Epifanía 4 (C) - 2013

February 3, 2013

Celebramos el cuarto domingo después de Epifanía. Es el momento de meditar con la llamada de los grandes profetas que hicieron realidad el cumplimiento de la promesa de Dios a la humanidad.

Dios llama y sitúa a cada profeta en el “hoy de la salvación”, es decir, en el tiempo propicio del anuncio de la salvación. Así se perfila y se describe la figura del profeta.

El profeta es un instrumento de Dios, que habla en nombre de Dios. En el caso particular de Jeremías sintió temor por la edad y la responsabilidad de la misión. Pero el Señor le dijo: “No digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande, y dirás lo que yo te ordene” (Jeremías 1: 7).

Jeremías no quiere decir, como Moisés, que es el “torpe” para hablar (Éxodo 4:10), sino que aún no tiene la edad requerida para participar activamente en la vida pública.

Y es que, en el antiguo Israel, era muy apreciada la sabiduría de los ancianos y las personas de poca edad debían guardar silencio en presencia de los mayores. Por eso Jeremías objeta que sus palabras, por ser las de alguien demasiado joven, carecerían de autoridad.

Pero el Señor no acepta la objeción, porque él tiene el poder para hacer oír su palabra por medio de quien él quiere. Por eso dice: “No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra” (Jeremías 1:8).

Ante el miedo natural de Jeremías, el Señor le confirmó su apoyo y le dijo: “Yo pongo mis palabras en tus labios. Hoy te doy plena autoridad sobre reinos y naciones, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, y también para construir y plantar” (Jeremías 1:10).

En aquella época de decadencia del poder asirio, Jeremías va a ser más un profeta de juicio que de salvación, por eso se recalca más la idea de destrucción que de construcción. Tendrá que luchar continuamente contra sus paisanos que abrigaban falsas esperanzas. Aunque se siente débil ha de anunciar a su pueblo, al que tanto ama, lo que no le agrada. Por eso, se siente solitario, incluso “forzado y violado por el Señor” (Jeremías 20:7).

Esta es la gran contradicción de Jeremías, de su palabra. Al ser palabra divina, es poderosa, pero al no poder forzar a nadie a la fe y a la obediencia, es a la vez impotente.

En la promesa que Dios le hace solo le garantiza la asistencia y el triunfo final, pero nada se habla de triunfalismos y éxitos inmediatos y rotundos. Su camino será arduo, difícil, lleno de espinas, ha de sufrir y será perseguido.

Esta será también la suerte de todo mensajero de la palabra divina. Ante la difícil tarea, surgen las dudas, las indecisiones, las opciones fáciles, corremos el peligro de refugiarnos en el miedo, de ser infiel a la palabra, pero Dios, con la fuerza del amor nos empuja a continuar y no rendirnos.

De esta fuerza que transforma al mundo y las estructuras injustas nos habla hoy Pablo en todo el capítulo trece de su primera carta a los corintios. Nos describe de una manera maravillosa el mejor camino que es el amor, y nos impulsa a caminar por él.

Pero como cristianos, somos conscientes, que hemos conocido y caminamos por otros caminos que no son los mejores. Ahora nos toca hacer un cambio, romper con las viejas estructuras de vida y convertirnos para escoger ese camino que Pablo llama el mejor.

Para Pablo el amor es comprensivo, servicial, incompatible con la envidia o el egoísmo. Llega hasta los matices de la buena educación, no se irrita ni lleva las cuentas del mal, goza con la verdad y nunca se alegra con la injusticia. Disculpa, cree, espera y aguanta sin límites.

El amor no pasa nunca, perdura para la vida eterna. Este amor cristiano asume y perfecciona lo mejor del amor humano. Cuando nos falta esta fuerza que integra la vida, no somos más que metales que resuenan o unos platillos que aturden.

Esta fuerza del amor eterno, fue la que condujo a los profetas a no rendirse y a soportar toda clase de dolores y sufrimientos, incluso hasta el extremo de dar la vida.

El evangelio de san Lucas nos da hoy una gran sorpresa sobre el comportamiento de los paisanos de Jesús. Jesús es profeta, y más que profeta podemos decir ya que es el Hijo de Dios. Y como todo profeta es rechazado por los suyos, por su pueblo, a pesar del mensaje de liberación que trae.

Jesús entró en la sinagoga de su pueblo y leyó el texto del profeta Isaías que dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha consagrado; me ha enviado a dar buenas noticias, a aliviar a los afligidos, a anunciar la libertad a los presos…” (Isaías 61:1).

Había una gran expectación y en ese momento se produjo un profundo silencio por parte de los oyentes esperando el menaje de Jesús, pues todos lo conocían. Jesús se sentó, como era costumbre del que le tocaba enseñar, y comentó el mensaje diciendo: “Hoy se cumple esta lectura que acaban de oír” (Lucas 4:21). Pero Jesús fue desaprobado totalmente por sus paisanos.

Dos parecen que son las casusas según el evangelio de este rechazo de Jesús por sus paisanos. La primera es por “hoy” de sus palabras que urgen la pertenencia a un reino de Dios que irrumpe con fuerza en su persona. Los judíos no podían pasar por sus mentes que conociendo las raíces de Jesús venga ahora a hacerse pasar por algo más que profeta.

Esto “hoy” les obligaba y nos obliga a tomar postura y a convertirnos. No se trata ya de optar por un Dios que está en los cielos o un mesías futuro, sino por un profeta que ha salido de entre nosotros y nos echa en cara unos pecados concretos y nos está indicando unos caminos concretos a seguir. Todo esto nos cuesta, porque no estamos dispuestos a escuchar el “hoy” de la palabra de Dios.

Y el otro elemento que alimenta seriamente el rechazo, es que las palabras de Jesús en el ejemplo de la viuda de Sarepta o de Naamán el sirio, están abriendo las puertas a los de afuera, a los que no son de nuestro pueblo y de los nuestros. Esto irritó tanto a los paisanos de Jesús que intentaron despeñarlo aunque Jesús se abrió paso y se alejó de ellos y de su pueblo.

El proverbio dice que nadie es profeta en su tierra y la experiencia histórica confirma que quien se mete  a profeta termina en mártir. Así fue con los profetas antiguos, así fue con Jesús, así está siendo en nuestros días y así será en el futuro. Y todo por no querer aceptar al profeta que surge a nuestro lado, de nuestro propio pueblo, a ese hermano que nos habla en nombre de Dios.

 
 
 
 
 
 
 

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