Día de la Ascensión (C) – 2013

May 9, 2013

La fiesta de la Ascensión de nuestro Señor es considerada una de las fiestas principales de la Iglesia, a pesar de que cae siempre en jueves, precisamente cuarenta días después de su resurrección y diez días antes de la fiesta de Pentecostés.

Es una fiesta y celebración tan significativa que en la Iglesia Católica Romana fue, hasta hace poco, considerada como un día de obligación. Y aunque sigue siendo una fiesta muy importante, ahora normalmente se transfiere al domingo siguiente ya que muchos fieles no estaban asistiendo cuando se celebraba el jueves.

Para muchos de nosotros que hemos experimentado la pérdida de alguien querido y especial, la celebración de la Ascensión de Jesucristo parece no tener sentido. ¿Por qué celebrar un evento en el que alguien tan importante como Jesús se retira de este mundo físicamente separándose de aquellos con los cuales había compartido tanto durante sus tres años de ministerio público?

A pesar de que ese hecho tiene que haber sido uno más en una larga lista de momentos difíciles para los discípulos, la Ascensión de Jesucristo no se debe de ver solamente como un “a-Dios” (ya que Cristo regresa a su Padre y nuestro Padre), sino también como un “a-nosotros” ya que con su Ascensión y su entronización, como dice Pablo en su carta a los filipenses, Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús SE DOBLE TODA RODILLA de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

La Ascensión no es tanto una despedida como una bienvenida no solamente para los discípulos que pronto se convertirán en evangelistas por todo el mundo sino también para aquellos que van a aceptar a Jesucristo como su salvador y redentor, ya que Jesucristo ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo.

La muerte y la partida física de alguien es muchas veces un evento muy traumático en la vida de los amigos y familiares del que ya no tenemos con nosotros. Pero después de un periodo de luto y de dolor, muchos se dan cuenta de que en realidad aquella persona que falleció está todavía muy presente con ellos; en realidad hasta más presente, pues no está ya limitada por lo físico y temporal que nos limita mientras estamos en este mundo. Y así fue con Cristo, pues a través del Espíritu Santo, siguió siendo el compañero de los discípulos que quizás aquel día de la Ascensión se habían sentido abandonados.

Si hay algo que es evidente a través de las muchas páginas de la Biblia es que Dios siempre ha estado y siempre estará con nosotros. Desde el principio de la creación, Dios ha mostrado interés en estar y vivir con nosotros. Él es el Dios que caminó con Adán y Eva, comió con Abrahán y Sara, libró a los israelitas de la esclavitud, habló a través de los profetas y finalmente se encarnó, se hizo como uno de nosotros en la persona de Jesucristo, Emanuel, Dios con nosotros.

Ese Cristo también caminó, nos libró de la esclavitud, predicó un mensaje de salvación y hasta murió para que nosotros tuviéramos plenitud de vida. Y hasta después de su Ascensión, nos mandó el Espíritu Santo confirmando una vez más que Dios es fiel a su palabra y nunca, pero nunca, nos abandonará o se separará de nosotros. Si no fuera por esa Ascensión y ese don de su presencia a través del Santo Espíritu, los discípulos no hubieran recibido el poder de la predicación que produjo la conversión mundial a Cristo que reconocemos hoy como el Cristianismo.

Hay hogares donde se encuentra el siguiente reconocimiento de la presencia de Cristo: “En este hogar, Cristo está siempre presente. Él es el que silenciosamente escucha cada conversación y el invisible invitado a comer con nosotros”. En el Evangelio según san Lucas, encontramos la interesante historia de dos discípulos que unos días después de la resurrección de Jesús viajaban a Emaús y no lo reconocieron cuando se acercó a ellos. Lo mismo nos puede ocurrir si no somos conscientes de que no solamente sigue presente con nosotros sino que también se puede mostrar de manera muy inesperada.

Quiero concluir con una historia que quizás sea familiar para muchos de ustedes pero que vale la pena contar una vez más:

Una noche en sueños vi que caminaba con Jesús junto a la orilla del mar bajo una luna plateada. Soñé que veía en los cielos mi vida representada en una serie de escenas que en silencio contemplaba. Dos pares de firmes huellas en la arena iban quedando mientras andaba con Jesús como amigo conversando. Miraba atento esas huellas reflejadas en el cielo pero algo extraño observé y sentí gran desconsuelo. Observé que algunas veces al reparar en las huellas en vez de ver los dos pares, veía sólo un par de ellas. Y observaba también yo que aquel sólo par de huellas se advertía mayormente en mis noches sin estrellas. En las horas de mi vida, llenas de angustia y tristeza cuando el alma necesita más consuelo y fortaleza. Pregunté triste a Jesús: “¡Señor!, ¿no has prometido que en mis horas de aflicción siempre andarías conmigo…? Pero noto con tristeza que en medio de mis querellas cuando más siento el sufrir veo sólo un par de huellas. ¿Dónde están las otras dos que indican tu compañía cuando la tormenta azota sin piedad la vida mía? Y, Jesús me contestó con ternura y comprensión: “Escucha bien, hijo mío, comprendo tu confusión. Siempre te amé y te amaré, y en tus horas de dolor siempre a tu lado estaré para mostrarte mi amor. Mas si ves solo dos huellas en la arena al caminar, y no ves las otras dos que se debieran notar, es que en tu hora afligida, cuando flaquean tus pasos, no hay huellas de tus pisadas porque te llevo en mis brazos”.

Dios es fiel a sus promesas. Nunca nos ha abandonado y nunca nos abandonará.

 
 
 
 
 
 
 

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