Propio 20 (A) – 20 de septiembre de 2026

LCR: Jonás 3:10–4:11; Salmo 145:1–8; Filipenses 1:21–30; Mateo 20:1–16. 

Una de las historias que se quedan para siempre en la memoria, desde nuestra niñez, es la de Jonás salvado de las aguas y pasando tres días en el estómago de un gran pez. Aunque sólo recordemos esa imagen, la historia de este profeta es relevante para nuestro caminar como discípulos y discípulas de Cristo, fieles y seguros de que Dios, nuestro Padre y Señor, está en nosotros y en todo lugar, que su amor, su Gracia divina, al igual que su compasión y misericordia, van más allá de nuestro entendimiento, y que su santa voluntad la acatamos, respetándola y obedeciéndola, sin importar lo que entendamos sobre nuestros derechos o nuestro propio sentido de lo justo que se acomoda a la manera de pensar según nuestras creencias personales.

La historia del profeta Jonás nos aclara cualquier duda que tengamos de que Dios se mueve, aparece y que su voluntad decide el rumbo de nuestras vidas y de toda su amada creación. Leer el libro de Jonás con esta convicción nos muestra el carácter de este profeta que prefería huir y no ser el mensajero de los anuncios divinos porque, como dijo a Dios: “Tú eres un Dios tierno y compasivo, que no te enojas fácilmente, y que es tanto tu amor que anuncias un castigo y luego te arrepientes”. Aunque Jonás, por voluntad divina, obedece a Dios y anuncia a los habitantes de la gran ciudad de Nínive que será destruida “dentro de cuarenta días”, su furia es tal que quisiera morirse cuando esa ciudad se arrepiente y Dios decide “no hacerles el daño que les había anunciado”. Al final Jonás llega a sentir compasión por la mata de ricino con la que Dios le muestra su razón por ser Él, compasivo con Nínive y sus habitantes, niños y animales inocentes. El libro de Jonás no sólo nos muestra la voluntad divina en acción, sino también la grandeza de su compasión y misericordia que nos ofrece a sus amadas criaturas creadas a su imagen y semejanza. 

En la carta a los Filipenses, que escuchamos, no existe en el apóstol Pablo el ego ni el enojo de Jonás. Al contrario, para el apóstol, y para nosotros y nosotras, la razón de su vida es glorificar a Cristo y ver cómo la fe y el bienestar de todos crece, no sin dejar de lado que morir también puede ser ganancia para Pablo quien sufre en prisión. Pablo nos exhorta a que juntos, unidos y llenos de fortaleza, luchemos por “la fe del evangelio” y llevemos vidas que se ajusten o concuerden con el evangelio de Cristo. Eso quiere decir vivir amando, sirviendo, cuidando, sanando a todo ser necesitado y desvalido, siempre con gratitud, alabando al Dios de la vida. 

El evangelio de San Mateo nos trae a la mente la experiencia del trabajador desempleado que madruga a diario en busca de que lo escogieran para trabajos temporales de un día por un salario mínimo: la plaza desierta de coches cerca de las cinco de la mañana empezaba a llenarse de hombres y mujeres de todas las edades en época de calor o frío; el único sitio abierto era una cafetería lista para servirles a aquellos que necesitaran un café cargado para realmente despertarse al nuevo día. Los llamados contratistas llegaban hacia las seis de la mañana y dos horas más tarde quedaban pocos trabajadores esperando ganarse el día trabajando. Más en estos tiempos de pocos trabajos y miedo a ser detenidos por no ser documentados, la plaza ya no es un sitio para encontrar trabajo. Se encuentra casi desierta.

Diferente a lo que escuchamos de la parábola, nadie gana ni un céntimo más del salario mínimo por cada hora que labore, así sea pesado o peligroso. Todos saben que es injusta la remuneración, pero la realidad es que hay una familia que alimentar, un alquiler que pagar, pagos retrasados de gas y electricidad. Y sabemos que se necesitan dos y tres trabajos para poder sobrevivir. Al final del día, recibimos lo que se nos ofrece, y la única queja, tal vez por la envidia que podemos tener, es que nos escogieron para hacer el mismo trabajo a las diez de la mañana en vez de las seis.

¿Qué aprendemos del significado de esta parábola pensando en Dios, el dueño de la viña, que sale a toda hora a buscarnos porque conoce a fondo nuestras necesidades y las de los nuestros? Aprendemos a fortalecer nuestra fe en la compasión divina que atiende al que sufre, crecemos en la certeza de la generosidad de su Gracia divina que nos ofrece a cada uno de sus hijos e hijas, y con la dignidad y la fortaleza que nos prodiga, seguimos luchando por la justicia en nuestras vidas y las maneras de ganarnos el pan de cada día; nos dejamos abrazar por el espíritu del amor divino que por siempre nos provee una vida en familia y en comunidad llena de abundancia que alaba sin cesar el regalo de pertenecer juntos y unidos.

Hermanos y hermanas. Repitamos a una voz los versículos del salmo 145 y, al hacerlo en forma de oración, expresemos nuestro amor y gratitud al Dios y dueño de todo lo que somos y poseemos:

Te alabaré, mi Dios y rey,
       y bendeciré tu nombre para siempre.
Día tras día te bendeciré
       y alabaré tu nombre por siempre.
Grande es Dios y digno de alabanza
       más allá de todo entendimiento.
Cada generación celebra tus proezas
       y le cuenta a la siguiente tus hazañas.
Hablaré de tu gloriosa majestad
       y meditaré sobre tus maravillas.
Se anunciará el poder de tus portentos
       y yo contaré de tu grandeza.
Pregonarán tu inmensa bondad
       y cantarán, alegres, tu justicia.
Dios es generoso y compasivo,
       lento en la ira y grande en su bondad.

Amén.

La reverenda diácona Ema Rosero-Nordalm, de la diócesis de Massachusetts, sirve a las comunidades latinas en Estados Unidos y en el extranjero como mentora, acompañante espiritual, facilitadora de programas de Justicia Racial. Ella apoya al clero en la creación de ministerios latinos. Actualmente, sirve en la Abadía de Allston, en Allston, Massachusetts, como miembro del Consejo del Ministerio Vecinal Episcopal de San Óscar Romero.