Fiesta de la Santa Cruz - 2014

September 14, 2012

Hablar de la cruz o de la santa cruz, nos refiere directamente a la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Todas las lecturas de esta fiesta exaltan su sacrificio y su entrega para traernos la salvación mediante la resurrección.

Ya desde el Antiguo Testamento, parten las referencias atribuidas a la pasión de Cristo. El salmo 22 considerado el salmo de la cruz, junto con el poema del siervo de Yahvé en Isaías 53, son más que ningún otros textos los que más han influido en los relatos evangélicos de la pasión.

El profeta Isaías, en la primera lectura de hoy, ha sido considerado por muchos como un profeta mesiánico. Al referirse a Ciro como un rey vencedor ungido por Dios, deja entrever algo del futuro señorío de Cristo, cuando dice: “Lo juro por mi nombre, de mi boca sale una sentencia, una palabra irrevocable: ante mi se arrodillará toda rodilla, por mí jurará toda lengua” (Isaías 45:23).

El profeta contempla a los poderosos de ayer, vencidos por Ciro, y anuncia la liberación de Israel, como el medio por el cual, Yahvé se dará a conocer al mundo. Reconocerán a Yahvé por la manera cómo restableció al pueblo de Israel que ya no se podía levantar. Es decir, estaba prácticamente muerto.

Esta justicia y esta verdad tienen que venir de Dios, el único que puede hacer nuevas a las criaturas. Y, de hecho, llegará en la persona de Cristo, “el Justo” (Juan 16:10), el que nace entre nosotros como primer brote de una humanidad renovada.

En la segunda lectura nos centramos en la persona de Cristo. Pablo nos exhorta mediante el amor y la humildad a imitar a Cristo. Así lo dice: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Es una invitación como cristianos a vivir de acuerdo a los valores sembrados por Jesucristo.

Este himno es algo así como una declaración de fe. Para nosotros, como cristianos, es un verdadero reto. Significa identificarnos con el más humilde, el más sufrido y el más despreciado, que fueron propiamente los sentimientos de Cristo. Es una oportunidad para que descubramos el sentido de la cruz, luchando contra nuestras mediocridades.

Por eso dice Pablo: “A pesar de su condición divina no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres” (Filipenses 2:6-7).

Por esta actitud de humildad y obediencia total a la voluntad de Dios, fue glorificado y puesto por encima de todo. Pues, el hecho, de pasar por la condición nuestra sujeta a miserias y limitaciones, era como reducirse a nada.

Por esta razón añade Pablo: “Se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, una muerte en cruz” (Filipenses 2:8). La muerte en la cruz era una expresión de humillación y vergüenza y Jesús la sufrió por nuestra salvación. Esta forma de martirio inventada por los persas, pero asumida por los romanos la aplicaban a los extranjeros y delincuentes comunes.

Así lo dice el Apóstol: “Por eso, Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos sus nombres, para que, al nombre de Jesús doblen la rodilla todos los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es el Señor, para honra de Dios Padre” (Filipenses 9:11).

Esto significa que Jesús es digno de alabanza, honor y gloria, por los siglos de los siglos. Dios lo resucitó y lo llevó a su gloria. Así el madero de la cruz ya no es símbolo de humillación, sino de redención y glorificación.

Esta cruz de Jesús cruza en todas la direcciones toda la historia humana, siempre como presencia de liberación y transformación. No es una cruz desnuda, vacía, sino una cruz habitada por Jesús y por muchos hombres y mujeres que sufren participando en su pasión.

El evangelio de san Juan nos describe hoy la hora de Jesús, es decir, la hora de la cruz, cuando dice: “Ahora comienza el juicio de este mundo y el príncipe de este mundo será expulsado. Cuando yo sea elevado atraeré a todos hacia mí” (Juan 12:31).

La cruz es también juicio de separación. Condena al dueño del poder en el mundo. Será desposeído y expulsado por Jesús, que en sí ya ha conquistado la victoria. La cruz, como testimonio de amor y revelación del amor del Padre, es fuerza de atracción universal.

Jesús recoge también el tema de la urgencia del momento, para convertirlo en amonestación, usando la comparación de la luz y las tinieblas. Por eso dice: “Aún les queda un poco de tiempo de luz. Mientras tengan luz caminen, para que no les sorprendan las tinieblas. Quien camina a oscuras no sabe adónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz para estar iluminados” (Juan 12:35-36).

Esta amonestación es válida para todo momento. Cristo Viene a nosotros de muchas manera todos los días. Quiere que estemos atentos a su paso y lo aprovechemos en nuestro crecimiento espiritual. El camino de la cruz es siempre posibilidad de liberación en nuestras vidas.

Jesús nos ha enseñado con el ejemplo, así lo expresa Juan en su evangelio: “Se lo llevaron; y Jesús salió cargando el mismo con la cruz, hacia un lugar llamado la Calavera –en hebreo Gólgota” (Juan 19:17).

Esto nos da a entender, que no era suficiente la humillación sufrida en el palacio por los soldados romanos. Lo hicieron cargar con la cruz y comenzar el camino hacia el Gólgota, donde luego iba a ser crucificado. Pero Jesús no se lo pone difícil, acepta el plan trazado por su Padre y él mismo carga con la cruz. No se rebela, no se niega sino que acepta y asume que ese es el camino. Él mismo da la vida. Él mismo ofrece su vida.

De todo esto podemos obtener una enseñanza básica para nuestras vidas. El camino de la cruz es una entrega continua. La cruz de Jesús significa mucho más que el madero donde fue crucificado. Será siempre instrumento que aniquila toda tendencia al mal. Esto fue lo que Pablo quiso decir cuando declaró: “He sido crucificado con Cristo, y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi” (Gálatas 2:20).

La experiencia de la cruz nos transforma y nos convierte en criaturas nuevas. Vivir la cruz de nuestro Señor Jesucristo implica una dinámica de vida que se traduce en amor y servicio.

Predicar hoy la cruz es anunciar el seguimiento de Jesús. No es exaltar el dolor ni acentuar lo negativo. Es anuncio de algo positivo, de la lucha para que cada vez sea más difícil que unos crucifiquen a otros. Esta lucha implica abrazar la cruz, llevarla con coraje y dejarnos crucificar con valentía si es necesario. Vivir así es ya resurrección.

 
 
 
 
 
 
 

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