Sermones que Iluminan

Propio 21 (C) – 2010

September 26, 2010

Leccionario Dominical, Año C
Preparado por Luis González

Jeremías 32:1-3a, 6-15 y Salmo 91:1-6, 14-16 (o Amós 6:1a, 4-7 y Salmo 146); 1 Timoteo 6:6-19; San Lucas 16:19-31

La parte que leímos hoy del Evangelio de San Lucas sigue otras lecciones del capítulo 16 sobre el dinero. Anteriormente, Jesús les dijo a sus discípulos que “No se puede servir a Dios y a las riquezas”. Y a los fariseos, Jesús les dijo: “Ustedes son los que se hacen pasar por justos delante de la gente, pero Dios conoce sus corazones…”

En el Evangelio de hoy, Jesús sigue sus lecciones sobre el dinero, y aprendemos la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro. La lección de hoy es que el dinero no le puede ganar a la muerte, ni puede comprar la felicidad. El hombre rico muere igual que el pobre Lázaro, y no hay ninguna mención de cuántas personas fueron a su entierro. ¿Irían tantas personas como aquellas invitadas a sus espléndidos banquetes? O quizás, tristemente, nadie fue. Pero el dinero en sí no es pecado – no es pecado ser rico, pero si es pecado ser egoísta con el dinero. El pecado que cometió el rico fue gastar su dinero en fiestas diarias y no usar parte de su tesoro para ayudar a los demás. Día tras día el rico ofrecía espléndidos banquetes, mientras que el pobre Lázaro estaba echado a su puerta sin fuerzas ni para espantar a los perros. En el Evangelio de San Mateo, está escrito que Jesús les dice a sus discípulos, “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron”. Y hoy, en el Evangelio de San Lucas, Jesús nos cuenta que el rico no hizo nada cuando tenía el dinero, el poder, y hasta la oportunidad con el pobre a la puerta para haberle ayudado. Este hombre rico nunca pidió perdón por su egoísmo, ni hasta cuando sufría en el infierno. El rico le pide a Abraham que mande a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua y vaya a refrescar su lengua, y le pide que mande a Lázaro a llamarles la atención a sus cinco hermanos, pero nunca pide perdón.

Entonces llegamos a la otra lección del Evangelio de hoy, y ésta se encuentra en el diálogo entre el hombre rico y Abraham. El rico nunca pide perdón, y no está claro si de verdad entiende los pecados por los cuales cayó en el infierno. La otra lección del Evangelio de hoy es que tenemos que pensar en nuestras acciones – no sólo en lo que hemos hecho, sino también en lo que hemos dejado de hacer. Con sus diarios banquetes espléndidos, el rico nunca tomó tiempo para meditar sobre el camino que tomaba su vida y sobre las cosas que pudiera estar haciendo. Nosotros debemos de tomar ese tiempo de meditación. Tenemos que analizar nuestra vida antes de que sea muy tarde, antes de morir sin arrepentirnos y sin pedir el perdón de Jesús.

Cuando la cruz pasa durante la procesión al comenzar la misa, inclinamos la cabeza, reconociendo que Jesús murió en la cruz y además que la muerte para nosotros es también inevitable. La cruz nos ayuda a meditar que tenemos que aprovechar nuestra vida, para que cuando llegue la muerte, estemos listos para reunirnos con Dios en el cielo.

El Evangelio de hoy también sirve para meditar sobre lo que es la vida y la muerte, y más que todo, sobre lo que podemos hacer durante nuestra vida para asegurar una parte del tesoro celestial de Dios.

Por lo tanto, tenemos que tener la fe de que Dios nos perdonará y nos guardará un campo en el cielo. Esto es lo que aprendemos de la Colecta de hoy, que comienza con, “Oh Dios, que manifiestas tu infinito poder especialmente mostrando piedad y misericordia…” Si el rico se hubiera arrepentido antes de morir, Dios lo hubiera perdonado. El poder de Dios es infinito y la misericordia de Dios es infinita. No hay nada que hagamos que no sea perdonado. Con esta fe, sabiendo que todo va a estar bien, sabiendo que no podemos perder el amor de Dios, podemos de verdad analizar nuestras vidas y nuestras acciones, y podemos arrepentirnos y pedir perdón.

Estos son los mismos sentimientos con cuales nos confesamos durante la misa. La Confesión que oramos durante la misa contiene estas palabras:
Dios de misericordia, confesamos que hemos pecado contra ti…  por lo que hemos hecho y lo que hemos dejado de hacer… no hemos amado a nuestro prójimo como a nosotros mismos… sincera y humildemente nos arrepentimos…

Durante la misa invocamos la misericordia de Dios y pedimos el perdón de Dios por los pecados que cometimos y por lo que dejamos de hacer. Hoy día la liturgia nos ofrece la oportunidad de meditar sincera y humildemente sobre los caminos de nuestra vida, y si estos concuerdan con un destino al cielo. ¿Hay cosas que hemos hecho y de las que nos arrepentimos? O como el rico de la parábola en el Evangelio, ¿hay un buen hecho o una buena acción que hemos dejado de hacer? No es muy tarde para pedir perdón y para poder vivir del reino de Dios aquí en la tierra y en el cielo.

También durante la misa, después de la confesión, nos damos la paz y seguimos con la Santa Comunión. Por la gracia de Dios, somos invitados a la cena del Señor y celebramos la vida eterna que nos da el pan del cielo y el cáliz de salvación.

La Colecta de hoy continua con, “Derrama sobre nosotros la plenitud de tu gracia; a fin de que, esforzándonos para obtener tus promesas, seamos partícipes de tus tesoros celestiales…” No sólo es infinita la misericordia de Dios, sino también lo es su gracia. Dios quiere que estemos con él, y quiere que nos esforcemos por ser buenos cristianos, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos. No dejemos que el dinero se convierta en nuestro ídolo y no dejemos que pase la vida sin reconocer nuestros pecados y sin pedirle a Dios que nos perdone. Por su gracia y misericordia, estaremos con El Señor en el cielo.


— Luis González es miembro y Pastor Laico de la Diócesis de Arizona.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan