Sermones que Iluminan

Propio 22 (A) – 2017

October 08, 2017


La mayoría de personas nacidas tanto en el campo como en la ciudad, han tenido la experiencia de plantar o ver a otra persona plantar árboles frutales u ornamentales con la ilusión de cosechar flores o frutos. Es posible que en esta tarea sembradora los que cosechan hayan tenido buenos resultados con los frutos esperados, y ¡qué alegría poder cosechar! No obstante, también es posible que el sembrador se sienta frustrado porque los árboles plantados no se desarrollaron lo suficiente o simplemente crecieron desordenadamente produciendo solo hojas, y ¡qué desilusión! Dan ganas de abandonar ese terreno para ir a plantar a otro lugar.

También nuestro Dios tuvo desilusión con el pueblo escogido de Israel. El profeta Isaías nos describe de forma poética el amor de Dios por su viña, pero a la vez la desilusión que tuvo al final por no encontrar los frutos de justicia y verdad que esperaba de Israel: “Mi amigo tenía un viñedo en un terreno muy fértil. Removió la tierra, la limpió de piedras y plantó cepas de la mejor calidad. En medio del sembrado levantó una torre y preparó también un lugar donde hacer el vino. Mi amigo esperaba del viñedo uvas dulces, pero las uvas que este dio fueron agrias. (…) El viñedo del Señor todopoderoso, su sembrado preferido, es el país de Israel, el pueblo de Judá. El Señor esperaba de ellos respeto a su ley, y solo encuentra asesinatos; esperaba justicia y solo escucha gritos de dolor.”

El evangelio de hoy y la lectura de Isaías 5:1-7 son similares. San Mateo, a través de un ejemplo sencillo conocido como la parábola de los labradores asesinos, nos habla del rechazo de los líderes judíos a la misión salvadora de Jesús y la consecuencia que iba a tener ese rechazo – quedarse fuera del reino de Dios. En el contexto agrario que presenta el evangelio, donde se desenvolvió Jesús, era muy fácil para sus interlocutores entender las imágenes de esta parábola. La viña era parte del diario vivir del pueblo de Israel, por eso tal vez Mateo insiste en que el objetivo de una viña es producir fruto. El hombre de la parábola representa a Dios, la viña representa a Israel, los viñadores son los líderes del pueblo de Israel y los servidores golpeados representan a los profetas que Dios envió a Israel. Matar al hombre y sacarlo de la viña significa la muerte de Jesús fuera de las murallas de Jerusalén, expulsado de la comunidad de Israel.

La muerte inmisericorde que se dará a los labradores malvados viene a ser como una profecía de la destrucción de Jerusalén por los romanos. Los otros labradores a quienes se les entregará la viña para que la trabajen, representan a los pueblos paganos que, contrario a Israel, creerían en Jesús y darían frutos de buenas obras unidos a la misión de Jesús.

Los líderes judíos se consideraban hijos de Abraham y lo llamaban su padre, por ser este el primer judío. Ellos depositaban su confianza en la carne, es decir, en el hecho de que eran hijos naturales de Abraham y en que fueron circuncidados. En tal sentido algunos líderes judaizantes entraron en la comunidad de Filipo y estaban atormentando a los fieles de esta comunidad diciendo que si no se circuncidaban no podían salvarse. Por esa razón, el apóstol San Pablo les advierte a los filipenses sobre esta clase de doctrina y con el ejemplo de su propia vida, les hace saber que no hay nada en este mundo que valga más que conocer a Cristo. Nada más puede darnos la salvación y la vida eterna.

San Pablo era un judío a carta cabal y cuando conoce a Cristo dice: “A nada le concedo valor, si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo, lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él y encontrarme unido a él; no con una justicia propia, adquirida por medio de la ley, sino por la justicia que se adquiere por la fe en Cristo, la que da Dios con base en la fe.” En consecuencia, el reino de Dios les pertenece, no a los descendientes de Abraham en la carne, sino a los verdaderos descendientes de Abraham por la fe.

Hermanos y hermanas, recordemos que ese Jesús rechazado y asesinado es la piedra angular del cristianismo. Ese Jesús espera que nosotros, sus seguidores, demos frutos de santidad y de justicia. Ese Jesús nos ha convertido en sus nuevos labradores. Miremos a nuestro alrededor para ver cómo nosotros los creyentes estamos dando frutos de amor, de unidad, de justicia y santidad. Preguntémonos qué tipo de labradores somos y qué tipo de labradores queremos ser.  

Recordemos la lectura de Isaías donde la viña representa a Israel, y en el evangelio la vid verdadera de Dios representa a Jesús mismo – el amor de Dios encarnado. No seamos cristianos de nombre solamente, permitamos que el Espíritu Santo de Dios que mora por siempre entre nosotros sea nuestra guía, nuestra inspiración y que su amor reconciliador se deleite en ver florecer y dar fruto en las obras que emprendamos como sembradores de su reino. Como dijo Pablo, busquemos con esmero conocer y vivir interiormente el poder de Cristo resucitado que habita en nosotros y en nosotras y que a través del Espíritu Santo nos invita a ser los labradores de Jesús en este reino de Dios. ¡Que para nosotros y nosotras no haya otra alegría más inmensa que esa!

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan