto de las naciones. Por ella Israel será reconocido como una gran nación.

Así lo señala el Deuteronomio: “Pues ¿qué nación grande tiene un Dios tan cercano como está el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos? ¿Y qué nación grande tiene unos mandatos y decretos tan justos como esta ley que yo les promulgo hoy?” (Deuteronomio 4: 8-9).

En el cumplimiento de la ley, más que en el templo, Israel, una nación pequeña tendrá a su dios cercano. Lo puede invocar, pronunciado su nombre, sin necesidad de imágenes, con una relación más personal y exigente.

Esto lleva a una respuesta agradecida. De aquí se deriva la importancia de la memoria en la religiosidad de Israel. Así lo dice el salmo 78: “Las cosas que escuchamos y aprendimos, que nos fueron contando nuestros padres, no las ocultaremos a nuestros hijos, se las contaremos a las generaciones venideras” (Salmo 78, 3:4).

Con esto, Moisés aprendió lecciones de las experiencias pasadas y, para motivarnos que observemos la ley de Dios nos invita a abrir los ojos. La fidelidad a Dios y a su ley es vida, todo lo contrario es símbolo de muerte.

Hay momentos en la vida en que nos asaltan las tentaciones y nos parece que, al dejar a un lado la orden divina, encontraríamos la felicidad. Pero no podemos olvidar que esto es ley divina y no necesita nuestra aprobación.

Por eso, dice Moisés al pueblo: “No añadan nada a lo que les mando ni supriman nada; cumplan los preceptos del Señor, su Dios, que yo les mando hoy” (Deuteronomio 4:2).

Siguiendo este mismo orden, tanto la segunda lectura como el evangelio de este domingo, nos recuerdan una vez más que no basta conocer, escuchar y saber, sino que es necesario ser fiel y responder. La palabra que es Jesucristo Señor es fuente de vida para el que cree, responde y da fruto abundante.

Así lo expresa el apóstol Santiago en su carta: “Por tanto, despojados de cualquier mancha y maldad redundante, reciban con humildad el mensaje plantado en ustedes, que es capaz de salvarlos” (Santiago 1:21).

El mensaje enviado y recibido es la palabra. Pero lógicamente para que dé fruto hay que preparar el terreno que es el corazón y la memoria. Es decir, liberarnos de todo aquello que amenace la acogida humilde, sin resistencia ni violencia del mensaje sembrado.

Y añade: “Sean ejecutores del mensaje y no solo oyentes que se hacen ilusiones” (Santiago 1:22). La palabra es como semilla cargada de nueva vida. Fácilmente puede ser ahogada por nuestra negligencia o desinterés, entonces queda estéril y se seca.

Esta actitud recobra más fuerza y precisión cuando dice: “Quien oye la palabra y no la practica es como quien se mira en el espejo y se olvida enseguida de cómo es” (Santiago 1:23-24). Es decir, que lo correcto es poner en práctica la palabra, de lo contario no tenemos ningún beneficio. Además, poner en práctica la palabra, es una prueba segura para conocer si realmente creemos.

La fe práctica y sincera nos conduce, dice Santiago: “A visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo” (Santiago 1:27). Este es el camino que Dios nos señala y el fruto esperado que debemos dar a la acogida sincera de la palabra.

Por eso en evangelio de hoy, Jesús en su encuentro con los escribas y fariseos marca un precedente. Al tratar de lo referente a lo puro e impuro previsto en la tradición, cita al profeta Isaías que había escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón esté lejos de mi; el culto que me dan es inútil, pues la doctrina que enseñan son preceptos humanos” (Marcos 7:6-7).

Jesús toma este texto durísimo del profeta Isaías para denunciar la esterilidad de sus legalismos fríos y sin corazón. En su encuentro con estos dos grupos, especialistas en interpretar la palabra de Dios, les acusa de mentir a Dios y de engañarse a sí mismos.

La reprimenda de Jesús a la actitud hipócrita de los escribas y fariseos es válida para todos los tiempos. Fácilmente nos podemos presentar como temerosos de Dios, pero en realidad estamos más pendientes de cosas humanas de escaso valor. Somos hipócritas porque hemos colocado la tradición humana en el lugar que debe ocupar el mandamiento de Dios.

En realidad, todo precepto de ley o tradición que se eleva por encima del valor de la dignidad humana, queda descalificado en el orden de Dios. Toda ley debe ayudar a crecer y respetar la dignidad humana.

Por eso Jesús llamó a la gente y les dijo: “Escuchen y entiendan todos. Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos: las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro” (Marcos 7: 14-14 y 21-23).

Esto nos enseña, que tanto el corazón como la conciencia libre, es la fuente de la vida moral. La lista de esto doce pecados, aunque selectiva, quiere abarcar los campos principales o más frecuentes.

Todo esfuerzo por conocer y comprender mejor los textos bíblicos, es un paso importante en el aprecio de la historia de la salvación. Esa palabra, que es transmisión de una experiencia de salvación, solo la podemos comprender plenamente si la hacemos parte central de la dinámica de nuestra vida. Que la palabra arraigue, crezca y madure en nosotros y demos los frutos del tiempo actual del reino: paz, justicia, amor, perdón y solidaridad.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan