Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: discurso inaugural del Obispo Presidente Sean Rowe
A continuación ofrecemos el discurso inaugural, preparado para publicación, del Obispo Presidente Sean Rowe ante el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, reunido del 20 al 21 de octubre en el centro de conferencias Kanuga de Henderson, Carolina del Norte.
Buenos días y bienvenidos a Kanuga. Gracias a nuestros capellanes por iniciar nuestra reunión con la oración matutina, y gracias a todos ustedes por tomarse el tiempo para estar aquí. Tenemos una agenda repleta, incluida la sesión de esta mañana con la Dra. Beth-Sarah Wright, del Centro Absalom Jones para la Sanación Racial, quien trabajará con nosotros en la forma de utilizar el pacto bautismal como una forma de entender nuestra vocación como líderes cristianos. Como parte de nuestro compromiso de invertir en las diócesis y ofrecerles apoyo, hemos puesto en marcha una asociación más amplia con el Centro Absalom. Me complace darle la bienvenida a la Dra. Wright a nuestra reunión, no solo para que trabaje con nosotros, sino para darles una idea del tipo de recursos que estamos poniendo a disposición de las diócesis, y que luego pondremos a disposición de toda la Iglesia.
También quiero darle la bienvenida a Crystal Plummer, quien fue electa en la Provincia V para ocupar el periodo de ejercicio no vencido que quedó vacante cuando Louisa McKellaston se incorporó a nuestro equipo el 1° de agosto. Crystal es canóniga de redes en la Diócesis de Chicago y actúa como secretaria de la Coalición Episcopal para la Equidad y la Justicia Racial. En la Convención General de 2024, se convirtió en la primera mujer negra en presidir la Cámara de Diputados cuando la Presidenta Ayala Harris la invitó a ocupar la presidencia durante la elección del presidente y el vicepresidente. Crystal, estamos encantados de tenerla en la Junta.
Esta es también nuestra primera reunión con la Obispa Helen Kennedy, nuestra nueva coordinadora con la Iglesia Anglicana de Canadá. Desde 2022, Helen ha sido obispa de la diócesis de Qu’Appelle, en Saskatchewan, y es la primera obispa de esa provincia. Bienvenida, Helen. Estamos muy contentos de que esté con nosotros.
Aquí en Kanuga, nos encontramos en la Diócesis del oeste de Carolina del Norte, donde los fieles han pasado el último año ayudando a sus iglesias y comunidades a recuperarse de las catastróficas inundaciones que tuvieron lugar el pasado otoño cuando el huracán Helene azotó la región.
La propia Kanuga sufrió grandes daños a causa de las inundaciones y los árboles caídos, al igual que muchos otros lugares de esta parte del Blue Ridge. Desde entonces, la diócesis ha dado un profundo testimonio del amor de Dios al proporcionar ayuda para viviendas, enseres domésticos, alimentos, gastos médicos, apoyo para el pago de alquileres, reparaciones de hogares y programas para ayudar a la gente a volver al trabajo, todo ello mientras experimentan el dolor, la desilusión y toda la gama de emociones que aparecen durante y después de un desastre.
El mes pasado tuve la suerte de ser testigo de la resistencia de la gente de esta diócesis, ya que me invitaron a la Eucaristía de la diócesis por el aniversario de Helene. Ahora estoy agradecido de regresar con todos ustedes para que los recursos que utilicemos en esta reunión del consejo puedan ayudar a apoyar a esta histórica institución mientras sigue recuperándose de la tormenta.
Estar aquí, en el oeste de Carolina del Norte, también me impulsa a reflexionar sobre la respuesta de la Iglesia Episcopal a la situación política cada vez más desesperada de Estados Unidos, que ha ocupado una enorme cantidad de nuestro tiempo y energía en el último año.
Al igual que muchos otros lugares de nuestra Iglesia, esta diócesis dedica importantes recursos a servir a la comunidad latina de esta parte del estado, la cual ha crecido rápidamente en los últimos años. La Diócesis del oeste de Carolina del Norte cuenta con cuatro misiones latinas en toda la diócesis, numerosos ministerios parroquiales que sirven a sus vecinos hispanohablantes y dos misioneros latinos de tiempo completo: el Rvdo. Oscar Rozo y el Rvdo. Miguel Álvarez. El Obispo José McLoughlin, quien nació en Puerto Rico y es bilingüe, está profundamente comprometido con el servicio a la comunidad latina local.
Podemos hacer mucho para apoyar a las congregaciones y ministerios latinos de nuestras diócesis. Podemos desarrollar mejores recursos para la educación y formación teológica en español. Podemos proporcionar recursos a los ministerios que trabajan con inmigrantes en problemáticas legales. Podemos afirmar los valores de la iglesia insistiendo en nuestro derecho a reunirnos libremente para el culto con todos nuestros miembros, sin importar su situación migratoria. Estamos haciendo todo eso y más.
A medida que buscamos ser estratégicos en nuestro apoyo a una política de inmigración humana y justa y en nuestro ministerio con los inmigrantes, estamos siguiendo el ejemplo de los obispos y otros líderes de nuestras diócesis en la frontera sur y en otras comunidades con poblaciones grandes de inmigrantes. Una cosa que nos piden a menudo es que no hagamos declaraciones llenas de indignación y retórica que llamen la atención hacia sus programas. Sabemos que lo que está ocurriendo en nuestras comunidades no es de Dios, sabemos que es devastador para nuestras congregaciones y para todo el cuerpo de Cristo. Pero, con demasiada frecuencia, al llamar la atención hacia la injusticia también se llama la atención hacia las personas que la sufren y se vuelven más vulnerables a las redadas y la vigilancia de las fuerzas de inmigración.
Estos líderes diocesanos me dicen que, como líderes de la Iglesia Episcopal, debemos tener cuidado de que lo que digamos públicamente no perjudique inadvertidamente a las personas mismas por las que abogamos. Puede resultar catártico hacer una declaración denunciando las realidades actuales de la inmigración, pero no siempre comprendemos el daño que esto puede causar a las personas que más queremos proteger: personas como unos padres en una de nuestras congregaciones, de quienes oí hablar recientemente, que están tratando de averiguar qué ocurrirá con sus hijos si a ellos los deportan. En esa situación, otros miembros de la congregación se han comprometido a cuidar a esos niños si un día sus padres desaparecen. Como padre, obispo y ser humano, me duele el corazón por este tipo de situaciones en nuestras iglesias, y sé que ninguno de nosotros queremos emitir una declaración que satisfaga nuestra necesidad de ser escuchados si eso hará que aumente la actividad de aplicación de la ley en esa congregación o en cualquier otra iglesia episcopal. Siempre tenemos que encontrar el equilibrio.
La situación en Gaza y Cisjordania es similar. A veces nos dicen que debemos hacer declaraciones más frecuentes y contundentes sobre la guerra israelí contra Gaza y el efecto catastrófico que ha tenido en el pueblo palestino; que si la Iglesia no hace declaraciones, entonces creemos que a la Iglesia no le importa esta parodia moral que se desarrolla ante nosotros ni las personas de nuestra propia Iglesia más afectadas por ella.
Así como consulto con los obispos que están muy involucrados en el ministerio con los inmigrantes, también estoy en contacto frecuente con el Arzobispo Hosam. De hecho, tuve la suerte de pasar algún tiempo con él en persona en mi despacho de Nueva York el viernes, escuchando su punto de vista sobre la situación en Gaza y recibiendo su consejo tanto sobre lo que podemos hacer para apoyarlo, como sobre lo que podemos abstenernos de hacer. Fortalecer la relación entre la Iglesia Episcopal y la Iglesia Episcopal de Jerusalén y Oriente Medio es nuestra principal prioridad cuando se trata de nuestra labor en esta región, y eso significa que le daremos prioridad a las necesidades de la iglesia ahí y trataremos de ser estratégicos en nuestro apoyo.
Quiero que quede claro que nuestra decisión de limitar las declaraciones públicas acerca de Gaza no indica que estemos ignorando la crisis, ni que estamos confiados sobre lo que está ocurriendo. Me horroriza lo que sé de la violencia, las violaciones de los derechos humanos y la destrucción que Israel está llevando a cabo en Gaza, y quiero hacer todo lo que podamos para ayudar. Como iglesia miembro de la Comunión Anglicana —la Comunión Anglicana real— podemos marcar una diferencia material en la vida de los palestinos de Gaza y de todos los palestinos al apoyar a nuestros compañeros anglicanos de Tierra Santa en la Diócesis Anglicana de Jerusalén, así como en la Provincia de Jerusalén y Oriente Medio. Podemos hacer esto por medio de donaciones a los Amigos Americanos de la Diócesis de Jerusalén y a la Ofrenda del Viernes Santo. Podemos hacerlo apoyando a un misionero que trabaje con el Arzobispo Hosam Naoum. Abogamos ante el gobierno estadounidense por la ayuda humanitaria, un alto el fuego permanente y el cese de la venta de armas a Israel. Y oramos sin cesar.
A principios de julio, no mucho después de nuestra última reunión, escribí un artículo para Religion News Service sobre lo que significa para nuestra Iglesia, que una vez fue conocida como la Iglesia de los Padres Fundadores y los presidentes, convertirse en un motor de resistencia a la creciente oleada de autoritarismo en Estados Unidos y en todo el mundo.
En ese ensayo, escribí que “Las Iglesias como la nuestra, protegidas por la Primera Enmienda y con la práctica de galvanizar a la gente de buena voluntad, podrían ser algunas de las últimas instituciones con capacidad para resistir las ambiciones y la imprudencia de esta administración. Para hacerlo fielmente, debemos ver más allá de las limitaciones de nuestra tradición y responder no en términos partidistas, sino como cristianos que buscamos practicar plenamente nuestra fe en una democracia libre y justa.
Nosotros no buscamos estar en este predicamento, pero Dios nos llama a colocar a los más vulnerables y marginados en el centro de nuestra vida en común, y debemos seguir ese mandato sin importar los dictados de ningún partido político o poder terrenal.
Ahora nos enfrentamos a una serie de opciones entre las exigencias del gobierno federal y las enseñanzas de Jesús, pero esas no son opciones”.
No siempre ha sido fácil elegir las enseñanzas de Jesús: la lectura del libro de Hechos lo deja claro. No espero que se esto se vaya a volver más fácil pronto. Al igual que los apóstoles de los orígenes de la Iglesia, debemos seguir creyendo que toda la autoridad en el cielo y en la tierra le ha sido otorgada a Cristo resucitado. Y tenemos que seguir viviendo, tanto en lo personal como institucionalmente, como si eso fuera lo más importante.





