Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: discurso inaugural del Obispo Presidente Sean Rowe

Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: discurso inaugural del Obispo Presidente Sean Rowe

A continuación ofrecemos el discurso inaugural, preparado para publicación, del Obispo Presidente Sean Rowe ante el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, reunido del 23 al 25 de junio en Linthicum Heights, Maryland.

Buenos días y bienvenidos de nuevo al Maritime Center. Antes de comenzar nuestra reunión, quiero agradecerles a nuestros capellanes por guiarnos en la plegaria por los pueblos de Irán e Israel y, sobre todo, por la paz. 

Ayer me comuniqué con el Arzobispo Hosam Naoum, de la Provincia de Jerusalén y Oriente Medio. El conflicto se sitúa dentro de esa provincia, la cual incluye la Diócesis de Jerusalén y Oriente Medio, la Diócesis de Chipre y el Golfo, y la Diócesis de Irán. Les pido que sigan orando por todo el pueblo de Dios en esos lugares, y por los aproximadamente 40,000 miembros de las fuerzas armadas estadounidenses que sirven en Oriente Medio. 

El Arzobispo Hosam extendió una invitación a los anglicanos de todo el mundo para que ofrezcan intercesiones en nombre de ellos, de modo que, escribió, “podamos fortalecernos colectivamente para encarnar el papel de pacificadores como miembros mutuos del mayor Cuerpo de Cristo”. Estoy particularmente consciente de que, en este momento, los estadounidenses tenemos la responsabilidad específica de orar por la paz e instar a nuestros dirigentes a que practiquen la moderación y la desescalada. A medida que la situación se vuelva más clara, la Oficina de Relaciones Gubernamentales nos ofrecerá formas de actuar, y les recomiendo sus recursos.

Tenemos una agenda muy ocupada y espero que nuestra reunión sea productiva. Me complace especialmente darle la bienvenida a nuestro nuevo Director de Finanzas Chris Lacovara, a quien ustedes nombraron en marzo. Pasaremos más tiempo con Chris esta mañana cuando nos presente un resumen de las finanzas y un análisis del trabajo que están llevando a cabo en finanzas y contabilidad, presupuestos, tesorería, inversiones y bienes inmuebles.

También me complace darle la bienvenida a Eric Metoyer, quien fue elegido en febrero para cubrir un mandato que no se había vencido, a su primera reunión de la Junta en pleno. Eric sirve como el canónigo para justicia racial, social y medioambiental de la Diócesis de California; también forma parte del Comité Presupuestario Conjunto y nos da gusto que esté aquí con nosotros.

En nuestras dos últimas reuniones hemos pasado tiempo refinando nuestra visión y estableciendo prioridades para avanzar hacia ella. Como recordarán, esa visión es que seremos una iglesia sólida y adaptable que comunica y encarna la profundidad de la espiritualidad cristiana, y que trabaja por la visión del reino de Dios de la Iglesia Episcopal al apoyar el ministerio en las diócesis.

Tendremos suficiente tiempo durante esta reunión para hablar de la labor que estamos haciendo para avanzar hacia esta visión, y mañana por la mañana tomaré más tiempo para darles una actualización detallada de nuestros avances y planes.

Esta mañana, sin embargo, me gustaría reflexionar durante algunos minutos sobre las razones por las que estamos emprendiendo esta labor, por qué es importante que la Iglesia Episcopal pueda dar un testimonio sólido y eficaz del Evangelio de Jesucristo.

No necesito decirles que estos son tiempos difíciles para la iglesia a la que servimos y para el pueblo de Dios en nuestras comunidades. Muchas de nuestras diócesis y congregaciones están respondiendo a una necesidad sin precedentes de alimentar a los hambrientos, consolar a los que tienen temor y luchar por encontrar nuevos modelos de ministerio y mantener la esperanza en el futuro de la Iglesia.

En todas partes de nuestra Iglesia, los fieles episcopales observan lo que está sucediendo y disciernen sobre cómo responder. Como Cristianos, estamos tratando de vivir nuestras promesas bautismales: perseverar en la resistencia ante el mal, luchar por la justicia y la paz entre todos los pueblos y respetar la dignidad de todos los seres humanos.

Pero vivimos en una época en la que el maligno trata de dividirnos de múltiples formas, especialmente en la vida política y en las redes sociales. Incluso mientras damos testimonio del Evangelio, luchamos por no conformarnos con este mundo, como dice Pablo en su carta a la Iglesia de Roma. Con demasiada frecuencia nos comportamos como si nuestra primera lealtad fuera a nuestra nación o partido político, y no al reino de Dios aquí en la tierra.

Esto puede dificultarnos el discernimiento de cuál es la siguiente acción correcta. Por cada mensaje que recibo exigiendo que hablemos de un tema específico, también recibo una carta diciéndome que la iglesia se está muriendo porque no dejamos de hablar de política. No tenemos la misma opinión sobre cómo responder a lo que está sucediendo a nuestro alrededor como seguidores de Cristo Resucitado.

Aunque esta amplia gama de opiniones en la iglesia a veces puede dificultar el discernimiento, encuentro grandes esperanzas en nuestra diversidad de opiniones. Debido a que nuestras opiniones no son las mismas, podemos resistir el impulso de entregarnos a los excesos de uno u otro partido de Estados Unidos o de cualquier otro país. Somos un laboratorio viviente de cómo desarrollar la comunidad con la tensión creativa de los desacuerdos, y cuando estamos en nuestro mejor momento, en la Iglesia Episcopal podemos darle un poderoso testimonio al mundo a través de nuestra unidad en la diversidad.

Nuestro testimonio cristiano se ha vuelto cada vez más un asunto de vida o muerte. El fin de semana pasado fuimos testigos en Minnesota de las consecuencias mortales del nacionalismo cristiano extremista, el cual parece haber desempeñado un papel importante en la motivación del asesinato de una legisladora estatal y su esposo. Este tipo de distorsión del mensaje evangélico nos rodea en la vida pública: en los ataques deshumanizadores a los transexuales, en el fomento del temor a los inmigrantes y en el aumento del antisemitismo y la intolerancia antimusulmana. Es urgente que reforcemos nuestra capacidad de ofrecer una visión diferente del reino de Dios.

Ese tipo de testimonio se produjo el fin de semana pasado en Utah, cuando la Obispa Phyllis Spiegel les abrió las puertas de la catedral de Salt Lake City a los manifestantes que buscaban refugio de los disparos. Una vez dentro, rezó con ellos y calmó a los niños que estaban asustados.

También está ocurriendo ahora en la Diócesis de Dakota del Sur, donde dos de nuestros miembros —el Obispo Jonathan Folts y Warren Hawk— se reunirán pronto con miembros del Consejo Tribal Crow Creek para avanzar en nuestra búsqueda de la verdad respecto a la participación de la Iglesia Episcopal en los internados indígenas. Es una señal de esperanza que el presidente de la tribu haya pedido que la reunión no se celebre en un edificio tribal, sino en una de nuestras iglesias. Gracias, Jonathan y Warren, y gracias a todos los miembros de los comités MW062 y A067, por su ministerio.

En Utah y Dakota del Sur, así como en toda la Iglesia, estamos ofreciendo un testimonio cristiano alternativo centrado en nuestra relación con Dios en Cristo y con la humanidad, y estamos proclamando el amor reconciliador de Dios. Cuando hacemos bien las cosas, los episcopales somos capaces de comprometernos decididamente tanto con la justicia como con la unidad, y de extendernos la gracia unos a otros y a todo el pueblo de Dios, incluso a quienes no están de acuerdo con nosotros.

Este tipo de testimonio cristiano cambia la vida de las personas. De hecho, les salva la vida a las personas, y nuestra labor para aumentar la capacidad para ello en la Iglesia Episcopal es urgente. Eso es lo que hemos venido a hacer en los próximos tres días, y les agradezco su compromiso.

Pablo les dijo a los romanos que, en lugar de conformarse a este mundo, “transfórmense por la renovación de su entendimiento de modo que comprueben cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”. Al guiar a la Iglesia en estos tiempos difíciles, permitamos que estas palabras nos guíen también a nosotros.