Propio 8 (A) – 28 de junio de 2026
June 28, 2026
LCR: Jeremías 28:5–9; Salmo 89:1–4, 15–18; Romanos 6:12–23; San Mateo 10:40–42
Cada creyente es presencia viva de Jesús en el mundo
La Palabra de Dios nos enseña que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y esto significa que, a través de la comunidad de creyentes, Jesús permanece presente en el mundo y que actúa por medio de nosotros dispensando su amor y misericordia. Ésta no es una responsabilidad menor; asumir el Bautismo en su dimensión profética nos compromete a ser testigos del Evangelio de la justicia y la paz.
Obedecer el mandato de ir por todo el mundo y predicar la verdad, aun cuando ese mensaje no sea agradable a los oídos de muchos, es altamente retador, ya que seguramente encontraremos resistencia e incluso aversión de aquellos para quienes el mensaje del amor es disonante con las realidades por las que atraviesa la humanidad en cada época de su historia. El mensaje de Jesús es de esperanza y consuelo para todos; sin embargo, durante muchos siglos, hemos escuchado discursos de castigo y temor que han causado en muchas personas rechazo a las palabras del Evangelio.

La Palabra de Dios, para este quinto domingo de Pentecostés, nos invita a revisar la manera como intentamos llevar a las personas que nos rodean al conocimiento de Dios y a la participación en su Cuerpo vivo, que es su Iglesia. Es urgente que recuperemos en nuestras predicaciones y en conversaciones el mensaje del amor, alejando todas aquellas expresiones o actitudes que puedan distorsionar la verdad del Evangelio, que es la buena noticia de un Dios que se hizo uno de nosotros para salvarnos de la esclavitud del pecado y darnos una nueva vida en santidad, alegría y prosperidad.
Hemos sido bendecidos a través de la gracia santificante y elegidos para una vida santa y feliz. Nos recuerda el apóstol Pablo, en la carta a los Romanos, que hemos vuelto a la vida; ya no pensamos ni actuamos conforme a la ley del pecado; nuestra humanidad restaurada no es compatible con estructuras de injusticia, rencor, discriminación o violencia, porque en Cristo hemos sido resucitados y en el Espíritu Santo hemos sido santificados para que nuestra vida entera esté al servicio de todo lo bueno. El propósito más importante de la Iglesia es ser presencia viva de Jesús en el mundo, anunciando el mensaje del amor y denunciando todo aquello que envilece al ser humano y a la creación en general. Somos anunciadores de esperanza y constructores de paz, y así deben percibirnos todas las personas con las que tengamos contacto. Sólo haciendo realidad el mensaje de la vida nos convertiremos en la prueba fehaciente de que somos enviados por el Señor.
El mensaje de muerte, venganza, sufrimiento y desgracia no tiene cabida en el anuncio del evangelio del amor. El profeta Jeremías nos recuerda que los antiguos profetas anunciaron guerra, calamidad y peste con el propósito de mostrar al pueblo las consecuencias de su pecado y del abandono de los mandatos de Dios; sin embargo, a través de Jesús, Dios mismo nos anuncia paz y prosperidad, esperanza y consuelo para un mundo amenazado por el miedo, la violencia, la injusticia y la opresión. Éste es el tiempo de la gracia, la libertad y la bendición, y la Iglesia de nuestros días canta alegremente con el salmista: “Tu amor, oh Señor, cantaré perpetuamente; de generación en generación anunciará mi boca tu fidelidad; porque seguro estoy de que tu amor es para siempre; en los cielos has afirmado tu fidelidad.”.
La Iglesia camina alentada y fortalecida por el poder del Espíritu Santo. Vamos por el mundo siendo testigos y anunciadores de una forma de vivir fundamentada en siglos de esfuerzos y el sacrificio de millones de hombres y mujeres que han entregado sus vidas, y que continúan entregándolas, al servicio de la Buena Noticia. Como nos recuerda la colecta para este día, estamos unidos a los apóstoles y profetas, aferrados a la piedra angular, que es Cristo mismo, y con ellos vamos construyendo un templo santo, aceptable y agradable a Dios, donde hombres y mujeres de todos los tiempos, razas, tradiciones y culturas, libres de prejuicios y llenos de amor, se reúnen en torno a la esperanza para conducir su existencia hacia la meta final, que es la vida eterna en Dios.
Es verdad que, en muchas ocasiones, la tarea es inmensamente demandante. El desánimo puede apoderarse de nosotros cuando no vemos los resultados esperados. Nos comprometemos con un proyecto de evangelización, planeamos actividades en nuestras congregaciones, nos preparamos para dar respuesta a los retos que nos imponen los cuestionamientos del mundo actual, ponemos a disposición de la Iglesia nuestros talentos, conocimientos y recursos intelectuales y materiales, pero parece que nada produce el resultado tan deseado. Entonces empezamos a preguntarnos qué estamos haciendo mal o incluso caemos en el desánimo hasta rendirnos. El Evangelio de Mateo nos trae luz sobre este asunto que quizás afecta a muchas iglesias de todas las denominaciones en todo el mundo: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió”.
Somos portadores de un mensaje que va más allá de nosotros o de nuestras capacidades humanas. Debemos, ante todo, revisar si estamos hablando con las palabras de Jesús o si estamos tratando de transmitir nuestras propias categorías, pensamientos y opiniones, o si estamos permitiendo que las frustraciones de nuestra vida, las cargas que llevamos o las heridas que tenemos hablen por nosotros, impidiendo que el mensaje de amor, gracia y salvación sea transmitido y recibido de manera adecuada. Somos seres humanos llenos de fragilidad y defectos; sin embargo, hemos sido restaurados en Cristo y somos nuevas criaturas. Hemos sido capacitados por la fuerza del Espíritu Santo para transmitir la Palabra de Dios. Nuestro deber es siempre pedir que la luz de ese Espíritu nos dé la apertura suficiente para permitirle hablar a través de nosotros.
Si queremos transmitir la verdad del Evangelio y traer esperanza a la vida de las personas que nos escuchan, debemos abrir nuestra mente y corazón al influjo del Espíritu Santo de modo que, según la promesa de Jesús, hable por nosotros: “Pero cuando los entreguen a las autoridades, no se preocupen ustedes por lo que han de decir o cómo han de decirlo, porque cuando les llegue el momento de hablar, Dios les dará las palabras. Pues no serán ustedes quienes hablen, sino que el Espíritu de su Padre hablará por ustedes”. Es nuestra obligación conocer la Palabra del Señor y buscar la forma adecuada de transmitirla en nuestro tiempo, evitando caer en interpretaciones que puedan causar daño o rechazo al mensaje del Evangelio, atendiendo a las palabras de Jesús: “A cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que lo hundieran en lo profundo del mar con una gran piedra de molino atada al cuello”.
La promesa de Jesús es que no quedaremos defraudados. Nuestro deber es ser constantes, perseverantes, comprometidos y entusiastas para traer a Cristo a todos aquellos por quienes dio la vida. Avancemos, pues, llenos de confianza en el Dios que nos acompaña y anima.
El Rvdo. Ricardo Antonio Betancur Ortiz, es Abogado de profesión y Presbítero en la Diócesis de Colombia, ha practicado la docencia en temas de anglicanismo y estudio del Libro de Oración Común en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis; actualmente desempeña su ministerio como clérigo asociado a la Catedral de San Pablo.
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