Día de la Santa Cruz – 2015

September 14, 2015

La liturgia de la Iglesia nos propone detenernos a celebrar y contemplar el misterio de la santa cruz. Todos nosotros hoy miramos la cruz como un símbolo que nos identifica con la fe cristiana. Es el gran signo universal que aparece en todo el horizonte de la vida de los que nos decimos discípulos de Jesús de Nazaret.

Disímiles maneras utilizamos para honrarla y nos sentimos orgullosos de llevarla colgada en nuestros cuellos, prendedores y anillos. La colocamos en lo más alto de nuestros templos y preside también el lugar de nuestro último descanso en este peregrinar hacia la casa del Padre.

En cada momento de oración personal y celebración comunitaria, al tiempo que bendecimos a la Santa Trinidad, trazamos sobre nuestros cuerpos la señal de la santa cruz. Se hace evidente que la cruz nos acompaña constantemente, nos anima y nos impulsa en la vida de seguimiento y en nuestro ser interior que busca siempre la comunión íntima con Dios, en Jesús crucificado y resucitado por nuestra salvación.

Sin embargo, sabemos que los primeros cristianos no apreciaron la cruz como el símbolo que es para nosotros hoy. Para ellos la cruz supuso desconcierto, frustración y sin sentido. El madero de la cruz tenía en su cultura una maldición de escándalo e ignominia, en ella nada noble y de Dios podía suceder, menos que el Mesías, el Hijo de Dios acabara sus días terrenales pendiendo de ella. Les era imposible descubrir que aquel madero maldito se convirtiera en árbol de vida.

Así, ellos prefirieron otros signos que les eran más sensibles, más limpios y menos traumáticos: el pez, la imagen del buen pastor llevando sobre sus hombros una oveja pequeña y débil. Pasaron muchas generaciones de cristianos, hasta que la cruz fue aceptada y convertida en emblema de fe, y aunque san Pablo se esfuerza y enseña en sus cartas, todas escritas en el siglo primero, (1 Corintios 1, 18, 23-24, Efesios 2: 16, Gálatas 6: 12, 14), el valor de la cruz, no alcanzó comprensión y práctica hasta bien entrado el siglo IV.

En cambio, es el signo de la santa Cruz el que hoy estamos celebrando. La Iglesia nos convoca para trascenderlo y ser capaces de entrar en el misterio de supremo amor que ella encierra, en tanto fue asumida libremente por el amor auténtico, coherente y fraterno del Dios hecho hombre: Jesús, el Cristo.

Es por el Señor Jesús, y no por ella misma, que inspira y transparenta su significado último y que en este día estamos llamados a re significar, para apropiarnos debidamente de sus muchas enseñanzas. Cualquier signo de muerte nunca ha sido asumido como posibilidad de vida. En su tiempo la cruz, de la que pendió Jesús, no fue la excepción, ahí radica la gracia actuante del Espíritu, el que nos hace conducir interiormente por el gusto de las cosas que Dios prefiere y elige. Aquellas cosas despreciables a los ojos humanos, pero sabias para Dios y su reino.

En la primera lectura, el profeta Isaías sabe descubrir la acción de Dios que es universal, que alcanza a todos y por eso canta su victoria. Hay en sus palabras la radicalidad de su opción de fidelidad al Señor: “No hay otro Dios fuera de mí” (Isaías 45: 21). Es la raíz la que sustenta la vida de una planta, y cuanto más sana y buena sea esa raíz, mejores serán sus frutos. Así, la radicalidad que Isaías canta del Señor es la certeza de que su fe radica en Dios y por eso no espera nada de otros dioses, solo Él es capaz de obrar grandes maravillas.

Asimismo, nuestra raíz tiene que estar en Dios, en Aquel que nos acercó a Jesucristo, no para escandalizarnos, sino para aceptar el amplísimo horizonte de bondades, que pasa siempre por acoger sin distinción, y venidos de todos los caminos de la vida.

San Pablo enseña a los gálatas que su orgullo está solo en la cruz de Cristo Jesús, aún más, Pablo también está crucificado para el mundo al igual que su Señor. La conversión de Pablo pasa por la experiencia de sentirse perdonado. Pablo, que tanto persiguió y dañó a la naciente Iglesia cristiana, pudo comprender mejor su realidad de pecador a partir de experimentar el perdón restaurador de Dios y esa realidad es la que lo hace exultar de gozo en la salvación gratuita de Dios. Por eso, nadie como él alcanza a comprender tan maravillosamente el misterio de la cruz, porque al ser tanto su pecado, logra disponerse humildemente para acoger tanto perdón.

La muerte de Jesús en la cruz fue injusta, en cambio asume hasta el final todo lo que tendría que pasar para cumplir con la reconciliación del mundo, por puro y libre amor. Inversamente, Pablo merece castigo, sin embargo, recibe lo que no merece, Dios lo sorprende con su perdón. Entra así a descubrir la dinámica divina, que no se manifiesta con la lógica humana sino que nos invita a creer en la fuerza del amor, del perdón y de la acogida fraterna, aun en las peores y más deshumanizadas circunstancias de la vida, como única posibilidad de bien.

En el evangelio de Juan se nos relata aquella sentencia de Jesús donde él dice de sí mismo: “Y cuando yo haya sido levantado, atraeré a todos hacia mí” (Juan 12: 32). La mirada de Jesús en el momento del Calvario, tiene una fuerza que no somos capaces de comprender. A nuestro juicio allí había desolación, traición y engaño, sin embargo, desde la mirada de Jesús se estaba gestando el comienzo de algo nuevo. Es el Calvario el lugar desde donde la nueva creación comienza a despertar. La muerte de Jesús, va haciendo nuevas todas las cosas a partir de la fe de los pocos que lo reconocieron en aquel momento, y así, por esa fe, ha llegado hasta nosotros la redención del mundo.

Con la muerte de su Hijo en la cruz, Dios ha recibido el fruto de lo que el ser humano es capaz de dar cuando no puede comprender. Si aquella humanidad hubiera tenido la certeza de que aquel pobre judío era el Hijo de Dios no lo hubieran matado. Pero es que a la vida divina no se llega por certezas ni por cálculos de lógica, sino por fe, por la posibilidad de saltar hacia Dios y creerle, y dejarse conducir por Él con la confianza de que todo estará bien, porque nos ama intensamente.

La verdad de la palabra revelada en la Biblia tiene una fuerza que radica en el que es la Palabra misma, que no miente ni abandona. Por ella sabemos que también hoy Jesús, mediante su cruz, continua atrayendo a otros hacia el Padre, y nos invita a subir a esas cruces que, como la suya, están misteriosamente llenas de su presencia y son las de tantos hermanos que necesitan de nuestra ayuda.

Acojamos esa invitación, a caminar siempre solidarios y fraternos, abiertos a todo cuanto Dios desea comunicarnos que nos lance a la vida en plenitud y abundancia, esa que solo se logra en la disposición de vivir la comunión los unos con los otros.

 
 
 
 
 
 
 

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