«¿Están buscando a Jesús por todas partes?», preguntó la Obispa Presidente de la Iglesia Episcopal, Katharine Jefferts Schori, en su sermón del 30 de diciembre en la iglesia de San Andrés, en Ramallah. «Ve y busca a otros niños preocupados, esos hermanos y hermanas nuestros, que también lo están buscando. Lo encontraremos en la casa de nuestro padre, aunque sea en otra habitación».
La Obispa Presidente continúa su visita a la Diócesis Episcopal de Jerusalén por invitación del obispo Suheil Dawani.
A continuación se presenta el texto del sermón del Obispo/a Presidente.
Primer domingo después de Navidad
, 30 de diciembre de 2012
, Iglesia de San Andrés, Ramallah
La Rvdma Katharine Jefferts Schori
, Obispo/a Presidente y Primado/a
de la Iglesia Episcopal
Hace varios años, visité una congregación en el oeste de Kentucky, donde los chicos y chicas adolescentes me regalaron una camiseta con su lema: «Acolitos de la Iglesia Grace: jugando con fuego desde 1853». La mañana de Navidad, en la Catedral de San Jorge, conocí a un niño de 8 años que hacía lo mismo: se le había encomendado llevar el libro del Evangelio. Un niño mayor llevaba el incensario encendido, esparciendo dulce incienso alrededor del altar, sobre ese mismo libro del Evangelio y por toda la congregación. Eso es lo que hacía Samuel: servir en la casa del Señor, manteniendo encendidas las lámparas de aceite. Los niños que nos rodean aprenden muchas cosas al jugar con fuego —no solo sobre seguridad contra incendios, sino también sobre las posibilidades que surgen cuando la palabra de Dios arde dentro de nosotros y entre nosotros. También aprenden acerca de los extraordinarios fuegos que pueden encenderse cuando esa Palabra viva recorre la paja de los restos del mundo. Eso es exactamente lo que los padres terrenales de Jesús tenían entre manos en un niño que cautivaba a sus patriarcas con las brasas ardientes de la palabra de Dios.
Ha sido una alegría y un deleite ver cuán profundamente se valora a los niños aquí, cómo se les anima a crecer y desarrollar sus dones únicos, y a atesorar la forma en que han sido creados. Incluso, y tal vez especialmente, en medio de los desafíos de la vida aquí, hay algo extraordinariamente pacífico —lleno de paz— en la presencia, la afirmación y el aliento de los niños, desde los más pequeños hasta aquellos que comienzan a madurar hacia la edad adulta. El nacimiento de Dios en carne humana continúa entre nosotros a medida que se renueva el cuerpo de Cristo. Los niños pequeños reciben la comunión, incluidos como miembros de pleno derecho de este cuerpo. Los niños ocupan su lugar en el culto de la iglesia. Los jóvenes aprenden a servir a sus prójimos en el mundo en general, y la ardua y vivificadora labor de construir la paz.
He conocido a niños y jóvenes en las calles de Jerusalén que son conscientes de su propia fortaleza para esta labor. Una niña de unos 10 años me detuvo mientras salía a correr, golpeándose la muñeca con la otra mano y exigiéndome saber qué hora era —¡ella y su amiga tenían que llegar a tiempo a la escuela! No entendí ni una palabra, pero ella logró transmitir su mensaje. Otro día, un grupo de adolescentes que esperaban en una parada de autobús se rieron de mí mientras subía corriendo una colina empinada, preguntándome en su inglés entrecortado si quería ayuda o que me dieran un empujón para subir la colina. Estos niños son lo suficientemente valientes como para desafiar porque saben que son amados y apreciados. Cuando las personas conocen su propia dignidad, hay espacio suficiente para el humor, y comienza a reinar la paz. La respuesta de Jesús a la búsqueda frenética de tres días de sus padres suena así: se burla amablemente de ellos por no saber dónde estaría. Después de todo, lo habían educado bien.
Al mismo tiempo, el mundo de entonces y de ahora está lleno de niños y jóvenes que no son valorados por lo que son ni amados y respetados como imagen de Dios. Demasiadas vidas jóvenes son vistas como mercancías para ser intercambiadas, vendidas o esclavizadas para satisfacer los propósitos de otros. La esclavitud moderna es tan cruel como cualquier otra práctica de nuestro pasado humano. En China se venden bebés[1]; en el lago Volta se mantiene a niños como esclavos para pescar[2]; miles de niñas y algunos niños son esclavizados en la prostitución en todo el mundo[3]. En muchos lugares, los niños ven limitado su futuro debido a su género o estatus social, y las realidades económicas limitan el acceso de millones de niños a la educación y la posibilidad de un empleo significativo.
Jesús nació en un mundo de profundas limitaciones, pero se convirtió en la puerta abierta para todos los hijos de Dios. El hecho de que se hiciera carne mortal como un bebé indefenso le muestra al mundo que el mayor tesoro de Dios se encuentra precisamente en esa misma condición. Jesús, ya adulto, insiste en que sus amigos no alejen a los niños, pues ellos nos muestran el valor infinito del reino de Dios en medio de nosotros. El reino está abierto a quienes cuidan de los más pequeños, y ese reino da la bienvenida a todos los que animan a los pequeños en lugar de disuadirlos. Isaías nos recuerda que «un niño pequeño los guiará», pues los niños pueden mostrarnos el camino a la paz.
¿Estamos dispuestos nosotros, los mayores, a dejarnos guiar? ¿Estamos dispuestos a descubrir la luz divina en los más jóvenes entre nosotros? Los bebés no son solo bultitos adorables para acunar en las rodillas; son agentes de cambio, como puede atestiguar cualquiera que haya escuchado alguna vez un llanto fuerte. Ese llanto insiste: «cámbiame» o «cambia algo de mi entorno —¡ya!»». La insistencia de quienes tienen más palabras es igual de significativa.
Uno de los mayores desafíos para nuestra tradición en estos tiempos es cómo y si escucharemos esos gritos de cambio —hacia la paz, por la justicia, en busca de sentido frente a un mundo que puede parecer sin sentido—. En el contexto occidental, los adultos/as jóvenes suelen estar ausentes de nuestras iglesias. Sin embargo, se están haciendo preguntas de suma importancia espiritual: «¿Cómo puedo vivir una vida con sentido?; ¿cómo puedo construir un mundo de justicia para todas las personas?; ¿cómo puedo marcar la diferencia en este mundo?». Algunos de los que han crecido en comunidades cristianas se preguntan por qué las iglesias no los ayudan a descubrir respuestas a esas preguntas. Otros no logran escuchar las Buenas Nuevas en una música que no les resulta familiar o en el lenguaje de los que ya forman parte de la comunidad. ¿Por qué las iglesias se niegan a cambiar de manera que puedan responder a quienes buscan y a su sed de Buenas Nuevas?
Muchas personas, tanto dentro como fuera de las iglesias, están descubriendo —o tal vez recordando— que las comunidades de fe vitales siempre han tenido que lidiar con los desafíos de nuevos contextos y preguntas. Moisés lo hizo. Abraham lo hizo. Quienes se exiliaron en Babilonia lo hicieron, y también quienes regresaron aquí con nuevas formas de adoración. Incluso Jesús cambió, y su conversación con la mujer sirofenicia es un gran ejemplo.[4] La mujer pide la sanación para su hija, y cuando Jesús se niega a sanar a una gentil, ella insiste hasta lograr lo que busca: un reconocimiento de su dignidad y acceso al poder sanador de Dios.
Los más jóvenes que nos rodean nos plantean el mismo desafío: «Queremos ver a Dios, queremos encontrarnos con la Santidad en nuestras propias vidas y contextos. No entendemos qué están haciendo ahí dentro de sus iglesias. Necesitamos ver a Dios aquí afuera, en la calle, en nuestras vidas como estudiantes, buscando trabajo, luchando por encontrar un lugar en este mundo, buscando una razón para vivir».
La Nochebuena en la catedral fue gloriosa, pero fue aún más maravilloso platicar con la gente que se quedó después a tomar chocolate caliente. Conocí a un grupo de cinco adultos/as jóvenes —creo que eran judíos laicos— israelíes que habían venido a ver una celebración de Navidad y estaban llenos de preguntas y curiosidad. Algunos de ellos sabían mucho más de lo que yo esperaba sobre lo que estaba sucediendo. Todos estaban ansiosos y con un gran deseo de conectarse con lo divino. No son solo los padres de Jesús quienes lo han estado buscando con gran ansiedad, sino también sus hermanos. Podemos ayudar a otros a descubrirlo, en la casa de su padre, que abarca toda la creación, no solo la parte que está dentro de las iglesias. Él está a nuestro alrededor y en todas partes, no solo aquí adentro. Nuestros hermanos y hermanas están buscando la Santidad, aunque aún no tengan palabras para expresar lo que buscan.
¿Estás buscando a Jesús por todas partes? Ve y busca a otros hijos inquietos, a esos hermanos y hermanas nuestros, que también lo están buscando. Lo encontraremos en la casa de nuestro padre, aunque sea en otra habitación.
[1] http://http://rendezvous.blogs.nytimes.com/2012/12/26/buy-sell-adopt-child-trafficking-in-china/
[2] http://www.theatlantic.com/international/archive/2012/09/slavery-still-exists/262847/
[3] http://www.nbcbayarea.com/investigations/From-Sex-Slave-to-Activist-How-a-Berkeley-Woman-is-Using-Her-Past-to-Help-Others–184471481.html ; http://www.thedailybeast.com/videos/2012/11/25/my-escape-from-sex-slavery.html
[4] Marcos 7:25-30





