Sermones que Iluminan

Último Domingo después de la Epifanía (A) – 2020

February 23, 2020


Hoy, febrero veintitrés, último domingo después de la Epifanía, la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor, relato que acabamos de escuchar en el evangelio del Mateo. Desde que inició el tiempo de epifanía hemos recorrido, a través de los textos que nos ha propuesto la liturgia, una serie de episodios en los que Jesús se manifiesta a sus discípulos y seguidores como el Mesías, el Salvador. De entre todos esos pasajes quiero recordar, en especial, el del bautismo de Jesús, cuando Juan le bautizó en el río Jordán y se oyó una voz del cielo que dijo: “Éste es mi Hijo amado”. Hoy, al llegar al final de la estación de Epifanía, la misma voz de Dios vuelve a confirmar el mismo mensaje: “Éste es mi Hijo amado”. Justo en este momento en el que Jesús comienza su camino a Jerusalén y tiene ya fijada su cita con la cruz, oímos la misma afirmación de amor del Padre. La razón es clara: Jesús precisa nuevamente esa confirmación de amor, como si le dijera en segunda persona, directamente: Tú eres mi Hijo amado.

También nos cuenta Mateo que, en el justo momento en que Jesús está orando con Pedro, Juan y Santiago, apartado del mundo, dándose un momento a solas en oración con sus discípulos, aparecen Moisés y Elías; dos de las más grandes figuras de la historia de salvación, la ley y los profetas, la síntesis de la historia y enseñanza judías presentes en ese momento especial con el Hijo de Dios, en “un cerro muy alto” como siglos antes lo hacía Moisés para encontrarse cara a cara con Dios. Y dice la Escritura que los dos hablaban con él y que una nube se apareció y los envolvió mientras Jesús oraba, y que su rostro se transformó: “Su cara brillaba como el sol”, y que “su ropa se volvió blanca como la luz”.

Jesús sabe que está por transitar el último y más difícil capítulo de su ministerio. Es en ese instante convulso y maravilloso, en el que vemos como Jesús no está solo, como Dios no lo deja solo. No sabemos de qué hablaron Moisés y Elías con Jesús, pero sabemos que estuvieron ahí para ayudarle, para asistirle, para animarle, para prepárale para llevar a cabo su misión. Jesús tiene ahora, por delante, los días finales de su ministerio y se prepara para ir a Jerusalén. 

Hay mucho que aprender de este texto. Podemos, por ejemplo, aprender que todos necesitamos del amor de Dios, de esa confirmación de amor en nuestras vidas. Sólo la fuerza del amor de Dios es capaz de hacernos pasar por la cruz, metafóricamente hablando, y extender los brazos y seguir amando. Este texto nos enseña que nunca vamos a estar solos. Dios siempre va a poner las personas adecuadas en nuestro camino para compartirnos su verdad; sólo que, como Jesús, tenemos que estar dispuestos a escuchar y hacer su voluntad.

Mateo nos cuenta que Pedro se quiere quedar ahí, con Jesús y los profetas, con su maestro y sus hermanos de fe. La idea es muy tentadora. ¿Quién no quisiera quedarse al lado de sus seres más queridos, en el lugar santo donde Dios se revela a plenitud, rodeados de luz brillante, en la montaña lejos de los problemas cotidianos? Y es definitivamente un lugar necesario espiritualmente hablando, sólo que no es el lugar para quedarse indefinidamente diciendo: “¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, haré tres chozas”, sino para recobrar fuerzas. Jesús, en su transfiguración, nos invita a bajar de la montaña de nuestras comodidades e ir a donde Dios nos llama, a los lugares escabrosos de este mundo roto donde esa confirmación del amor de Dios es necesaria.

La transfiguración es la auto-manifestación de Jesús como Dios salvador del mundo. Moisés y Elías, quienes representan la ley y los profetas, se hacen presente nuevamente ante Dios en este monte. En Jesús, Dios se revela plenamente como el Salvador, el Mesías esperado; ya no serán más la ley y los profetas los fundamentos de la fe, sino Cristo, el vehículo de la salvación. Nunca sabremos de qué hablaron Jesús, Elías y Moisés, pero es fácil deducir por la historia que éstos dos personajes le recordaron a Jesús lo que ellos hicieron en su momento. Tanto Moisés como Elías jugaron su papel en la historia de salvación, en la preparación hacia la plenitud de la obra salvífica. Ahora llega la salvación por Jesucristo, el nuevo Elías, el nuevo Moisés que guiaría al pueblo de Dios, esta vez, de la esclavitud del pecado a la vida eterna.

La Iglesia, como comunidad de Jesús, está llamada a continuar la proclamación del amor de Dios, a ser testigo de ese amor que en Cristo vino al mundo. Nosotros discípulos de Jesús, tenemos que subir también al cerro, llenarnos de ese amor de Dios que hace resplandecer la esperanza y dejarnos transformar; vivir nuestra propia transfiguración. Pero debemos tener cuidado de caer en la tentación de Pedro; hay que bajar y proclamar la Buena Nueva de Cristo, pues así lo quiso él: “No cuenten a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado.”

Ahora que estamos ad portas de adentramos en el tiempo de cuaresma, tiempo privilegiado de reflexión y revisión de nuestra vida espiritual, aferrémonos al amor de Dios, como estos cinco personajes en torno al resplandor de Jesús, y alistémonos para, una vez llenos de su luz, llevar a cabo la misión que ha sido confiada a cada uno de nosotros.

El Rvdo. Andreis Díaz, es rector Asociado en Christ Episcopal Church, Ponte Vedra, Diócesis de la Florida, desde el 2017. Fue ordenado en Cuba, en Junio del año 2010.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan