Estudio Bíblico: Propio 19 (A) – 13 de septiembre de 2026

LCR: Éxodo 14:19-31; Salmo 114 o Éxodo 15:1b-11, 20-21; Romanos 14:1-12; Mateo 18:21-35

Recuerda un momento en el que te perdonaron. ¿Cómo te sentiste al ser objeto de la misericordia de otra persona?

Oración inicial |

Dios omnipotente, sin tu ayuda, nunca podríamos complacerte; concede, por tu gran misericordia, que tu Espíritu dirija y gobierne nuestros corazones en todo lo que hagamos; por Jesucristo nuestro Señor, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

Contexto |

Mateo 18:21–35 forma parte de las enseñanzas de Jesús sobre las relaciones entre sus discípulos y la comunidad cristiana en general. Este pasaje en particular aborda cómo deben responder cuando se les ha hecho daño, ya sea real o percibido. Pedro le hace a Jesús la famosa pregunta: «¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano, si me hace algo malo? ¿Hasta siete?». Jesús ofrece una respuesta enfática: deben perdonar «setenta veces siete». Jesús luego comparte la parábola de un siervo perdonado que, a su vez, no perdona, con el fin de ilustrar cómo sus seguidores están llamados a perdonar.

En la parábola, nos enteramos de un siervo con una deuda de diez mil talentos —una obligación abrumadora, prácticamente imposible de pagar, en la que ha incurrido—. El rey al que le debe la deuda realiza un acto extraordinariamente misericordioso: después de que el siervo suplica compasión, el rey le perdona toda la deuda. El siervo se retira de la presencia del rey habiendo recibido más misericordia de la que jamás hubiera podido ganarse o devolver. Y, sin embargo, a pesar de haber recibido misericordia y perdón del rey, no corresponde con la misma gracia cuando se encuentra con un compañero siervo que le debe una cantidad comparativamente pequeña. De hecho, lo entrega para que sea torturado hasta que la deuda sea pagada en su totalidad.

El contraste entre las acciones de los dos hombres en esta parábola ilumina el corazón de la enseñanza de Jesús sobre el perdón: quienes han recibido el perdón de Dios están llamados a extender ese mismo perdón a los demás. La parábola nos anima a acudir a Dios en busca de misericordia y, a su vez, a ser transformados en la forma en que respondemos a quienes nos han ofendido. Después de todo, la misericordia de Dios hacia nosotros es inconmensurable. De igual manera, debemos perdonar sin medida. El perdón se convierte en una expresión de gratitud por la misericordia que nosotros mismos hemos recibido.

Reflexión teológica |

El perdón es un principio fundamental de la fe cristiana —una de las formas en que el amor de Cristo se hace visible en la vida cotidiana—. En este pasaje del Evangelio, Jesús presenta el perdón no solo como una admirable virtud cristiana, sino como una respuesta a la extraordinaria misericordia que Dios nos ha mostrado. La parábola del siervo implacable resalta la relación entre recibir perdón y otorgar perdón a los demás.

El siervo que se presenta ante el rey tiene una deuda enorme, una que él mismo admite que no puede saldar. La consecuencia por no pagar es la cárcel, junto con la pérdida de su familia, por lo que el siervo suplica paciencia y misericordia. En respuesta, el rey va mucho más allá de simplemente darle más tiempo al siervo para pagar: le perdona toda la deuda. El siervo se retira de la presencia del rey libre de una obligación que antes parecía imposible de superar. En esta parábola, vemos que el perdón no necesita —de hecho, no puede— ganarse. El perdón se otorga por gracia, un hecho que solo profundiza nuestra comprensión de su valor.

La naturaleza amplia de este perdón es esencial para comprender lo que sigue. Inmediatamente después de recibir el perdón total, al siervo se le presenta la oportunidad de otorgar una gracia similar a su compañero. Pero se niega a mostrar el tipo de compasión que le había concedido el rey.

Jesús advierte a los discípulos y a sus seguidores contra este tipo de comportamiento. Cuando el siervo decide no extender el mismo tipo de misericordia que ha recibido, es más que una simple falta de bondad. Su negativa constituye una incapacidad para reconocer la importancia de la misericordia que se le ha concedido. Solo cuando los deudores reconocen el peso abrumador de su deuda es que aprecian la verdadera profundidad de la misericordia que han recibido. Es fundamental para nuestra vida cristiana reconocer que la misericordia que recibimos de Dios supera con creces cualquier cosa que podamos ganarnos o devolver.

Esta es una de las razones por las que el perdón es un elemento clave de nuestra vida cristiana: es el sello distintivo del amor que hemos recibido de Dios en Jesucristo. Y a través de la generosidad ilimitada que Dios nos ha mostrado, también estamos llamados a extender nuestro perdón a los demás. Así como el siervo no pudo ganarse el perdón de su deuda, tampoco ningún ser humano puede ganarse o merecer ser perdonado. El perdón no se origina en el mérito de quien es perdonado, ni en la «perdonabilidad» de su ofensa. Recuerden, la deuda del siervo era imposible de pagar. El perdón no depende del mérito del ofensor ni de su capacidad para saldar la deuda. Más bien, el perdón tiene su origen en la misericordia. El perdón tiene su origen en la misericordia que se nos ha mostrado. Perdonamos no por nuestro amor hacia quien nos ha hecho daño, sino por el amor de Dios hacia nosotros.

Ya sea que nos sintamos heridos, decepcionados, traicionados o tratados injustamente, puede resultarnos difícil perdonar a quienes nos han hecho daño. Sin embargo, el perdón no nos exige ignorar el daño que ocurrió ni fingir que no nos ha afectado negativamente. Tampoco elimina la necesidad de establecer límites y de hacer que los demás rindan cuentas por la injusticia y otras formas de transgresión. En el corazón del perdón se encuentra el reconocimiento de que toda persona necesita la misericordia de Dios. Por eso, Jesús nos llama a perdonar a los demás con el mismo perdón que nosotros mismos hemos recibido; es decir: con un perdón inmerecido, no ganado y sin límites.

En nuestra vida cristiana, puede haber ocasiones en las que el perdón sea relativamente sencillo; también habrá circunstancias en las que el perdón sea más difícil. Quizás tengas relaciones en tu propia historia —o situaciones en tu comunidad— en las que la reconciliación no fue posible o ni siquiera era lo más apropiado de buscar. Pero el perdón y la reconciliación no son lo mismo. Incluso sin reconciliación ni la restauración de la relación, el perdón es posible. El perdón no es un acto transaccional en el que una persona borra la deuda de quien la ofendió; más bien es una expresión de amor que reconoce y se nutre de la misericordia inconmensurable de Dios. Al reconocer que nosotros mismos somos destinatarios de la misericordia, estamos llamados a extender esa misma misericordia y compasión en nuestra relación con los demás.

El perdón es mucho más que lo que nosotros, los cristianos, recibimos de Dios; se convierte en algo que practicamos en la vida cotidiana. Al perdonarnos unos a otros, repartimos la misericordia que Dios nos ha mostrado, desde el vasto tesoro que hemos recibido. Ni siquiera siete veces, sino setenta veces siete.

Preguntas para la reflexión |

  • Recuerda un momento en el que te perdonaron. ¿Cómo te sentiste al ser objeto de la misericordia de otra persona?
  • A veces puede ser difícil ofrecer perdón. Recuerda un momento en el que te haya costado mucho perdonar a alguien. ¿Qué se interpuso en el camino?
  • ¿En qué aspecto de tu vida te está invitando Dios a mostrar más misericordia, compasión y paciencia con los demás en este momento?

La fe en la práctica |

En el mundo de hoy, es fácil dejarse abrumar por la injusticia u otras formas de maldad que sufrimos o que vemos que otros sufren. Esta semana, piensa en una injusticia que te pesa en el corazón: una situación en la que te resulte casi imposible perdonar u ofrecer compasión. Abre tu corazón a Dios en oración por esta situación. Busca la ayuda de Dios para encontrar el camino hacia el perdón. Ora por quien te hizo daño.

Jerrick Rutherford nació y creció en Guyana, en América del Sur, y actualmente es postulante al sacerdocio en la Diócesis de Newark. Obtuvo un título de técnico superior en Educación en el Cyril Potter College of Education y una licenciatura en Educación en la Universidad de Guyana. También cuenta con una Maestría en Ciencias en Educación General y Especial, así como una maestría en Liderazgo Escolar de la Universidad de Columbia, y actualmente está terminando una Maestría en Teología en el Seminario Teológico Bexley Seabury. Educador de toda la vida, Jerrick ha impartido clases en Guyana, Botsuana y la ciudad de Nueva York. Actualmente se desempeña como subdirector de la escuela secundaria Bronx Bridges High School, una institución pública dedicada a atender a estudiantes que están aprendiendo inglés. Su labor profesional refleja un firme compromiso con la equidad, el liderazgo y el poder transformador de la educación.