Sermones que Iluminan

Propio 6 (B) – 2012

June 18, 2012


Generalmente a través de una parábola, quien la formula, se propone sacudir y estremecer la manera de pensar y actuar de cada oyente, basado en el sistema de valores, que  consciente o  inconscientemente profesan los individuos y las sociedades.

Con frecuencia se piensa que las parábolas son relatos simples para gente sencilla, e ingenua. Nada más arrogante y prejuicioso. Constituyen, cuadros magistrales en los que el artista pinta con pinceladas de diferente colorido, todas las luces y sombras del alma humana y de las sociedades en las que la parábola es cultivada. Prueba de ello es que continúan arrojando luz sobre los asuntos más profundos de la vida con la fuerza y la claridad con que solo pudo hacerlo Jesús en las parábolas.

En el ámbito de la fe, del evangelio, con las parábolas Jesús procura abrir profundos y definitivos surcos con el arado de su palabra, para remover la tierra endurecida y las rocas que configuran la corteza humana. Es con las parábolas con las que Jesús se propone preparar el alma de cada oyente para la siembra de la semilla de la “Buena Noticia”, de la invitación al arrepentimiento y del cambio de vida en la perspectiva del reino de Dios.

Jesús habla al corazón con parábolas permitiendo, a quienes las escuchan, vislumbrar a través de la vida cotidiana, la presencia invisible de Dios, justo allí en donde parece inconcebible encontrarla.

Pues bien, el trozo del evangelio de Marcos, que propone a consideración la Iglesia en la liturgia de hoy, nos presenta dos parábolas del ambiente rural tan estrechamente conectado con la vida.

La primera parábola del evangelio de hoy, la de la siembra, es una invitación, un llamado contundente a tomar conciencia de la vida en cualesquiera de sus etapas. No se puede vivir por vivir. Hacerlo sería un acto de inconsciencia, por decir lo menos.

He aquí el reto: hay que tomar conciencia de la vida y de su compleja funcionalidad e interconexión en cada etapa y en el contexto todo de la realidad actual, por doloroso que sea.

Este es el primer paso requerido en el seguimiento de Jesús. Él, enfática y magistralmente hiere la conciencia de las gentes que le escuchaban y de sociedades de todas las épocas al decir que la perspectiva divina el reino de Dios ya está entre los hombres, y que no se puede vivir en la inconsciencia. Tomar conciencia del evangelio, de la “Buena  Noticia” es imprescindible para germinar y fructificar con sentido de liberación.

Siguiendo el hilo del plan de Marcos en su evangelio se encuentra a continuación la maravillosa parábola del grano de mostaza. En el contexto israelita de la época la visión hebrea del mundo se fundamentaba en una concepción según la cual se identificaba el orden con la santidad y el desorden con la contaminación, con la impureza. De acuerdo a esta concepción había establecidas leyes muy estrictas que cubrían hasta los más pequeños resquicios de la vida diaria. Ello explica que hubiera reglas muy estrictas hasta sobre lo que se pudiera plantar en una huerta, en la que se prohibía sembrar y mezclar ciertas plantas como por ejemplo la semilla de la mostaza porque se desarrollaba muy rápido privando de espacio a otras legumbres. Sembrar pues semillas de mostaza en la huerta casera era algo contra la ley.

Esta semilla germina y tiene un rápido crecimiento hasta convertirse en un expansivo arbusto. En la mentalidad hebrea de entonces era más fácil imaginar un vigoroso y alto cedro como los del Líbano en el que muchas aves puedan establecer su nido, que un invasivo arbusto como el de la mostaza que alcanza en promedio un metro de altura con una cuantas ramas.

Y es justo en este detalle en el que se fundamenta el contrastante propósito de la parábola. Paradójicamente esta parábola propone una simiente frágil e invasiva como imagen del reino de Dios, que subvierte el orden institucional y cualquier manifestación de magnificencia y poderío.

La parábola subvierte los mitos humanos de majestad, grandeza y poderío. El reino de Dios actúa sin grandiosidad, sin grandes catedrales bizantinas en cuya penumbra se diluye la inspiración y la religiosidad de comunidad cristiana. El reino de Dios no es un cedro del Líbano sino un arbusto de mostaza que enriquece con su sabor toda la vida.

Se han encontrado por lo menos cuatro versiones de esta parábola, tres en los evangelios sinópticos y una en el llamado “Evangelio de Tomás”; un escrito encontrado en el siglo pasado en Egipto, originario según parece de Siria, que forma parte de la colección de Nag Hammadi. Para Lucas y Mateo la semilla de mostaza se convierte en un gigantesco árbol. Para Marcos crece como el más grande de los arbustos. En el “Evangelio de Tomás” llega a ser una gran rama que puede cobijar bajo su sombra una gran cantidad de aves.

Todas estas consideraciones no corresponden con la realidad, en efecto la semilla de mostaza no germina y crece como un inmenso árbol, ni como el más grande de los arbustos, ni siquiera echa una gran rama. Por ello, puede afirmarse que Jesús con la parábola subvierte los mitos de poder y grandeza de hombres y mujeres de todos los tiempos. Porque las expectativas de los seres humanos van en contravía del pensamiento y la acción de Dios.

El reino de Dios se hace posible y concreto en el trabajar de aquellos por quienes Dios ha tomado partido: quienes no tienen que comer día a día, quienes carecen de techo, en fin quienes están necesitados, porque allí donde hay caridad, en el más genuino sentido: amor, allí esta Dios.

En las parábolas de hoy Jesús pregunta: “¿A qué compararé el reino de Dios?” El reino de Dios se manifiesta en la vida ordinaria de cada día, en la manera como se la vive, en la forma como cada mujer y cada hombre actúan, piensan y sienten.

Pareciera que Dios no estuviera en la cotidianidad de la vida. Parece tan ordinaria con todas sus complicaciones y problemas, que la presencia de Dios se diluye en una atmósfera nebulosa y contradictoria.

Pues bien, es en la espesura de la cotidianidad de la vida donde Dios se encuentra presente y actuante sustentándola todo el tiempo, porque así es como hace que germine y transcurra la vida silenciosamente. Es en este bosque o a campo traviesa en donde cada creyente ha de escuchar la voz de Jesús con la fuerza vital de sus parábolas. Corresponde a cada uno responder en concreto a la invitación y al  reto de las parábolas.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan