Sermones que Iluminan

Propio 5 (C) – 2010

June 06, 2010

Leccionario Dominical, Año C
Preparado por el Rvdo. C. Jesús Reyes

1 Reyes 17:17-24; Salmo 30; Gálatas 1:11-24; Lucas 7:11-17

Oh Dios, tú que me has transportado
del descanso de la noche
a la nueva luz de este día,
en la nueva luz de este día condúceme ahora
al farol que indica el camino de lo eterno.
Dirígeme, oh Dios, por las sendas de la justicia
guíame, oh Dios, por los senderos de la paz
renuévame, oh Dios, en los manantiales de tu gracia
hoy, mañana y siempre.

Esta es una oración Celta muy antigua. Es un reconocimiento personal de la grandeza y la bondad de Dios. Nuestro Dios es el Dios de la vida. Y la vida es una travesía llena de luces y de sombras cuyo destino final es lo eterno. Por tanto, quien recita esta oración no pide un beneficio material -como comúnmente lo hacemos en nuestras oraciones-. El orante pide fortaleza para mantenerse firme en el espíritu de la justicia, de la paz y de la gracia. Esta petición brota del fondo del alma. Esta petición llena el propósito mismo de nuestra existencia. Con ella decimos que el tan anhelado mundo nuevo, solidario y fraterno es posible si orientamos nuestras esperanzas en dirección a la búsqueda de la justicia, de la paz y de la gracia.

De hecho, este es el mensaje que escuchamos en las lecturas de hoy. Dos temas sobresalen en las lecturas del Antiguo Testamento y el Evangelio: la viuda que pierde a su hijo, y el triunfo de la vida sobre el evento real de la muerte. Es importante resaltar tanto la reacción de la viuda, en la lectura del Antiguo Testamento; como la reacción de los acompañantes de la viuda, en la historia del Evangelio. La viuda le dice a Elías, “Ahora veo realmente que eres hombre de Dios y que tus palabras vienen de Yavé.” En el Evangelio, los que acompañaban a la viuda, “con temor y alabando a Dios,” dicen, “Es un gran profeta el que nos ha llegado. Dios ha visitado a su pueblo.” Dios se hace presente transformando el dolor en gozo, la desesperación en esperanza, y la muerte en vida. Verdaderamente, devolverle el hijo a la viuda es un signo de la presencia de Dios en su pueblo. ¿Por qué se dice esto? Para comprehender la profundidad de este mensaje, es fundamental que entendamos primero la figura de la viuda en la Biblia. 

En el contexto bíblico, la viuda representa una de las realidades más frágiles de la sociedad, así como lo son también el huérfano y el extranjero o forastero. De hecho, estas tres figuras -la viuda, el huérfano y el extranjero- son frecuentemente referenciados uno junto al otro a lo largo y ancho de la Biblia. ¿Por qué será que la Biblia nos presenta estas tres figuras -la viuda, el huérfano y el forastero- casi siempre una junto a la otra? En las Sagradas Escrituras, la figura de la viuda no es tan sólo una mujer sin marido, es más que eso. El huérfano no representa únicamente a un infante sin padre, hay algo más en la figura de un pequeño desprotegido. El forastero no tan sólo es un transeúnte sin hogar y sin tierra, él representa la realidad de aquellos que son forzados a desplazarse fuera de su tierra por razones de necesidad o seguridad. Este último personaje, el forastero, toca muy cerca nuestros corazones, pues la mayoría de nosotros sabemos lo que es migrar. Dejamos el campo para irnos a la ciudad, y ahí nos llaman extraños. Dejamos nuestros países para ir a otro país, y así se nos cataloga de “invasores.”

Pero la Biblia, en su profunda sensibilidad y sabiduría nos revela algo diferente. Ella nos recuerda que la viuda, el huérfano y el forastero son personas reales que, por circunstancias de la vida, se encuentran en un lugar muy expuesto a abusos, rechazos, marginación, discriminación, desprecio, y todos aquellos otros tipos de injusticia. Por esta razón, la Biblia pone el buen trato a la viuda, al huérfano y al forastero como condición y referencia que confirman la presencia de Dios en su pueblo.

El libro del Deuteronomio, que significa “segunda ley,” contiene varias referencias sobre cómo deben ser tratados la viuda, el huérfano y el extranjero. Este quinto libro de la Biblia, forma parte de los llamados libros de la Ley. En él se marcan las pautas de comportamiento que el pueblo de Israel debe seguir. En él se especifican los mandamientos y se determinan las costumbres que el pueblo de Israel debe cumplir para confirmar su obediencia a la “Ley de Dios.” Es en la obediencia a la “Ley” que Israel encuentra y asegura su vida. Pues es en la obediencia a la “Ley” que el pacto de Dios con su pueblo adquiere veracidad, y con ello se confirma que Dios sigue reinando en el corazón y la mente de su pueblo. En Deuteronomio 14:29 encontramos el pasaje que dice, “Vendrán … el forastero, el huérfano y la viuda que viven en tus ciudades, y comerán hasta saciarse. Y Yavé tu Dios te bendecirá en todas las obras que emprendas.”

En otro pasaje, el libro de Deuteronomio nos presenta un desafío que deberíamos nosotros mismos tomar muy en serio. Este fragmento nos habla de la importancia que tiene el ser generosos cuando presentamos nuestra humildes ofrendas al Señor. Nos dice, “El tercer año, el año del diezmo, cuando hayas acabado de apartar el diezmo de toda tu cosecha y se lo hayas dado al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano, para que coman de ello en tus ciudades hasta saciarse, dirás en presencia de Yavé tu Dios: «He retirado de mi casa lo que era sagrado; se lo he dado al levita, al forastero, al huérfano y a la viuda, según todos los mandamientos que me has dado sin traspasar ninguno de tus mandamientos ni olvidarlos” (Deuteronomio 26:12-13).

¿De dónde nace este sentido de obligación con el extranjero, el huérfano y la viuda? La respuesta la encontramos en Deuteronomio, 24:19-21, donde se nos menciona lo siguiente, “No torcerás el derecho del forastero ni del huérfano, ni tomarás en prenda el vestido de la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yavé tu Dios te rescató de allí. Por eso te mando hacer esto. Cuando siegues la mies en tu campo, si dejas en él olvidada una gavilla, no volverás a buscarla. Será para el forastero, el huérfano y la viuda, a fin de que Yavé tu Dios te bendiga en todas tus obras. Cuando varees tus olivos, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda. Cuando vendimies tu viña, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto. Por eso te mando hacer esto.”

Entonces, la bondad con aquellos que sufren debe nacer de la toma de consciencia de nuestra propia fragilidad. ¿Quién de nosotros puede certificar que su vida ya está asegurada? La vida es frágil, muy frágil; pero la fortaleza que proviene del ejercicio de la justicia, la paz y la gracia me habrá de llenar el corazón de regocijo, fortaleza y esperanza. Se nos recomienda que lean la historia de Ruth en la Biblia. Es una historia muy linda que nos habla de un final feliz cuando somos solidarios bajo el espíritu de la justicia, de la paz y de la gracia.

¿Qué es lo que sucede cuando este mandato bíblico no es obedecido? Casi todos los profetas tienen referencia a este hecho cuando denuncias los pecados cometidos por el pueblo de Dios. Uno de los pasajes más ilustrativos es aquel contenido en el libro del profeta Ezequiel. Ustedes se habrán de recordar la historia de Sodoma y Gomorra. Dos ciudades destruidas por Dios pues en ellas se cometían todo tipo de inmoralidades. De hecho, muchos se refieren a Sodoma y Gomorra como el lugar donde acontecía todo tipo de perversión sexual. Y se piensa que fue por esto que Dios las castigó destruyéndolas. Sin embargo, en Ezequiel 16:49-50 se nos cuenta una historia diferente. La Biblia nos dice, “¿Cuál fue el pecado de tu hermana Sodoma? Era orgullosa, comía bien y vivía sin preocupaciones, ella y sus hijas no hicieron nada por el pobre y el desgraciado. Se volvieron arrogantes, hicieron lo que me desagrada, por eso las hice desaparecer como tú lo has visto.” Es el orgullo, la soberbia y la falta de sensibilidad -el no tener corazón con aquellos que sufren- lo que verdaderamente aleja a las personas de Dios.

Jesús y Elías no actuaron solamente movidos por compasión y simpatía con aquellas mujeres cuyos hijos habían muerto. Detrás de estas historias hay un acto de justicia. La vida, en su fragilidad y caprichosa espontaneidad, presenta a estas mujeres uno de los desafíos más dolorosos que cualquier padre de familia pueda enfrentar, la pérdida de un hijo. Pero en el caso de estas dos mujeres el drama es muchísimo más profundo. Se trata de dos mujeres cuya única esperanza en la vida radica en el hecho de ser madres. El hecho de ser viudas era ya en sí mismo algo terrible. Pero la consolación de ser madres, no solamente les proporcionaba la razón social que las convertía en “un alguien con esperanza” delante de la su comunidad; sino también les proveía de esa razón fundamental para seguir luchando en la vida; sus hijos les llenaban de esperanza.

Esto mismo nos sucede a todos nosotros. Efectivamente, todos necesitamos un alguien por quién vivir y un algo porqué vivir. Lo repito: alguien por quién vivir, y algo porqué vivir. Esto puede ser el punto de partida que le da sentido y propósito a toda nuestra existencia. Este alguien y algo que impulsa la esperanza en la vida nos hace abrir los ojos cada día, ponemos los pies sobre la tierra y, entonces, comenzamos a caminar. Padres de familia, pregúntense a ustedes mismos, ¿cuál es la razón por la cual -como decimos en nuestro buen español- “no dejamos caer la toalla” en la vida? … Precisamente, por razón de la familia. ¡Los hijos! ¿No es así? Siempre que se habla con un padre de familia y le pregunta, ¿por qué hizo esto o tomó esta decisión en la vida? El 99.9 por ciento la respuesta ha sido, “por mis hijos; por mi familia”. Pero con esto no se excluye a todos aquellos que, por una razón u otra, no tienen hijos. Pero sí tienen padres, tienen hermanos, tienen compañeros en la vida, nos podemos adoptar los unos a los otros y convertirnos en ese alguien por quien vivir. En otras palabras, aquí nosotros somos familia; de esta manera es que formamos comunidad. Cuando somos el uno para el otro ese alguien por quién vivir, y tomamos la vida como una vocación -el algo porqué vivir- es ahí cuando formamos una sociedad fundamentada en la justicia, la paz y la gracia. Es aquí cuando cundo la esperanza se convierte en puntal para la vida.

Efectivamente, sentido y propósito son dos fundamentos que sostienen la esperanza. Entonces, volviendo a la historia de la Biblia, tanto Jesús como Elías se encuentran con mujeres para las cuales ese alguien por quien vivir desaparece, ¿y cuál habrá de ser el propósito de la vida desde ese momento en adelante? ¿Qué más pueden hacer? Solamente rodar por el mundo sumergidas en el desespero. No hay más. La vida les había jugado una mala pasada. ¡Qué terrible! Tremenda injusticia, ¿no es? Han perdido lo único que les quedaba.

Esta es la injusticia que muchas veces la vida nos juega. Esto es lo que Jesús y Elías vieron en esas mujeres. Pero ellos no se quedaron pasivos, de brazos cruzados. ¿Qué es lo que hacen? Toman el sufrimiento de las viudas y lo hacen propio. “Se ponen en los zapatos de las viudas”, por decirlo así, y es ahí cuando Dios mismo muestra su misericordia amorosa y transforma “la jugada caprichosa de la vida”, la muerte, en un hecho que reafirma la vida. Aquel evento de dolor es convertido en un acto constante de alabanza. “Ahora veo realmente que eres hombre de Dios y que tus palabras vienen de Yavé”, le dice la viuda a Elías. “Es un gran profeta el que nos ha llegado. Dios ha visitado a su pueblo”, proclaman los acompañantes de la viuda. ¡Qué cambio! Dios mismo tomando cuenta de los sufrimientos de su pueblo mediante las acciones solidarias de Jesús y de Elías.

A las viudas les son restaurados el valor y la dignidad de la vida mediante la restitución de sus hijos. Ellas lo habían perdido todo, toda esperanza estaba terminada; pero es la acción de Dios -el Señor de la Vida quien transforma todo desespero- las colma de gozo y esperanza. Sería muy interesante ver, desde esta perspectiva, el momento mismo cuando Jesús, desde la cruz, ordena una nueva relación de su madre con Juan, y de Juan con su madre. “Madre ahí tienes a tu hijo. Hijo ahí tienes a tu madre” Ella no habrá de quedar desprotegida.

Hermanos y hermanas, todos necesitamos de la esperanza que sustenta nuestro diario vivir. Pero no pensemos que la esperanza cristiana es como sentarse en un consultorio médico, cruzando los brazos, y haciendo tiempo hasta que alguien nos llame. La esperanza cristina es dinámica, es activa. Como decía Mahatma Gandhi -el liberador de la India-, “sean usted el cambio que quieran ver en el mundo”. Bien sabemos que vivimos en un mundo conflictivo; difícil de navegar. Así pues, nuestra misión, el llamado que Dios nos hace en este día, es convertirnos en agentes de la esperanza. Si yo quiero una sociedad que sea justa, pacífica y llena de la gracia de Dios; entonces yo mismo debo tomar la opción de vivir de manera justa, de ejercer la paz con los demás, y convertirme en el instrumento mediante el cual Dios manifiesta su gracia a todos. Yo soy la razón de la esperanza. Sí, re-imaginemos que es posible vivir juntos en la esperanza, en la justicia, en la paz y en la gracia.

¡Qué el Señor nos bendiga en este esfuerzo!

Amén.


—  El Rvdo. C. Jesús Reyes es actualmente el Canónigo para el Desarrollo y Crecimiento de las Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, en California. Es de nacionalidad mexicana y ha vivido en los estados Unidos desde el año 1989. Habiendo crecido en Tijuana, Baja California, México, es una persona muy familiarizada con las realidades de los migrantes en este país; de hecho, vive en carne propia esta realidad. Antes de venir a los Estados Unidos, sirvió como misionero en la región zapoteca del Estado de Oaxaca, México. Después de esto, trabajó por varios años como misionero en el Estado de Espíritu Santo, Brasil.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan