Cuaresma 4 (C) - 2016

March 6, 2016

En su plan salvífico Dios siempre nos ofrece oportunidades para que nos acerquemos a Él. Siempre buscándonos y dándonos facilidades, y eso podemos comprobarlo al leer las escrituras seleccionadas para este cuarto domingo en cuaresma. En el Antiguo Testamento encontramos el pacto o alianza que Dios hace con su pueblo Israel como símbolo de una relación estrecha entre padre e hijos. A los ocho días de nacido, todo varón debía ser circuncidado. Así que ahí iniciaba esa íntima relación de pertenencia, aunque no en el sentido de posesión como si fuera un terreno, casa u otra cosa; más bien una posesión que lleva a confianza, cuidado, protección. Él quiere que seamos uno con Él. Como dijo Jesús: “Para que sean uno como tú y yo somos uno”. Porque su misericordia es inmensa y siempre está presto a aceptarnos tal y como somos. “…porque a los que esperan en el Señor, los abraza la misericordia” dice el Salmo 32.

El mundo nos ofrece un sin número de atracciones y tentaciones que a veces no podemos resistir; y es así como nos alejamos de Dios pues creemos que esas ofertas son lo mejor que podemos alcanzar para ser felices. Cuidado con dejarnos confundir, ya que en muchas ocasiones son trampas que nos hacen resbalar y caer y así alejarnos más y más de nuestro creador. El apóstol Pablo nos dice en su segunda carta a los Corintios lo siguiente: “Por tanto, el que está unido a Cristo, nueva criatura es”. Cuando buscamos a Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, significa que Dios mismo se reconcilia con Cristo y nos encarga a nosotros a anunciar la reconciliación. Desde el principio hemos caído y Dios ha estado ahí para levantarnos y sostenernos, para fortalecernos y darnos valor para seguir hacia adelante. Y esa caída no es más que el pecado que está en nosotros, el cual no podemos dominar ni vencer por nosotros mismos, sino con la gracia y el poder de Dios en Jesucristo su Hijo nuestro Redentor y Salvador. Él nunca toma en cuenta nuestro pecado, al contrario, nos hace sus embajadores cuando nos rescata. Nos envía a compartir su amor, su gracia, su perdón y su misericordia.

El Evangelio según San Lucas nos trae hoy dos parábolas cada una con su enseñanza. La Oveja Perdida es la que aparece en primer lugar. Como dice un predicador anónimo: “La Iglesia es un hospital que siempre está lleno de enfermos que buscan sanación”. Pues siempre que Jesús estaba enseñando y predicando, se acercaba gente de toda condición a escucharlo; incluyendo “gente de mala reputación”. Y claro, Jesús era criticado fuertemente por los fariseos que eran un grupo religioso de judíos muy estrictos en cuanto al cumplimiento literal de la ley de Moisés. Pero Jesús siempre tenía la respuesta correcta para ellos y por eso les cuenta la parábola de la Oveja Perdida. Él siempre sale en busca de su oveja perdida incluyendo a los fariseos que se creían ser lo mejor. A su manera llevaban cabalmente el cumplimiento de la ley de Moisés. Pero lo que Jesús les quería enseñar es que lo que importa para Dios es el ser humano en sí, no la ley que hoy puede ser de utilidad y mañana no, dependiendo las circunstancias. Hoy se repite en todas partes del mundo la misma situación farisaica, en nuestras parroquias podemos encontrar actitud como la de los fariseos en tiempos de Jesús. Siempre pendientes de lo que hace o dice la otra persona para hacer comparaciones. ¡Qué triste cuando nos creemos mejor que los demás, o más religiosos, o más limpios o más santos! El Señor nos ama tal y como somos, nos cuida como a la niña de sus ojos, nos alimenta con su cuerpo y su sangre, nos protege del mal y nos llama a ser parte de su Cuerpo que es la Iglesia, sin hacer distinción de personas. “Por lo tanto, el que está unido a Cristo, nueva criatura es”. Porque somos transformados para ser sus mensajeros, sus embajadores. Él cambia el vino viejo por vino nuevo y todo lo hace nuevo, y ahí estamos nosotros, ¡su creación por excelencia!

La segunda parábola es la del Hijo Pródigo. ¡Qué modelo de padre más extraordinario nos presenta Jesús en esta parábola! Aquel joven un buen día decide que ya no quiere seguir trabajando en el campo y que quiere conocer el mundo que está allí, fuera de sus límites geográficos. Y ¿qué joven no ha tenido esos pensamientos? Su padre le concede su petición y le da en vida, la herencia que le tocaría cuando él muriera. Se va el joven muy contento a conocer nuevas tierras, nueva gente y a tener nuevas experiencias. Le va muy mal y se siente arrepentido; decide regresar y pedirle perdón a su padre. ¿Se imaginan ustedes cuántos padres en este tiempo estarán sufriendo lo mismo que el padre de esta parábola? Sin saber, ¿dónde están sus hijos? ¿qué están haciendo? ¿Han abandonado su familia? y ¿están sumidos en las drogas o en la prostitución? ¿Qué otro Padre estará angustiado por nosotros que le hemos abandonado sin ni siquiera decirle “hasta pronto”? El hijo regresó y su padre lo perdonó e incluso hizo una gran fiesta; porque el hijo que había muerto había vuelto a vivir, se había perdido y lo ha vuelto a encontrar. Esa es la actitud de nuestro Padre Dios cuando nos alejamos de él y volvemos arrepentidos pidiendo su perdón y su misericordia. El padre de la parábola fue muy compasivo y perdonó a su hijo que se había arrepentido de sus errores.

Ahora bien, ¿cuál fue la actitud del hijo mayor? ¿Se alegró también del regreso de su hermano? Pues no fue así; al contrario, enfrentó a su padre y le reclamó por haber perdonado al hijo menor. Y ya no lo llamó “mi hermano” sino “éste tu hijo”. Fue tal su enojo, su rabia, sus celos, su egoísmo, su rencor, su resentimiento, que demostró ser un juez acusador en vez de un hermano reconciliador.

La actitud de este joven podría ser que nosotros también, en un momento dado actuemos igual, porque creemos que nos merecemos todo y que somos perfectos. Jesucristo murió en la cruz y resucitó para darnos la salvación y la vida eterna. No perdamos esta gran oportunidad que nos está brindando. La salvación es gratuita y es individual, lo único que tenemos que hacer es dejar que se cumpla en nosotros su plan salvífico. Busquemos a Dios en todo lo que hagamos y volvamos al camino que nos conduce a Él, si es que estamos en un camino diferente. Él nos espera y nos perdona, solamente tenemos que arrepentirnos y pedirle perdón. Tengamos pues la actitud de Hijo Pródigo que no temió arrepentirse, acercarse y volver a su padre.

 
 
 
 
 
 
 

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