Sermones que Iluminan

Propio 23 (B) – 2012

October 15, 2012


Jesús de Nazaret es un Maestro radical. No acepta un seguimiento a medias: o con él o contra él. Para ser discípulo de Cristo es necesaria una entrega total, dejándolo todo sin poner condiciones. Según el evangelista Marcos el joven que se acercó a Jesús tenía un perfil lo suficientemente aceptable para calificar como discípulo de Cristo, pues había cumplido a cabalidad todos los mandamientos, pero su exagerado apego a las cosas materiales, específicamente al dinero, le impedía formar fila entre los discípulos de Cristo.

Al Maestro le basta dar una mirada intuitiva para penetrar el corazón y el alma de aquel joven inquieto y le dice: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme” (Marcos 10:21). Aquel joven se alejó cabizbajo y nunca más se supo de él. ¿Acaso no tuvo valor para hacer lo que Jesús le pedía? ¿Tanto cuesta renunciar a las riquezas materiales?

A esta generación le ha tocado vivir en una época donde se valora más el tener que el ser. El hombre o la mujer que poseen muchas riquezas materiales, como dinero, mansiones, terrenos, fincas, casas de playas… se le valora por encima de las personas que viven en barrios marginales y no tienen cuentas bancarias. Los medios de comunicación social publican los nombres de esas personas que representan el poder económico y aquellos más vulnerables que viven en la marginalidad son ignorados porque no tienen nombres ni apellidos.

Hay una tendencia a exaltar la riqueza como bendición de Dios sin importar cómo la adquiera. El evangelista san Marcos en boca de Jesús nos dice: “¡Qué difícil va a ser para los ricos entrar en el reino de Dios!” (Marcos 10:23b). Esta riqueza a la que Jesús se refiere es al apego exagerado a las cosas materiales, es la actitud de endiosar el dinero. En este sentido no todo el que tiene mucho dinero es rico por esencia, pues si su actitud no es de apego, sino de compartir con los más necesitados, a estos no se le aplicaría este versículo y entonces tienen el camino abierto para entrar en el reino de los cielos.

El apego a las cosas materiales crea un vacío espiritual y una constante insatisfacción tanto que la abundancia de sus bienes no llena sus expectativas y por eso siempre quieren más y más, los eternos insatisfechos. No se dan cuenta que sólo Dios satisface verdadera y totalmente las aspiraciones de todo ser humano y eso es lo que constituye la real riqueza, la riqueza espiritual, la que nos abre el camino al reino de Dios. Marcos insiste en la dificultad de adquirir esta verdadera riqueza aquellos que sólo se apoyan en sus posesiones materiales.

Jesús les reiteró a sus discípulos: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios” (Marcos 10:24-25). Parecería imposible que un rico se salvara, pues un camello jamás pasaría por el ojo de una actual aguja de coser, pero sí pasaría, pero con cierta dificultad, por una puerta estrecha y de poca altura en la muralla de una gran ciudad y que se le llama “aguja” por su pequeñez y su estrechez. A un camello le sería más fácil entrar aún con dificultad por dicho ojo de la aguja que el que un rico se salvara con ese exagerado apego a las cosas materiales. Sólo se salvaría si pusiera en práctica los consejos de Jesús: “Anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo” (Marcos 10:21).

Amós, por su parte, señala con voz profética las consecuencias de la ambición que acompaña a los ricos apegados a sus bienes materiales y sobre todo por ese deseo insaciable de aumentar su dinero que con frecuencia lleva a jueces a cometer pecados de injusticias contra los más vulnerables por no tener dinero y a los encargados de hacer las leyes impositivas contra los pobres, esto desagrada a Dios: “Ustedes humillan a los pobres y les quitan el pan de la boca al cobrarles altos impuestos. Por eso no podrán disfrutar de las lujosas casas que construyeron, ni tampoco beberán el vino de los hermosos viñedos que plantaron” (Amós 5:11).

La mayoría de esas personas que poseen grandes riquezas y posesiones lujosas tienen una vida vacía porque ni siquiera pueden disfrutar de sus mansiones ni de sus largas cuentas bancarias porque en realidad se olvidan de lo que realmente son. Es la eterna lucha del tener contra el ser. De nuevo el profeta Amós es bastante claro y preciso en las advertencias contra aquellos que insisten en el exagerado apego a sus bienes materiales: “Yo conozco todos sus pecados; conozco sus muchas maldades. Sé que los jueces aceptan dinero para juzgar a favor de los malvados y en contra de la gente inocente. Por eso el juicio lo ganan los ricos y lo pierden los pobres” (Amós 5:13).

Indudablemente para seguir a Jesús hay que dejarlo todo, el seguimiento es una decisión radical, aceptar sin quejas el reto. Este llamamiento es para personas valientes, osadas y atrevidas, capaces de renunciar a muchas cosas y tener un espíritu de sacrificio. El evangelista Marcos lo expresa con una frase muy fuerte y aparentemente contra la lógica humana y de las normas sociales: “Les aseguro que cualquiera que por mi causa y por aceptar el Evangelio haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o terrenos, recibirá ahora en la vida presente cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones, y en la vida venidera recibirá la vida eterna” (Marcos 10:29-30).

Esta es la descripción de la riqueza de la comunidad de amor que es consecuencia inmediata del auténtico seguimiento de Cristo. Las lecturas de este domingo nos hacen un llamado a dejarlo todo para seguir a Jesucristo y como consecuencia de este seguimiento se nos promete la multiplicación de todo lo que dejemos atrás, incluyendo la persecución que nos ayudará a madurar nuestra fe y nuestra entrega. No se olviden que la verdadera riqueza está dentro de nosotros mismos, es decir, en nuestro interior, en la vida del espíritu justamente donde se encuentra Dios en nuestras vidas.

Comparte con los más necesitados y los más vulnerables toda esa riqueza espiritual que se traducirá en amor incondicional, en servicio sin esperar recompensa, en la solidaridad con los que sufren, en la misericordia. Y no te olvides que esta actitud es la que abre las puertas del reino de los cielos, a la vida eterna que es el gozo pleno de la presencia de Dios.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan