Propio 19 (A) – 13 de septiembre de 2026
LCR: Génesis 50:15–2; Salmo 103:(1–7), 8–13; Romanos 14:1–12; Mateo 18:21–35
Hay un documental sobre Combatants for Peace, un movimiento de base formado por personas palestinas e israelíes que alguna vez participaron en el ciclo de la violencia y que ahora trabajan juntas para ponerle fin. En el documental se escuchan las historias de redención de dos de los cofundadores de la organización. Sus historias son testimonios muy poderosos de lo que puede suceder cuando las personas deciden alejarse de la violencia, el odio y la venganza, y en cambio trabajan juntas por la reconciliación y la paz.
Uno de los cofundadores es palestino, Bassam Aramin, y el otro es israelí, Rami Elhanan. Ambos perdieron a sus hijas de diez años. La niña palestina fue asesinada a tiros por un soldado israelí mientras estaba afuera de su escuela con algunas de sus compañeras. La niña israelí murió a causa de una bomba colocada por palestinos. Ambos padres llevaban en sus carteras una fotografía de sus hijas. Lo que resulta especialmente impactante en sus historias es la manera tan abierta en que expresan el dolor y el sufrimiento causado por la violencia entre sus dos pueblos. Se necesitó un valor extraordinario para que ambos hombres enfrentaran esa dolorosa historia y hablaran de ella con honestidad. Y, sin embargo, al final de su conversación, aparece un destello de esperanza y redención. A través de su disposición a perdonarse mutuamente, nos muestran que es posible vivir de una manera diferente: un nuevo orden en el que la violencia, el odio y la venganza no tienen la última palabra.

En el Evangelio que escuchamos hoy, Pedro se acerca a Jesús y le pregunta: “Señor, ¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano, si me hace algo malo?”. Pedro, incluso, propone una respuesta: “¿Hasta siete?”. A lo que Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. La respuesta de Jesús no es una cuestión de matemáticas. Es una cuestión de la naturaleza misma del perdón. Este tipo de perdón está más allá de cualquier cálculo. Jesús sugiere que no debe haber límite en nuestra disposición para perdonar. El perdón sin límites es lo que caracteriza el nuevo orden inaugurado por Jesús: el nuevo orden en el que Bassam, el palestino, y Rami, el israelí, están tratando de vivir.
Entonces, ¿qué es el perdón? Es detener nuestro instinto de responder al enojo con otro golpe; implica dejar ir nuestro deseo de retribución y de venganza, porque la venganza puede consumirnos y contaminar nuestras actitudes, relaciones y manera de actuar; no significa que lo que sucedió no haya importado, no significa olvidar, no significa aceptar el abuso ni abandonar la búsqueda de justicia. Perdonar significa negarnos a permitir que el mal que se nos hizo tenga la última palabra sobre nuestras vidas; significa negarnos a permitir que la violencia de otra persona continúe viviendo dentro de nosotros. ¿Cuál sería la reacción de cualquiera de nosotros si estuviéramos en el lugar de Bassam? ¿Podríamos imaginar preguntarle a Jesús: Señor, ¿cuántas veces debo perdonar al soldado israelí que mató a mi hija? O si estuviéramos en el lugar de Rami:
Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a quienes fueron responsables de la bomba que mató a mi hija? “setenta veces siete”, diría Jesús. La respuesta de Jesús es -y será- extremadamente difícil de comprender para cualquier persona que haya sufrido una pérdida tan terrible. Y, como en la historia de Combatants for Peace, tenemos muchas historias como ésta por contar.
Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a quienes son responsables de matar a personas negras?, ¿a quienes son responsables de actos de terrorismo y de la muerte de personas inocentes?, o ¿cuando se comete violencia contra inmigrantes y refugiados simplemente por quienes son o por el lugar de donde vienen?, ¿a quienes me han herido, traicionado o tratado con desprecio? Y quizá la pregunta más difícil de todas: Señor, ¿cuántas veces debo perdonar cuando todavía estoy enojado, cuando la herida sigue abierta y cuando todavía no se ha hecho justicia? Estas no son preguntas fáciles. Y Jesús no nos dice que perdonar sea fácil, pero sí que el perdón es el camino del Reino de Dios.
¿Hay alguien en tu vida que necesita de tu perdón? ¿cuyo nombre viene a tu mente cuando escuchas a Jesús decir: “Perdona”? Y hay otra pregunta que necesitamos hacernos: ¿Podemos realmente recibir el perdón de Dios si no estamos dispuestos a ofrecer el perdón a los demás? Aquí es donde el Padre Nuestro adquiere una importancia especial. A diario oramos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Notemos la conexión. Le pedimos a Dios que nos perdone como nosotros perdonamos a los demás. Éste es un movimiento de dos partes. Nuestra tarea no es solamente perdonar a quienes creemos que nos han hecho daño, sino también pedir perdón a aquellas personas a quienes nosotros hemos hecho daño. El Padre Nuestro nos recuerda que el perdón no es simplemente algo que recibimos de Dios. Es algo que transforma la manera en que vivimos unos con otros. Jesús dice en Mateo: “Porque si ustedes perdonan a los demás sus ofensas, también su Padre celestial los perdonará a ustedes”. Esta es una afirmación difícil para nuestra lógica humana. Pero el punto esencial es que estamos invitados a tratar a los demás de la misma manera en que Dios nos ha tratado a nosotros.
Esto es exactamente lo que vemos en la parábola del rey y el siervo. El siervo recibe una cantidad extraordinaria de misericordia; su enorme deuda es perdonada. Pero después se da la vuelta y se niega a ofrecer esa misma misericordia a otra persona. Ha recibido el perdón, pero no ha permitido que el perdón transforme su corazón. Y quizás esa sea la advertencia que Jesús nos hace. Podemos recibir la misericordia de Dios y, aun así, escoger vivir en el resentimiento. Podemos recibir el perdón y, aun así, escoger la venganza. Podemos orar: “Perdona nuestras ofensas”, mientras nos negamos a perdonar las ofensas de los demás.
Jesús nos invita a algo diferente. La historia de estos hombres valientes de Combatants for Peace nos enseña que cuando el perdón verdaderamente nace del corazón, puede convertirse en un camino hacia la paz y la reconciliación. El perdón no es solamente un regalo para la otra persona, es un regalo para nosotros mismos. Puede liberarnos de los efectos debilitantes del resentimiento y del enojo, porque, algunas veces, la persona que nos hizo daño ya ni siquiera está pensando en lo que hizo, pero nosotros seguimos cargándolo; cargamos el enojo, el resentimiento. Volvemos a vivir el acontecimiento una y otra vez en nuestra mente y, lentamente, la herida comienza a moldear la manera en que vemos el mundo y la manera en que tratamos a otras personas. El perdón no borra la herida, pero puede impedir que la herida se convierta en el centro de nuestra vida. El perdón está en el corazón del Evangelio; es un acto de amor supremo, de amor divino; es un regalo de Dios y, como regalo, está destinado a ser compartido con los demás.
Paulo Coelho dijo en una entrevista: cuando hayas muerto y estés frente a frente con Dios, no te preguntará: ¿Pecaste mucho? ¿Hiciste esto? ¿Hiciste aquello? Te hará una sola pregunta: ¿Amaste lo suficiente? Quizás esa es la pregunta que Jesús pone delante de nosotros hoy. ¿Amamos lo suficiente como para dejar ir la venganza? ¿para negarnos a responder al odio con más odio? ¿para buscar la reconciliación cuando la reconciliación es posible? ¿para pedir perdón cuando nosotros somos quienes hemos causado la herida? Y ¿amamos lo suficiente como para perdonar cuando otra persona nos ha herido? Al final, el perdón es un acto de amor supremo; un amor que no se origina solamente en nosotros, sino que viene de Dios; un amor que recibimos, que nos transforma, al que Dios nos invita a compartir. Amén.
El Rvdo. Alfredo Feregrino es nativo de la Ciudad de México y obtuvo su Maestría en Divinidad en la Escuela de Teología y Ministerio de Seattle University, donde también recibió el primer premio Dr. Rod Romney “Preaching Award”. Fue desarrollador de misión en una congregación bilingüe y bicultural en Seattle/Renton, Washington; fue Rector Asociado en All Saints Church en Pasadena, California, a cargo del desarrollo congregacional; y actualmente es Sacerdote a Cargo de St. Luke’s–San Lucas Episcopal Church en Vancouver, Washington.





