Fiesta de la Virgen de Guadalupe - 2015

December 12, 2015

Estamos a mitad del tiempo de adviento, camino hacia la Navidad. En esta etapa del adviento celebramos la fiesta de la aparición de la Virgen María de Guadalupe, en el cerro de Tepeyac en México.

A nivel histórico, el relato de la guadalupana se atribuye al indígena Don Antonio Valeriano (1520-1605), discípulo de Fray Bernardino de Sahagún. Según su testimonio nos transmite las apariciones ocurridas del 9 al 12 de Diciembre de 1531, tal como el vidente Juan Diego, indígena azteca, se las contó.

El hecho de la aparición toma como instrumento al indio azteca Juan Diego. Mientras caminaba de madrugada para asistir a Misa, al subir al cerro de Tepeyac, escucha la voz de una mujer que le dice que es la madre de Dios, creador del universo, y le pide que le construya un templo en el cerro.

Juan Diego se puso en contacto con el Obispo Fray Juan Zumárraga, le contó lo sucedido, pero no le creyó. Procuró rechazar la misión y que fuera otro que llevara el encargo por considerar que no le iban a creer, pero la mujer le dijo que le tocaba a él llevar el mensaje. Todo se concretó cuando llevó al Obispo por orden de la mujer las flores que recogió en el cerro, como prueba de lo acontecido.

De esta manera, con el milagro de Tepeyac, se inicia para América Latina una profunda devoción a la madre de Dios que impulsa la evangelización. Cada nación, cada pueblo nuestro se encuentra bajo la especial protección de María en sus diversas advocaciones. Es como si la Virgen hubiera querido dar a cada uno de los pedazos del continente un regalo único y particular.

En la actualidad, México no se entendería sin el fenómeno guadalupano: “si quitas de nuestra historia a santa María de Guadalupe, estás hablando de otro país, de otra nación, de otro pueblo, pero no de México, que se ha conformado en torno a santa María de Guadalupe”. (Cardenal de México Norberto Rivera Carrera, 2003).

Con este sencillo presupuesto histórico, consideramos ahora el aporte de la Virgen María de Guadalupe la mujer del adviento y la navidad como nos muestra san Lucas en su evangelio: “En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lucas 1,39).

María es la Virgen de la esperanza y está embarazada de la inmensidad de Dios. Es una presencia entrañable en el camino de Adviento hacia la Navidad. Se puso en camino y fue a toda prisa a anunciar la Buena Noticia. Es un gesto de solidaridad compartir con los hermanos el don recibido.

María se convierte en la sierva del señor. Por eso, la Escritura nos la presenta como la que, yendo a servir a Isabel en la circunstancia del parto, le hace el servicio mucho mayor de anunciarle el evangelio con las palabras del magnificat.

Así, en la boda de Caná en Galilea está atenta a las necesidades de la fiesta y por su intercesión: “Jesús hace su primera señal milagrosa mostrando su gloria, y sus discípulos creyeron en él” (Juan 2,11). Todo su servicio consiste en abrirnos al evangelio e invitarnos a su obediencia; por eso nos dice: “Hagan lo que él diga” (Juan 2,5).

María es señal de cercanía, de proximidad. Como cristianos tenemos que ser siempre testigos operantes de la proximidad y de la cercanía. Posibilitar siempre espacios abiertos de proximidad y cercanía. Cercanía de Dios en el camino, sea en el llano o en las abruptas montañas, en la densidad de las ciudades o en la soledad de los pueblos.

En este tiempo especial de Adviento y en este día de celebración, María de Guadalupe desea que en cada uno de nosotros como creyentes, el misterio de Dios esté presente, no para guardarlo celosamente, sino para transmitirlo a los hermanos. Desea que seamos testigos de la realidad de Dios en el corazón del mundo.

Nosotros estaremos en medio de nuestro pueblo para proclamar que Dios está muy cerca de nosotros y nos salva. Nuestro mundo, nuestro pequeño mundo, tiene necesidad, hoy más que nunca, de humanidad, de fraternidad, de respeto mutuo y confianza recíproca. María Virgen y madre nos regala el sentido de vivir y celebrar.

María es una de las figuras fuertes de adviento y el evangelio nos la presenta como modelo de fe. No es una diosa, si hubiera sido una diosa no habría sido modelo para nosotros. Pues, lo que el evangelio nos propone como modelo de ella es precisamente su fe.

Por esta razón escribe Lucas en su evangelio: “Dichosa tú que has creído” (Lucas 1,45). María ha creído. Lo que le ha sido propuesto podría haberle parecido más bien algo increíble. Pero ella cree. Se le anuncia que ella puede ser madre del Mesías por encima de los caminos humanos. Ella no entiende. Pero confía, y se entrega al plan de Dios.

Dios tiene un plan de salvación, pero no quiere llevarlo a cabo en solitario. Busca la cooperación de nosotros, y baja para pedir su consentimiento a una muchacha nazarena. Ella decide dejar hacer, en todo caso, y poner en todo caso su propia vida a la disposición de Dios. Por eso respondió al querer de Dios: “Yo soy la esclava del señor; que Dios haga conmigo como me has dicho” (Lucas 1,38).

Así lo escribe el evangelista: “Porque lo que te ha dicho el señor se cumplirá” (Lucas 1,45). La fe de María es una fe hecha de esperanza. No se trata de creer en afirmaciones teóricas, sino de confiar en la acción del señor en la historia y secundarla. Esa es la fe de María. Pide un templo en el cerro de Tepeyac y está segura que se construirá, porque confía enteramente en Dios.

En María se cumple aquello de la primera lectura: “La confianza que tú has mostrado nunca se apartara del corazón de los hombres, que siempre recordaran el poder de Dios” (Judith 13,19). En esta situación la fe de María de Guadalupe está hecha de esperanza y de confianza.

Nuestra encomienda es, creer y esperar como María. Mirar a María puede ser un estímulo para nuestra esperanza. Todos atravesamos momentos difíciles, sin esperanza. Hay en toda vida humana, por lo menos, algunos momentos de crisis, en los que nos parece perder pie, o tocar fondo en la vida, son los momentos para explorar nuestra propia esperanza.

Estamos en la mitad de la estación de Adviento. Junto a la Virgen María de Guadalupe, estamos invitados a confiar, a no desesperarnos, hacer un acto de coraje y confiar.

Ya hemos escuchado muchas veces las promesas del señor. Quizá también muchas veces las hemos acogido. Bastaría que, una vez más, al concluir el Adviento, nos entregáramos confiadamente a creer y esperar en sus promesas.

Todo alcanzará su plenitud, si al igual que María, ponemos toda nuestra vida en la tarea de cooperar con el Señor en la realización de sus promesas. Con una fe llena de coraje y una esperanza activa, en el fondo hacemos nuestras las promesas del Señor.

 
 
 
 
 
 
 

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