Epifanía 4 (C) - 2016

January 31, 2016

Normalmente la lectura del capítulo trece de la primera carta de San Pablo a los Corintios se lee durante la celebración un matrimonio. ¿Y por qué no? Sin duda cualquier pareja que se va a casar debe prestar mucha atención a las palabras de San Pablo.

“Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad”.

Todos los matrimonios pueden beneficiarse de más paciencia. Cuando insistimos en nuestro propio camino, es fácil ver cómo el amor puede descender a la envidia, a la jactancia, la arrogancia y la rudeza. Podemos ver cómo ser irritable engendra resentimiento. La más íntima de las relaciones puede dar vuelta a lo peor, cuando deja la alegría y la verdad y en su lugar se goza de la injusticia.

Pero San Pablo no estaba hablando sobre el matrimonio. Él no estaba hablando sobre el amor entre dos personas que tienen la intención de tener una familia. San Pablo se refería al amor que debe existir entre todas las personas.

Es lamentable lo que nuestra sociedad ha hecho con el amor. En primer lugar, la sociedad ha convertido el amor en una abstracción romántica la cual perseguimos con toda nuestra energía, pero nunca somos capaces de lograr. Piensen en las comedias románticas en las que el protagonista se la pasa buscando el amor, pero no lo encuentra hasta que encuentra ese “alguien especial”.

Segundo, se dice que el amor puede comprarse y venderse por un precio. En otras palabras, la sociedad nos quiere hacer creer que el amor es algo que podemos conseguir o reclamar, en lugar de reconocer que el amor es algo que se nos da libremente. En esta sociedad hemos confundido el afecto con el amor, la admiración con el amor, y la intimidad con el amor. Por eso, cuando se pregunta a la gente si creen en el amor, dicen que sí, pero su corazón sufre. Ellos saben que el amor es real, pero no saben dónde está o cómo encontrarlo.

Volvamos a lo que San Pablo estaba diciendo sobre el amor. La iglesia en Corinto estaban luchando con su identidad y vida en comunidad. Ellos no trataban a sus hermanos y hermanas por igual. Eran arrogantes y envidiosos. Solamente atendían a sus propias necesidades y no a las necesidades de los demás. Por eso, su comunidad se estaba desmoronando. El amor ya no era el centro de su vida en comunidad.

Reflexionemos ahora sobre lo que es el verdadero amor.

Dios es amor. Él es amor porque nos creó. Él es amor porque nos sostiene. Y sobre todo es el amor encarnado en Jesucristo nacido de una mujer para vivir entre nosotros y mostrarnos un amor tan grande que entregó su vida en una cruz. Finalmente ese gran amor nos lleva a la resurrección con Cristo. Jesucristo es la manifestación perfecta del amor de Dios. Él es el amor de Dios que camina entre nosotros, compartiendo la presencia de Dios para el mundo entero. Es por eso que el tiempo después de la Epifanía es tan poderoso. Mientras que en Navidad celebramos el evento increíble y escandaloso de Dios convirtiéndose en un pequeño y vulnerable ser humano, en la Epifanía se celebra la revelación de la divinidad y el poder de Dios en el mundo.

Así que, como cristianos, cuando hablamos de amarnos unos a otros no sólo estamos hablando de ser amables el uno con el otro o de cuidar el uno al otro. Estamos hablando de ser como Jesucristo. Estamos hablando acerca de ser luz en el mundo a un hermano o una hermana que se sienta atado en la oscuridad.

En el año 2015 hubo mucha violencia, actos terroristas, muestras de racismo y de odio de todo tipo. Eso nos mostró un aspecto de la oscuridad en la humanidad. No obstante, a través de esa oscuridad también vimos en algunas personas la luz brillante y hermosa que nos dirige hacia Dios, y se manifiesta a través de las personas que han elegido ser como Jesucristo.

Estas personas proclamaron la paz en medio de la violencia. Se enfrentaron al terror sin miedo, acogieron al extranjero y mostraron bondad a personas diferentes a ellos. Vivieron las palabras de San Pablo que dicen, “Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo”.

En la misma forma que a Jesús, por medio del bautismo, se nos ha dado el espíritu santo y hemos sido enviados a llevar el mensaje de su amor. Nos dijo que haremos muchas cosas maravillosas. Podemos luchar por los oprimidos, tener profunda fe en Dios, e incluso ofrecer nuestras vidas al servicio de Dios y el prójimo. Pero si no tenemos amor, si no tenemos a Jesucristo al centro de nuestra vida, entonces nada tiene sentido. Jesús debe ser el centro de todo lo que hacemos.

Había una iglesia donde los miembros trabajaban muy duro en su despensa de alimentos para la gente de su vecindario con necesidades. Algunos se enorgullecían de la gran labor que estaban haciendo en la comunidad. Unos lo hacían con mucho amor y trataban a los que llegaban como familia. Daban de su tiempo con generosidad. Ellos entendían el amor de Dios y su llamado en una forma especial. Otros veían a las personas que llegaban a la despensa de alimentos más como consumidores que como personas hechas a imagen de Dios. Ellos los veían como personas que necesitaban ser ayudadas en lugar de personas que necesitaban ser amadas. Mientras unos servían con amor y generosidad, otros jamás llegaron a ver este amar y cuidar al prójimo como una oportunidad para alimentar sus propias almas y responder al llamado de Dios.

El amor es mucho más grande que nuestros errores. El amor que Dios nos ofrece es un precioso regalo de gracia. Jamás lo podríamos ganar por nuestra cuenta. Somos dignos simplemente por ser sus hijas e hijos. Este amor nunca se podrá comprar ni vender. El ejemplo del amor perfecto se manifiesta en la persona de Jesús–la persona más especial. Llenémonos de ese amor. Vivámoslo, compartámoslo siendo luz en medio de la oscuridad y llevando esa buena noticia que es el amor reconciliador sin precio.

 
 
 
 
 
 
 

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