Estudio Bíblico: Propio 22 (A) – 4 de octubre de 2026

LCR: Éxodo 20:1-4, 7-9, 12-20; Salmo 19; Filipenses 3:4b-14; Mateo 21:33-46

¿Cuándo has experimentado la abundancia que surge de compartir en lugar de poseer?

Oración inicial | 

Dios de poder y vida eterna: Tu afán de oír es mayor que el nuestro de orar, y tu afán de dar es más de lo que merecemos o deseamos; derrama en nosotros tu abundante misericordia, perdona lo que nos pesa la conciencia y otórganos aquellas cosas buenas que no somos dignos de pedir sino por los méritos y mediación de Jesucristo nuestro Salvador; que contigo y el Espíritu Santo vive y reina, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

Contexto | 

La estructura de la parábola en Mateo 21:33-46 genera ciertas expectativas en quienes la escuchan (y en nosotros, sus lectores): los labradores son avaros codiciosos y despiadados; el hijo ha hecho un gran sacrificio por amor y deber hacia su padre; y el dueño de la viña seguramente castigará a los labradores que tan cruelmente mataron a sus siervos —y a su hijo—. Y un último marco interpretativo: la autoridad del dueño de la viña y su parte de la cosecha evidentemente valen todo este derramamiento de sangre.

Leída en su contexto bíblico —esta historia se encuentra justo en medio de las parábolas del juicio de Mateo—, esta parábola puede interpretarse como una advertencia a los sumos sacerdotes y a los ancianos a quienes Jesús se dirige: que ya no se les confiará la viña si no pueden producir su cosecha a su debido tiempo. La versión de Mateo de la parábola se inspira en gran medida en la tradición profética de Israel, particularmente en la imagen de la viña de Isaías 5, en la que la viña representa al pueblo de Dios. 

Leída a la luz del contexto histórico de la comunidad principalmente judía para la que escribe Mateo —una comunidad que vivía tras la destrucción del Segundo Templo—, la parábola también puede interpretarse como un intento de Mateo de abordar cuestiones de rechazo, autoridad y los frutos que Dios desea de quienes tienen a su cargo los dones de Dios. Sin embargo, no debe leerse como una sentencia de juicio contra la fe judía ni como una exclusión de los judíos del Reino. Más bien, Mateo utiliza el lenguaje de las propias escrituras y la tradición profética de Israel para abordar la experiencia de rechazo y exclusión de su comunidad, y para proclamar que los dones de Dios no pueden ser reclamados como propiedad privada por quienes tienen la responsabilidad de cuidarlos.

Esta es una parábola complicada tal como la leemos en nuestra época: ¿Qué tipo de cosecha ha producido la viña? ¿Acaso hay suficientes frutos y vino para compartir? Si es así, ¿por qué los labradores se negarían a compartir? Y si no es así, ¿por qué matarían para ocultar este hecho? ¿Son las uvas demasiado pequeñas o demasiado agrias? ¿Por qué el hijo —después de ver cómo han sido tratados los siervos— aceptaría ir a un lugar tan violento? Y, tal vez lo más importante: ¿qué mercado habría jamás para uvas tan regadas con sangre?

Las primeras líneas de la parábola nos muestran cómo la viña fue creada con esmero, pero los corazones de los labradores a quienes se les confió no han sido cultivados de la misma manera. ¿Qué sucede cuando aquellos a quienes se les han confiado los dones de Dios comienzan a creer que esos dones les pertenecen? ¿A qué recurrir cuando empiezan a proteger su cosecha como si fuera su parte legítima, incluso a costa de vidas perdidas? 

Reflexión teológica | 

En esta parábola se observa una economía extraña. La viña ha sido cuidadosamente preparada: el dueño de la viña ha plantado vides, ha construido una cerca, ha cavado el lagar y ha erigido una torre de vigilancia. Todo lo necesario para una cosecha fructífera está en su lugar. Y, sin embargo, las personas a quienes se les ha confiado la viña comienzan a creer que la cosecha les pertenece. Cuando los siervos llegan a cobrar lo que se le debe al dueño, son golpeados, apedreados o asesinados. Cuando el dueño envía a su hijo amado, los labradores también lo matan. El fruto de la viña se vuelve inseparable de la sangre derramada para poseerlo.

¿En qué mundo existe un mercado para uvas regadas con la sangre de siervos, nutridas con la sangre de un hijo amado?

La respuesta, aunque tal vez resulte incómoda, es que conocemos este mundo de sobra. No tenemos que ir muy lejos para encontrar economías en las que la abundancia se construye sobre el sufrimiento de otros; sistemas en los que las personas pueden volverse prescindibles cuando sus vidas pagan el precio de una mayor ganancia. Puede ser difícil reconocer cómo participamos en economías de dominación, incluso cuando no es nuestra intención. Una economía así se nutre de la sangre de aquellos cuyas vidas han sido consideradas prescindibles. Esta parábola nos desafía a preguntarnos no solo si somos como los labradores, sino si hemos aprendido a vivir en el mismo tipo de economía.

A menudo, los niños en un parque de juegos practican un tipo diferente de economía. Con la excepción de algunas peleas ocasionales, prevalece una norma de compartir. Tan pronto como los niños se encuentran, los juguetes que hayan traído se intercambian de inmediato: una pala a cambio de un balde, un patinete a cambio de una bicicleta. En los días en que un niño no trae nada, se comparten los juguetes de arrastre o las pelotas de más, y rara vez hay gritos o se arrojan objetos. Cada regalo se considera precioso: una varita para burbujas que funciona perfectamente puede intercambiarse por un envase de plástico agrietado para comida para llevar de otro niño, simplemente porque las cajas para llevar son mejores para hacer barquitos. ¿Qué nos pasaría a todos si esta economía fuera la norma —sin que ninguna ofrenda fuera demasiado pequeña o raída, y con la alegría proveniente tanto del intercambio como del uso real?

La respuesta a esa pregunta tal vez se encuentre en la piedra que los constructores rechazaron. Jesús toma una imagen de rechazo y la convierte en una imagen de fundamento: la piedra desechada se convierte en la piedra angular. Las personas y las cosas que el mundo considera prescindibles no lo son para Dios. Lo que el mundo pasa por alto, Dios puede convertirlo en algo fundamental. Lo que el mundo llama demasiado pequeño, demasiado pobre, demasiado quebrantado, demasiado extraño o demasiado insignificante puede convertirse precisamente en aquello sobre lo cual se edifica el reino de Dios —y sobre lo cual se quiebran los poderes y principados.


Esta es la economía de la gracia: una economía en la que ningún don es demasiado pequeño para compartirlo, ninguna persona es demasiado insignificante para pertenecer a ella, y la abundancia no requiere que alguien se vuelva prescindible. Cuando nos aferramos con demasiada fuerza a lo que hemos recibido, cuando elegimos endurecer nuestros corazones ante las necesidades de quienes nos rodean, una parte de nosotros muere. Nos hacemos pedazos contra las piedras de nuestros propios corazones. Pero, por el contrario, cuando pedimos una pala, intercambiamos una patineta o regalamos una pelota; cuando compartimos nuestras cajas para llevar agrietadas, nuestras manos vacías, nuestros corazones cansados, cobramos mucha más vida. Nada se pierde simplemente por el hecho de compartirlo. De alguna manera, a través del intercambio, todos salen enriquecidos.

En el centro de esta economía de la gracia está Cristo mismo: aquel que no se apropia, sino que da; quien no hace a los demás prescindibles, sino que se ofrece a sí mismo para que otros puedan vivir. La sangre de Cristo no alimenta una economía en la que alguien deba morir para que otro se beneficie. Se ofrece gratuitamente, no como pago por nuestra participación en la dominación, sino como la fuente de nuestro valor para resistirla. En la mesa de Cristo, se nos invita a un tipo diferente de intercambio, donde traemos nuestro arrepentimiento, nuestra alegría, nuestra ira y nuestro dolor, y recibimos a cambio el don de pertenecer. Siempre hay lugar en esta mesa, y Cristo no rechaza a nadie.

La pregunta, entonces, no se trata solo de lo que se nos ha dado, sino de qué tipo de economía crean nuestras vidas con la gracia que hemos recibido. ¿Nos aferramos a nuestros dones, creyendo que nunca habrá suficiente? ¿O podemos confiar en la extraña abundancia de la gracia: que cuando compartimos la cosecha —por pequeña que sea— de alguna manera habrá más alegría, más vida y más espacio para todos?

Preguntas para la reflexión | 

  • ¿Qué revela la parábola de la viña sobre la diferencia entre poseer un don y que te lo confíen?
  • ¿Cuándo has experimentado la abundancia que surge de compartir en lugar de poseer?
  • ¿Qué es algo que tienes que te parece demasiado pequeño, común o imperfecto para ofrecerlo? ¿Dónde podrías ofrecerlo de todos modos?
  • ¿A quién en tu comunidad se le trata como si fuera prescindible, se le ignora o se le considera insignificante? ¿Cómo podrías hacerle un lugar?

La fe en la práctica |

Esta semana, practica un intercambio intencional. Regala algo, no necesariamente porque ya no lo quieras, sino porque otra persona podría encontrar alegría o le sea útil. Podrías organizar una comida, un intercambio de ropa, donar un libro a una “Little Free Library”, regalar un juguete u ofrecer tu tiempo, tu experiencia o una hora de tu atención a alguien. Si es posible, recibe algo de otra persona a cambio, incluso si lo que te ofrecen parece pequeño o común. Tómate un tiempo a propósito al final de la semana para reflexionar sobre el intercambio. ¿Qué diste? ¿Qué recibiste? ¿Dónde notaste abundancia? Ofrece una oración de gratitud, pidiéndole a Dios que te ayude a recordar lo que se te ha confiado y a desarrollar en ti la confianza de que hay suficiente para compartir.

La Sra. Chesirae Valentine-Karlin es seminarista en el Seminario Teológico General, directora del programa para niños y jóvenes de la Iglesia All Angels’ en el Upper West Side y postulante al sacerdocio de la Diócesis de Arizona. Cuando no está escribiendo trabajos académicos o enseñando a los acólitos, probablemente esté jugando en Central Park con su esposo James, su hijo Beckett y su gato Ruah.