Último Domingo después de la Epifanía (C) - 2010

February 14, 2010

“Entonces de la nube salió una voz, que dijo, este es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo” (Lc 9:35).

Hoy que observamos el domingo de Misión Mundial, la lectura del pasaje del evangelio de San Lucas es especialmente apropiada para la situación en que nos encontramos como cristianos.

El 12 de enero del año 2010 hubo en Haití un terremoto que dejó en ruinas gran parte de la capital. Fue el peor terremoto de la región en los más de doscientos años últimos. Cada día que pasa tenemos miedo que se pierdan más vidas. De momento la estimación es casi de 200,000 hombres, mujeres y niños. El estimado incluye las víctimas del terremoto, los que no fueron encontrados y quienes murieron de sus lesiones por falta de agua, comida y medicamento. Nuestros hermanos haitianos van a necesitar de nuestras oraciones y ayuda tangible durante muchos años.

Con ocasión del domingo de Misión Mundial tenemos la oportunidad de considerar lo que el evangelio exige que reflejemos en nuestras vidas al llevar las buenas nuevas de Jesucristo a los pobres, quebrantados, enfermos y devastados; a los que viven entre nosotros y hoy particularmente a nuestros hermanos en Haití.

El último domingo después de la Epifanía está designado como el domingo de Misión Mundial en la Iglesia Episcopal. En este domingo recordamos que, como Iglesia, participamos de una misión global. Nos ofrece la oportunidad de aprender de las relaciones entre las diócesis compañeras; aprender de los enlaces entre congregaciones; de las redes y asociaciones misionales; de los misioneros episcopales pasados y presentes, y de las maneras en que podamos envolvernos en estos esfuerzos de ser sal, luz y vida en el mundo. Es otra oportunidad para unirnos a otros cristianos para dar testimonio fidedigno de nuestra fe al hacer presente la voz profética de Dios en el mundo. Y eso, con palabras y acciones concretas.

Hoy, domingo de Misión Mundial al contemplar los muchos años que serán necesarios para la recuperación de Haití, el evangelio nos exhorta a usar los dones que cada uno de nosotros ha recibido de Dios para extender el amor, la curación y la compasión de Jesucristo a nuestros prójimos. ¿Cómo podemos participar en la misión de la Iglesia en Haití? Cada uno de nosotros puede participar con oraciones, dinero y algunos con la presencia física en Haití como misioneros. Esas expresiones concretas las podemos hacer hoy o en las semanas, meses y años venideros ya que las necesidades irán creciendo.

Cuando Jesús habló con Moisés y Elías en la montaña, hablaban de la muerte que Jesús iba a sufrir en Jerusalén. Este encuentro no fue un refugio. Fue un encuentro del Hijo de Dios con Moisés, el líder llamado por Yahweh para afrentar el poderoso Faraón y salvar a su pueblo de la esclavitud física y espiritual. Fue también un encuentro entre el Mesías y Elías, el profeta de Dios que confrontó el dios falso, Baal y al rey corrompido de Israel, Ahab. El encuentro tenido en la montaña fue una preparación de Jesús para el sacrificio trasformativo que culminaría en su muerte y resurrección para salvarnos y darnos una vida nueva.

No podemos perder el tiempo en la montaña tratando de captar un momento transformativo ignorando la realidad de un mundo que sufre. El día después de su transfiguración, Jesús  regaña a sus discípulos por su falta de fe porque no pudieron expulsar al demonio que torturaba a un niño. No podemos quedarnos anclados en el momento glorioso ocurrido en la montaña y dejar de llevar el poder curativo de Jesucristo al mundo que sufre.

San Pablo dice que el Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Libertad y poder. Por eso, todos nosotros, ya sin el velo que nos cubría la cara, somos como un espejo que refleja la gloria del Señor. Y cada vez que vayamos transformándonos en su imagen, tenemos más de su gloria, y esto por la acción del Espíritu Santo. No nos desanimemos ni nos desmayemos en hacer el bien porque Dios, en su misericordia, nos ha llamado, nos ha consagrado y encargado la misión de la Iglesia en el mundo.

Queridos hermanos y hermanas, hoy nos comprometemos nuevamente a llevar a cabo la misión de la Iglesia que es la de restaurar a todos los pueblos a la unión con Dios y unos con otros en Cristo.

 
 
 
 
 
 
 

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