
Queridos amigos en Cristo:
Una de las verdades paradójicas de nuestra fe es que la mañana de Pascua comienza con dolor. En el relato de Juan sobre la historia de la Pascua, casi podemos sentir el pánico y la confusión de los discípulos en las horas previas al amanecer, cuando María Magdalena descubre que la tumba está vacía.
Jesús les había dicho que resucitaría de entre los muertos, pero ¿cómo podían confiar en esa promesa después de haber sido testigos de la brutalidad de su muerte en la cruz? Tenían miedo, tal vez incluso se estaban escondiendo. Como sabemos por la historia de Cleofás y su compañero en el camino a Emaús, algunos de ellos se alejaban de la ciudad tan rápido como podían.
Pero María Magdalena no se escondió ni huyó. Se quedó al pie de la cruz hasta el final, y llegó a realizar la unción del cuerpo de Jesús antes de que saliera el sol el primer día de la semana. Gracias a su devoción, se convirtió en la primera testigo de la resurrección y en la primera en proclamar las Buenas Nuevas.
Al igual que María Magdalena, estamos llamados a ser fieles ante el dolor, la injusticia y la angustia —incluso cuando el mundo gime de desesperación, e incluso cuando no podemos reconocer a Jesús que está justo ante nuestros ojos—. Creemos, contra todo pronóstico, que Dios tiene el poder de convertir la muerte en vida y la desesperación en esperanza.
Esta Pascua, nuestro mundo necesita urgentemente escuchar este mensaje. Al abrazar nuestra vocación de proclamar la resurrección, rezo para que Dios nos dé el valor para resistir el pecado y la violencia en medio de nosotros, y la gracia para buscar a Jesús en los lugares más insospechados.
¡Aleluya, Cristo ha resucitado!

El Rvdo. Sean Rowe
, Obispo/a
Presidente de la Iglesia Episcopal
Mensaje del Obispo Presidente Sean Rowe para la Pascua de 2026
Queridos amigos en Cristo:
Una de las verdades paradójicas de nuestra fe es que la mañana de Pascua comienza con tristeza. En el relato de Juan sobre la historia de la Pascua, casi podemos sentir el pánico y la confusión de los discípulos en las horas previas al amanecer, cuando María Magdalena descubre que la tumba está vacía.
Jesús les había dicho que resucitaría de entre los muertos, pero ¿cómo podían confiar en esa promesa después de haber sido testigos de la brutalidad de su muerte en la cruz? Tenían miedo, tal vez incluso estaban escondidos. Como sabemos por la historia de Cleofás y su compañero en el camino a Emaús, algunos de ellos salían de la ciudad tan rápido como podían.
Pero María Magdalena no se escondió ni huyó. Permaneció al pie de la cruz hasta el final, y llegó a ungir el cuerpo de Jesús antes de que saliera el sol en el primer día de la semana. Gracias a su devoción, se convirtió en la primera testigo de la resurrección y la primera en proclamar las Buenas Nuevas.
Al igual que María Magdalena, estamos llamados a tener fe ante el dolor, la injusticia y la angustia, incluso cuando el mundo gime con desesperación, y aun cuando no podamos reconocer a Jesús ahí, justo frente a nuestros ojos. Creemos, contra todo pronóstico, que Dios tiene el poder de convertir la muerte en vida y la desesperación en esperanza.
En esta Pascua, nuestro mundo necesita urgentemente escuchar este mensaje. Al abrazar nuestra vocación de proclamar la resurrección, oro para que Dios nos dé el valor para resistir el pecado y la violencia que nos rodean, así como la gracia para estar atentos a la presencia de Jesús en los lugares más inesperados. ¡Aleluya, Cristo ha resucitado!

Rvdmo. Sean Rowe
, Obispo Presidente
de la Iglesia Episcopal





