Epifanía 3 (C) – 2010

January 24, 2010

Jesús dijo: “Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido este pasaje de la Escritura” (Lc 4:21).

Una de las lecturas para el tercer domingo después de Epifanía está tomada del capítulo cuatro de San Lucas comenzando en el versículo catorce.  Esos versículos que acabamos de oír son precedidos del pasaje en ese mismo capítulo cuatro, en el que Jesús fue puesto a prueba.

Inmediatamente después de su bautismo, y lleno del Espíritu Santo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu donde estuvo durante cuarenta días y cuarenta noches sin comer. En ese desierto fue tentado, puesto a prueba por el Diablo a quien Jesús resistió con la palabra de Dios: citando versículos de las Sagradas Escrituras. Cuando ya el Diablo no encontró otra forma de poner a prueba a Jesús, se alejó de él por algún tiempo.

Es muy interesante que el pasaje que sigue a ese encuentro con el Diablo nos hable acerca de Jesús, lleno del Espíritu y enseñando en las sinagogas de cada lugar a donde iba. En la lectura de hoy, Jesús fue a Nazaret, el pueblo de su crianza y entró en la sinagoga como era su costumbre.  Le dieron a leer el libro del profeta Isaías donde estaba escrito una descripción de lo que sería para él la consagración de su ministerio: el ministerio que Jesús quiere que completemos después de ser bautizados y adoptados como hijos de Díos.

¿Qué ministerio es ese? El pasaje de hoy nos dice que después de haber leído la profecía de Isaías, Jesús dijo que esa profecía se había cumplido en él delante de los que le escuchaban en la sinagoga.

Por medio de la profecía, Jesús describe cinco cosas que se cumplieron en su persona. En primer lugar, fue consagrado por el Espíritu del Señor para llevar las buenas noticias a los pobres, las buenas noticias de que Dios, por medio de Jesús, es su refugio y libertador. Dios perdona los pecados y las faltas ocultas y nos deja sin tacha y libres de pecado. Ya libre del pecado, el reino de Dios nos pertenece.

La segunda cosa que conlleva la consagración del ministerio de Jesús según la profecía de Isaías es la de anunciar la libertad a los pobres. Los pobres son las personas que padecen de lo más mínimo para sostener una vida normal, ya sea en lo material o en la educación. Ellos son los desechados de la sociedad, son maltratados e insultados. Jesús les dice que Dios ve su situación y tiene compasión de ellos.

La tercera parte del ministerio consagrado del que habla Jesús es dar vista a los ciegos. La ceguedad no sólo es cuestión de la vista sino también del entendimiento. Dios les abrirá sus ojos y se los llenará de luz; les ayudará a hacer buen uso de la razón, y les hará sabios para que vean los diseños de Dios.

La cuarta cosa que Jesús dejaba entender al enseñarles en la sinagoga de Nazaret es que su ministerio consagrado por el Espíritu es el de poner en libertad a los oprimidos. Las personas oprimidas ven a diario sus sueños entorpecidos por los poderosos de la sociedad. Ven la violencia que les llega aunque traten de hacer lo que es bueno. En medio de la opresión Dios les dice que no se desmayen en hacer el bien porque vendrá el día cuando el Señor y Dios del universo bajará a los poderosos de sus tronos y levantará a los apacibles y humildes de corazón. Y a los hambrientos los colmará de bienes.

La quinta promesa que declara Jesús en su enseñanza en la sinagoga es que se les está anunciando el año favorable de Dios porque el Mesías ha llegado.  Dios mandó a su Hijo unigénito para servir de mediador entre el Padre y su creación. Como mediador, Jesús nos hace hijos por adopción y nos ofrece la oportunidad de allegar a Dios por su medio. Por eso, Jesús les dijo: “Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido ese pasaje de la Escritura” (Lc 4:21). La profecía del año favorable del Señor se completa en el ministerio de Jesucristo.

Todas esas cosas les decía Jesús al enseñarles en la sinagoga de Nazaret. El significado de esa enseñanza para nosotros es que no tenemos que dejarnos arrastrar ciegamente tras ídolos mudos. Tenemos a Jesucristo a quien podemos apelar. Por medio de nuestro bautismo Dios nos ha adoptado como sus hijos y nos hace herederos del ministerio consagrado de Jesús.  Ya bautizados, Jesús nos hace hermanos entre nosotros y de un pueblo consagrado a Dios.  Tenemos vida y porvenir en Jesucristo. Con esa vida en Cristo, Dios, por medio del Espíritu Santo, nos capacita día a día para distinguir entre los espíritus falsos y el Espíritu verdadero. El Espíritu del que habla Jesús también nos ha consagrado y nos ha dado a cada uno de nosotros los dones espirituales. Los dones espirituales se nos dan para llevar la buena nueva a los pobres; para anunciar la libertad a los presos; para dar vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos, y para anunciar el año  favorable del Señor. Y, si en verdad somos creyentes, sabemos que todas estas cosas las hace el único y mismo Espíritu (por medio de nuestro bautismo y ministerio), dando a cada persona lo que a él mejor le parece.

Hermanos, tú y yo tenemos un ministerio consagrado. Alabemos a Dios, y salgamos al mundo con el poder del Espíritu que nos despide conforme a su palabra en paz. Y el pueblo responde: ¡Demos, gracias a Díos!

 
 
 
 
 
 
 

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