Sermones que Iluminan

Viernes Santo – 29 de marzo de 2024

March 29, 2024

LCR: Isaías 52:13–53:12; Salmo 22; Hebreos 4:14–16; 5:7–9; ó 10:16–25; San Juan 18:1–19:42

En este día nos acercamos a la cruz en silencio y recogimiento ante la dolorosa memoria de la muerte de Jesús. Nuestros templos se visten de luto y los creyentes recorremos con espíritu afligido las estaciones del Via crucis o “vía dolorosa”, bien sea en la memoria o bien en la práctica tradicional de algunas comunidades episcopales y anglicanas. A cada paso de este caminar hacia la cruz vamos escuchando con dolor los eventos narrados en el evangelio de san Juan: la traición de Judas al Maestro, el arresto de Jesús por los soldados romanos y los guardias judíos del templo, el desconocimiento y negación del amigo y discípulo Pedro, el falso enjuiciamiento y la sentencia a muerte, la tortura, la burla y el desprecio públicos, el asesinato en la cruz entre dos ladrones, el maltrato de su cuerpo post mortem y su sepultura.

La cruz nos trae a la memoria la cruenta realidad del asesinato del justo; es el símbolo de la afrenta y escarnio de quien fuera acusado por el poder romano y judío como un rebelde, un blasfemo, un maldito. Para las autoridades romanas el juicio y condena de Jesus a una muerte en cruz tienen un carácter político, lo que se hace evidente en la acusación de Pilato sobre si acaso Jesús pretende ser el “rey de los judíos” (18:33). Esto se confirma luego en el rótulo que manda a poner en la cruz y que enuncia “Jesús de Nazaret, rey de los judíos” (19:19). Considerarse rey tenía graves consecuencias para Jesús, pues era visto como un ataque de traición y sublevación contra el César y el pueblo de Roma.

Desde el punto de vista de las motivaciones que llevaron al Sanedrín a acusarlo, resulta evidente que la predicación y actuación de Jesús resultaba incómoda para los líderes de Israel. Ya en el capítulo 11 de san Juan se muestra la conspiración para matarlo, afirmándose por parte de Caifás, Sumo Sacerdote: “Si lo dejamos, todos van a creer en él, y las autoridades romanas vendrán y destruirán nuestro templo y nuestra nación. (…) es mejor para ustedes que muera un solo hombre por el pueblo, y no que toda la nación sea destruida”. Con este criterio de “realismo político” acusan a Jesús de blasfemo, por no observar las leyes religiosas del sábado y el templo, y por su pretensión de ser Hijo de Dios (19:7).

Pero incluso la actitud de una parte del pueblo de Jerusalén resultó determinante en la condena al profeta galileo. Jesús había sido muy cercano a las personas más humildes, en su mayoría campesinos de la región de Galilea quienes escuchaban su mensaje y le seguían depositando su esperanza en él. En el momento del juicio, es el pueblo de la gran ciudad, ajeno a la práctica sanadora y liberadora de Jesus e inmerso en las dinámicas del poder oficialista de Jerusalén, quien escoge liberar al bandido Barrabás en lugar de Jesús.

El propio Jesús era consciente de la “copa que debía beber” (18:11) como consecuencia de su vida y su predicación sobre un reino de amor y compasión. Quien cuestionaba una ley religiosa opresora y planteaba las exigencias del compromiso con los más desfavorecidos debía contar con las reacciones violentas del poder, lo que asumió de un modo consecuente hasta el final.

Aún hoy, cerca de 2000 años de su asesinato, los creyentes seguimos preguntándonos cómo se llegó a una situación tal: ¿por qué un hombre justo y bueno, que hacía el bien a su paso, fue asesinado de una forma tan cruel? El religioso claretiano Angel Sanz Arribas, nos recrea este triste momento con un poema:

“Hubo un hombre que no sabía odiar; se dedicaba a hacer el bien a todos.

Su conducta se hizo primero extraña, luego escandalosa, por último, insoportable.

Una tarde apareció colgado entre el cielo y la tierra; no tenía figura humana.

La gente comentó: ‘pobrecillo, con lo bueno que era’.

Y todos experimentaron una extraña sensación de alivio”.

Como en aquel tiempo, hoy también ante muchas injusticias y dolores sociales, las reacciones, y sobre todo las acciones, son muy diversas. El poder brutal del Imperio Romano atemorizaba a muchos, corrompía a otros, amenazaba cualquier acción crítica o de protesta. Y el resultado del miedo era el no actuar, el no manifestarse. Ese silencio e inacción permitía la impunidad del asesinato de los justos y justas. La muerte de personas inocentes continúa evidenciando el escándalo de la cruz, en toda su crudeza: la muerte prematura e injusta de niños y niñas por desnutrición; de jóvenes sin futuro enfrentados a la violencia; de poblaciones civiles, niños, mujeres y ancianos víctimas de guerras y conflictos armados; de líderes sociales, campesinos y ambientalistas por la defensa de tierra, los ríos, los bosques. La muerte de Jesús es también la muerte del hermano y la hermana más humilde.

Frente a la cruz, meditamos en su significado para nosotros hoy: ¿qué significa postrarnos ante la cruz del Crucificado? ¿Qué sentido le damos a cargar cruces en nuestro cuello o a mantener la memoria de la cruz en nuestros altares, iglesias, capillas, escuelas, casas? ¿Qué significa para nosotros que la cruz sea provocación, sufrimiento, maldición, y a la vez fuente de esperanza en el Dios que se humaniza y solidariza con las personas que sufren y los pueblos crucificados? El símbolo de la cruz expresa nuestra fe y esperanza cristianas. Cuando alzamos los ojos al Crucificado, quien es también el Resucitado, nos encontramos con Cristo mismo que viene al encuentro en nuestras necesidades, dudas y problemas para mostrarnos el amor del Padre que nos abraza y acoge.

Pidamos hoy que nuestra fe sea movida por una ética de la compasión frente a la injusticia y el dolor del que sufre, que nos lleve a buscar transformar nuestro mundo y nuestro espacio vital, en un mundo y un espacio vital en el que no haya más cruces. Nuestra fe nace del mysterium crucis, del misterio de la cruz, que tiene su origen en la revelación de Dios en el Crucificado, despojado y abandonado en la noche de la cruz. Pidamos que esa fe nos mueva a sensibilizarnos siempre ante el dolor de los demás, especialmente de los más vulnerables.

Celebremos hoy la memoria del Crucificado, la memoria de la cruz, con la denuncia profética de todos  los tipos de vulneraciones mayores pero también menores que sufrimos: los pesares y angustias de nuestras feligresías y parroquias; nuestras pérdidas personales y comunitarias; nuestras mujeres mártires de la violencia intrafamiliar; el “ecumenismo martirial” presente en los testimonios de nuestros hermanos cristianos perseguidos en otros países a causa de la intolerancia religiosa; los líderes y lideresas sociales, campesinos, estudiantes, población LGTBI+ asesinados que hacen parte de esa memoria passionis y memoria crucis. Afirmemos la cruz como un llamado para que no haya más cruces, para que cese la violencia entre los seres humanos.

Oremos: “En este Viernes Santo te acompañamos en tu sufrimiento Cristo, Señor y Dios nuestro, y volvemos la mirada a nuestros hermanos y hermanas que sufren. Pedimos que tu Espíritu nos de la fuerza necesaria para comprometernos con ellos en esperanza y en el poder transformador del camino de la cruz”. Amén.

La Rvda. Loida Sardiñas Iglesias es Presbítera de la Iglesia Episcopal Anglicana, Diócesis de Colombia, donde ejerce su ministerio como parte del Equipo Pastoral de la Catedral San Pablo, en Bogotá. Es doctora en Teología por la Universidad de Hamburgo y profesora de la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia. Sus áreas de interés son la Teología Sistemática, el Ecumenismo y la Ética.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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