Sermones que Iluminan

Propio 20 (C) – 2010

September 19, 2010

Leccionario Dominical, Año C
Preparado por el Rvdo. Rafael García

Amós 8:4-7; Salmo 113; 1 Timoteo 2:1-8; San Lucas 16:1-13

Queridos hermanos y hermanas: venimos hoy con corazones agradecidos y generosos a dar gracias a Dios por todas las bendiciones recibidas de su mano.

En ésta como en cada celebración nos llenamos y nos alimentamos de Dios, por medio de su palabra y por medio de su cuerpo y sangre. Las lecturas de este domingo son un llamado a permanecer en la presencia de Dios como nuestro único Señor y a poner nuestra confianza sólo en Él.

Las lecturas de hoy conducen y dirigen nuestras vidas por la senda del servicio a los más necesitados, para actuar conforme a nuestra vocación de bautizados, cumpliendo con nuestra dimensión profética de anunciar a Jesús como único salvador y denunciando todas las injusticias que veamos o sintamos a lo largo de nuestra peregrinación terrenal:

  • Contra los que compran por dinero al pobre, como dice en Amós, Capítulo 8, Versículos del cuatro al siete (Amós 8: 4-7).
  • Alabad al Señor, que ensalza al pobre, como dice en el Salmo ciento trece (Salmo 113).
  • Pedid por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven, como dice en Uno de Timoteo, Capítulo dos, Versículos del uno al siete (1 Timoteo 2, 1-7).
  • No podéis servir a Dios y al dinero, como dice en San Lucas, Capítulo dieciséis, Versículos del uno al trece, (San Lucas 16:1-13).

Como hemos visto los textos litúrgicos de hoy nos han planteado la pregunta sobre dónde está la verdadera riqueza: La que nos llena, nos guía, nos satisface y nos consuela.

La primera lectura nos dice que la verdadera riqueza no puede coincidir con la ambición y la avaricia en perjuicio de los más pobres, humildes y necesitados. Tampoco reside en la habilidad para hacerse “amigos” con las riquezas de otros. La verdadera riqueza es la riqueza de la fe que se hace auténtica con la caridad, que poseen los hijos de la luz según el Evangelio. La Segunda lectura nos dice que solamente si participamos del Espíritu de Jesús y sólo en el ámbito de la oración, conseguimos ver las cosas que realmente de otra manera no nos resulta natural.

A medida que nos adentramos en la palabra de Dios vamos descubriendo en el Evangelio unas joyas que nos adornan, nos instruyen, nos capacitan y nos orientan; y esas joyas son “Las Parábolas de Jesús”. Ellas se encuentran a lo largo de todo el Evangelio, con variantes y géneros diversos, pero se presentan entonces como un medio muy utilizado por Jesús para anunciar el Reino de Dios a todas las personas por igual.

La inclinación del maestro por este género literario, nos acerca más a la persona de Jesús, al Jesús humano y sencillo, amigo de los pobres y de los niños.  Jesús dice que enseña usando parábolas para que comprendan todo su mensaje de una forma más real, humana y palpable para todos.

Jesús no contaba las parábolas para divertir o entretener a los que las escuchaban, sino para exponer su mensaje, explicarlo y aclararlo, y muy especialmente, para interpelarles, como nos hace hoy al escucharlo en este día.

Por lo que también decimos que ellas son una catequesis y que han cambiado no sólo las mentes y los corazones del auditórium de Jesús,  sino también la mentalidad de todos nosotros, y a su vez las parábolas nos abren a la experiencia liberadora del Reino de Dios.

Con este género literario, Jesús busca renovar, sacudir a las personas desde dentro, sacudirlas por las buenas. A Él le interesa que los individuos se dejen poseer por Dios, así como Él está poseído por Dios.

Esta parábola que escuchamos hoy, está dirigida a los discípulos. Es muy provocativa, como ocurre frecuentemente en Lucas. Siempre que la escuchamos nos sorprende, pues parece presentar como modelo a seguir a una persona que obra injustamente. Pero, sin quedarnos en los detalles, es importante ver qué fue lo que Jesús quiso enseñar con ella.

El personaje principal es nada más y nada menos que un administrador poco escrupuloso y ético, al que su dueño bota del trabajo. El hombre es listo y como se ve en la calle, piensa en cómo hacerse de amigos que lo ayuden en el futuro. Con este fin va reduciendo sagazmente la deuda a todos los que le debían a su jefe. Y cuando todos esperaban la bronca del patrón contra el administrador, nos encontramos con todo lo contrario, pues más bien el patrón lo felicita, no por haberle robado, sino por ser tan listo y avispado, y saber prepararse para los días venideros.

Hoy, Jesús nos pide que imitemos la sagacidad, la astucia y la creatividad de esta persona, no para asegurarnos un futuro material, sino para trabajar por el Reino de Dios. El que quiera ser discípulo y gozar ya el Reino ha de obrar con audacia y sagacidad. Cuando emprendemos un proyecto familiar, laboral o social, todos ponemos el máximo interés. Este empeño y agudeza es lo que Jesús nos pide para las cosas de Dios, para el proyecto de nuestra vida cristiana.

Muchas veces nos incomoda que Jesús hable del dinero, o de la riqueza. Quisiéramos que no se metiera en esto, pero él insiste, una y otra vez, recalcando su importancia como si en este tema nos jugáramos la vida cristiana.

Vivimos en una sociedad materialista donde se adora el dinero, el consumo, la riqueza, el tener.
Aunque no tengamos mucho, aspiramos a ello, y puede que hasta tengamos corazón de ricos.
El Señor nos alerta de los peligros y las incompatibilidades. El dinero es necesario para vivir. El problema está en el lugar que ocupa en nuestra vida y en el valor que le damos.

No podemos ser ingenuos, ni hacernos los ingenuos. Endiosamos al dinero. Dándole el lugar de Dios se convierte en nuestro dueño y señor, crea en nosotros adicción y apego, nos envuelve con frecuencia en todo tipo de mentiras, trampas, injusticias. El dinero nos hace olvidar los valores importantes de nuestra vida y bloquea nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos y hermanas. Nos hace olvidar el destino universal de los bienes de este mundo y nos convierte en injustos poseedores exclusivos, cerrándonos a las necesidades de los demás.

Ante esta realidad constatable cada día a nuestro alrededor, y quizás en nuestra propia vida familiar, no puede extrañarnos que Jesús insista una y otra vez, en que no podemos servir a dos señores, Dios y el dinero son incompatibles. El dinero y los bienes tienen sentido en la medida que están al servicio del hombre y del proyecto del Reino que Dios quiere para todos.

Dios, para nosotros los creyentes, es el dueño del cielo y de la tierra, Dios es el único Señor.
Todo es tuyo Señor y de lo tuyo te damos; repetimos muchas veces en la liturgia dominical.
Todos nosotros somos administradores, mayordomos; los administradores de Dios, de sus cosas, de la vida que nos ha dado, de los bienes recibidos, de la familia…

Pidamos a Dios en este día que limpie completamente nuestros pensamientos, nuestros corazones y nuestras vidas de las actitudes como las que acabamos de presentar. Es mejor ser pobre y poder llevar una vida serena, tranquila… que ser rico y tener que vivir con remordimientos e intranquilidad de conciencia.

Recordemos que no podemos servir a Dios y al dinero. Meditemos estas palabras de Jesús. Y pensemos en ellas toda la semana. Miremos nuestro corazón para ver si en él hay algún ídolo: el dinero, la codicia, el poder… Arranquemos de cuajo estos ídolos porque ni salvan ni liberan, sino que reclaman adoración y servidumbre, y no aportan a la felicidad auténtica del ser humano. Dejémoslos para siempre. Donde se hace presente el dinero, surgen la avaricia y la codicia, y se pierden la paz y la tranquilidad del alma.


— El Rvdo. Rafael García tiene 37 años de edad, es cubano, casado, tiene dos hijos, es sacerdote ordenado, es Licenciado en Teología del Seminario Ecuménico de Matanzas, Cuba, y actualmente es el Sacerdote Encargado de la Iglesia Holy Comforter (el Santo Consolador) en La Pequeña Habana, Miami, La Florida.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan