Propio 21 (A) – 27 de septiembre de 2026

LCR: Ezequiel 18:1–4, 25–32; Salmo 25:1–8 LOC; Filipenses 2:1–13; San Mateo 21:23–32.

Acabamos de escuchar unas lecturas verdaderamente maravillosas, cargadas, cada una, de mucho sentido iluminador para nuestra vida. En la primera lectura escuchamos el mensaje que el profeta Ezequiel comparte con sus paisanos en un ambiente, en verdad, difícil en todo sentido. Ezequiel ejerce su ministerio en un período histórico que conocemos como el exilio. Es importante recordar que, hacia el 587 a.C., Jerusalén fue asaltada por el ejército de Nabucodonosor, rey de Babilonia; la muralla de la ciudad fue destruida, el templo saqueado, luego incendiado y, finalmente, la población más prestante, comerciantes, líderes religiosos y políticos, fueron capturados y llevados hasta Babilonia, capital del imperio. Este fue un golpe demasiado duro para Israel, pues estaban más que seguros de que Jerusalén jamás podría ser tocada por ningún enemigo ya que contaba con la protección exclusiva de Yahweh; allí estaba el palacio del rey, descendiente de David, estaba su templo y, por tanto, a nadie se le ocurriría siquiera acercarse a la ciudad con intenciones de asaltarla; con sólo mirarla de lejos los enemigos salían despavoridos, con espasmos y dolores como de parto (así reza el Salmo 48:4-6). El agravante no es tanto que el pueblo de Israel haya sido humillado de esa manera, que su falsa seguridad haya caído por el suelo; lo verdaderamente grave es que, en la mentalidad de la época, el triunfo en una batalla se le atribuía a la divinidad del ejército vencedor y, del mismo modo, la derrota no era tanto para el ejército vencido, sino para su divinidad. Queda claro entonces que, en este caso, Marduk, dios babilonio, venció a Yahweh, Dios de Israel. Nada qué hacer.

Es apenas lógico que después de semejante golpe se empezara a buscar al culpable o los culpables y, en este caso, como sucede casi siempre, las causas y, por tanto, el culpable, siempre se buscan hacia afuera. Esta gente, cautiva en Babilonia, empieza a culpar a Yahweh porque no fue capaz de defenderlos a ellos, ni a su ciudad, ni a su templo; pensaban también que sus antepasados habían sido infieles al proyecto de Yahweh y que ellos estaban pagando las consecuencias. Surge entonces el refrán que hoy Ezequiel lanza: “nuestros padres comieron uvas verdes y nosotros padecemos el dolor de muelas”. Qué fácil es culpar a los otros. Pues bien, el profeta llama fuertemente la atención sobre esa manera de ver las cosas. En el fondo, el mensaje que quiere transmitir a sus paisanos es que cada uno tiene que asumir su propia responsabilidad, nada de culpar a nadie, mucho menos a Dios; cada uno tiene su parte en esta situación y cada uno tiene que entrar en conciencia para empezar a enmendar los errores y así poder ver la situación de otra manera. Ciertamente no fue fácil para Ezequiel este trabajo y tampoco sigue siendo fácil para nosotros hoy. Cuántas veces nos quejamos de ciertas situaciones, culpamos al gobierno de turno, culpamos al párroco o, en fin, hacemos todo lo posible por señalar a algún culpable, pero nos lavamos las manos. Dejemos que este mensaje de Ezequiel hoy nos penetre hasta al fondo y con humildad sincera aprendamos a mirarnos a nosotros mismos, nuestras acciones, lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, todo eso cuenta a la hora de evaluar las distintas situaciones que vivimos de manera cotidiana.

Desde esta óptica de la humildad podemos establecer una conexión muy especial con el Evangelio que escuchamos hoy. El texto está formado por dos partes, cada una de gran importancia. En la primera, los adversarios de Jesús lo cuestionan porque, según ellos, no tiene ninguna autoridad para actuar como lo está haciendo en el templo. Es que, en el templo, Jesús ha expulsado a los vendedores y cambistas, y ha exigido respeto por la “casa de mi Padre”. Por supuesto que quienes se creían “autoridades” del templo quedan en ridículo ante esta acción de Jesús, de ahí la pregunta: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te dio esta autoridad? Lo que no contaban estos personajes es que Jesús, a su vez, les haría una pregunta aún más engorrosa: “¿Quién envió a Juan a bautizar, Dios o los hombres? Si ustedes me responden, yo les diré con qué autoridad hago esto”. Como era de esperarse, sus adversarios se sintieron acorralados y prefirieron no contestar, por tanto, Jesús tampoco les responde aquella pregunta, pero sí los interpela con una parábola especialmente simple que desenmascara de manera absoluta la hipocresía de sus interlocutores.

Así pasamos a la segunda parte del Evangelio: “un hombre tenía dos hijos, y le dijo a uno de ellos: “Hijo, ve hoy a trabajar a mi viñedo.” El hijo le contestó: “¡No quiero ir!” Pero después cambió de parecer, y fue. Luego el padre se dirigió al otro, y le dijo lo mismo. Éste contestó: “Sí, señor, yo iré.” Pero no fue.

La pregunta que sigue por parte de Jesús ciertamente no la esperaban sus adversarios. Con mucha probabilidad esperaban que les preguntase: ¿Cuál de los dos hizo lo correcto? Ellos hubieran contestado: el segundo porque no vaciló en decir “sí, señor, yo iré”, sin importar su incumplimiento posterior; lo importante es que con toda cortesía respondió afirmativamente a su padre. Ésa es la actitud propia del legalismo, aparentar que se está en línea con Dios, aunque en la vida ordinaria las acciones no lo estén. Pero la sagacidad de Jesús para desenmascararlos se deja ver en la auténtica pregunta: ¿Cuál de los dos hizo lo que su padre quería? Ahí no había alternativa. La única respuesta tenía que ser: “el primero”. Con esto todos quedan al descubierto, fariseos y maestros de ley que se creen profesionales de la religión, que mencionan la ley e invocan a Dios a cada paso; ellos nunca se han hecho presentes realmente en la viña; desde afuera critican, juzgan, señalan, establecen lo que es puro e impuro, “atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de la gente; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas”. Con sobrada razón Jesús les hace esta advertencia con la cual termina el pasaje que escuchamos: “Les aseguro que los cobradores de impuestos para Roma, y las prostitutas, entrarán antes que ustedes en el reino de los cielos. Porque Juan el Bautista vino a enseñarles el camino de la justicia, y ustedes no le creyeron; en cambio, esos cobradores de impuestos y esas prostitutas sí le creyeron. Pero ustedes, aunque vieron todo esto, no cambiaron de actitud para creerle”.

En esta parábola se cumple esa doble finalidad: denunciar y anunciar. Denuncia la incoherencia de quienes se creen amigos y defensores de Dios y de la Ley, simplemente porque hablan permanentemente de él; son como el hijo que respondió que “sí”, pero no se inmutó después para hacer realidad ese “sí”. Y anuncia que el hecho de sentirse alejado de Dios por nuestras acciones, no quiere decir que ya estamos condenados; basta con detenernos a mirarnos a nosotros mismos y reconocer con humildad que necesitamos de Dios, de su compasión y misericordia, porque ya estamos siendo acogidos, abrazados por ese Padre amoroso que no tiene en cuenta nuestras faltas, sino la disposición para dejarnos amar por Él.

Queda la pregunta para nosotros hoy: ¿a cuál de los hijos represento yo? ¿qué tengo que mejorar o cambiar en mi vida para parecerme más al hijo que hizo lo que su padre quería?

El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote pensionado en la Diócesis de Colombia.