Epifanía 2 (C) - 20 de enero de 2019

January 20, 2019

Epifania 2 Episcopal SermonEstamos viviendo tiempos especiales. Se tienen muchas ideas con respecto a los compromisos. Cada vez es más difícil encontrar personas que asuman compromisos duraderos. Las nuevas generaciones están viviendo en una cultura en la cual todo se considera desechable. Son más raras las situaciones en las que el esfuerzo y la apertura al otro muestran sinceridad y compromiso. Por eso, regresar a las enseñanzas de un Dios que se acercó a la humanidad de una forma clara, es necesario. Dios nos muestra el camino de una vida en familia y nos llama a hacer un acercamiento a estas enseñanzas.

El evangelio de hoy nos relata el primer milagro que realizó Jesús, al menos en público, en la boda en Caná.

Una boda en la cultura Judía estaba marcada como el momento en que dos familias, incluso países enteros, se emparentaban. Dos familias se comprometían a aceptarse los unos a los otros, incluido lo que cada uno traía, sus bienes, costumbres y tradiciones.

Hoy en día es igual, al menos debería ser igual. Ya que un matrimonio es la unión de dos personas, asumiéndose el uno al otro con todo lo que cada uno trae de su herencia familiar.

Cuando asistimos a una boda, un ministro celebra el rito por el cual se reconoce a dos personas como nuevos esposos frente a la sociedad o frente a Dios. Este ministro es quien testifica como autoridad que este compromiso es serio y sensato.

A la boda de Caná de Galilea invitaron a Jesús. Él no venía solo. Lo acompañaban María, su madre, y sus discípulos. El evangelista relata que cuando se acabó el vino antes de terminarse la celebración, María se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y ofrece una solución clara y convincente a los sirvientes: “hagan lo que Él les diga”.

En muchas culturas a través de la historia, el vino ha sido y sigue siendo hasta hoy, símbolo de prosperidad y bonanza. Como las bodas judías suelen durar varios días, incluso una semana, al faltar el vino, era una verdadera catástrofe.

Jesús, conocedor de las tradiciones culturales y de la gravedad de este inconveniente, decide iniciar su actividad pública en el marco de una boda, dejando clara la importancia de esta unión, que es el inicio de una familia y la base de los pueblos. Ordena llenar unas tinajas o jarrones con agua, esas mismas tinajas eran usadas para lavarse las manos y purificarse antes de comer. El signo del agua convertida en vino es poderoso, porque lo que saldrá de esas tinajas es el mejor vino. Ese vino que más tarde se ofrecerá en la última cena o en la primera misa de la humanidad, transformándose en la sangre de Cristo que desde ese momento purifica nuestras vidas y nos mantiene en el linaje divino, en otras palabras, unidos a nuestro Salvador como la novia a su amado.

Cada uno de nosotros tenemos un lazo personal, un lazo íntimo con nuestro Salvador. Esta relación es el motor de nuestra fe y sustento de nuestro diario existir. Al haber sido lavados, purificados y desposados por la sangre de Cristo, esta unión debe ser alimentada por su presencia, para que nada la pueda romper, nuevamente esa alianza de amor con el cordero.

Ese lazo íntimo y personal surge en los retiros para parejas que conviven y cuando se les invita a reflexionar sobre su vida de compromiso el uno para el otro. Cada participante evalúa sus emociones y nivel de entrega mutua. Al diálogo profundo que se da entre las parejas, se invita a Cristo a su relación; como el mejor vino en sus vidas. Su realización es que cuando partimos el pan y compartimos el vino cada domingo somos alimentados con la presencia de Cristo y de nuevo nos comprometemos con Él, y el uno con el otro.

Otro ejemplo es el del obispo que celebra una boda y alienta a la congregación con una alegoría sobre el mejor vino. Él dice que el vino es para celebrar lo que hemos vivido y queremos vivir, y que la Sangre de Cristo también nos invita a celebrar lo que hemos vivido y queremos vivir en nuestras relaciones con Dios y con los demás. Darnos el uno al otro así como Cristo se dio en la cruz y se sigue dando en cada Eucaristía.

Miremos como las lecturas de hoy nos preparan para esta hermosa reflexión: El profeta Isaías nos cuenta como este novio se acerca para desposarnos, explicándonos así esta relación entre Dios y la humanidad. En el salmo 62 somos invitados a mantenernos en la presencia de Dios a través de la comunión. Ya desde el antiguo testamento se tiene noción de este nivel de relación profunda entre Dios y la humanidad.

En esta experiencia de pertenecer a Cristo evidentemente daremos frutos y nuestros dones se multiplicarán. Seremos prósperos como en las bodas donde el vino no se agota. Recordemos que la abundancia no consiste en TENER, sino en SER. Esto es lo que nos dice San Pablo en la primera carta a los Corintios -Seremos en Cristo personas con fe, santidad, sabiduría, ciencia, profecía, discernimiento y palabra acertada-.

Ser personas con fe abundante es confiar en Dios en todo momento. Ya no nos sentiremos más en soledad. Encontraremos consuelo en nuestro amado, Jesucristo. En esa confianza somos inundados por su amor, experimentando la satisfacción de su presencia. Los demás dones como sabiduría, ciencia, profecía, discernimiento, y el uso de la palabra acertada, nos ayudan a tomar decisiones al estilo de Cristo. Todos estos dones se van desarrollando a medida que los ofrecemos para el servicio de nuestras familias, comunidades y amistades.

Tenemos un mensaje claro donde todos somos invitados a mantener una relación estrecha con Jesús. Invitemos al mismo Dios a nuestras relaciones humanas recordando que en nuestras Iglesias somos una familia espiritual. En ellas debemos construir una nueva civilización de amor. Tenemos esa responsabilidad gratificante de caminar juntos con un mismo propósito. De esa forma muchos se preguntarán ¿por qué nos amamos tanto? y querrán ser parte de ese amor que compartimos.

Como María lo hizo en la boda, podemos contar con su intercesión ante la presencia de su hijo. Cristo es el Vino Nuevo que nunca se agota y que da origen a nuestra alianza de amor.

Invitemos a Cristo a la relación con nuestra pareja, con nuestros hijos, padres, amigos, hermanos y hermanas. Y así daremos frutos que mostrarán al mundo nuestra unión con Él.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto