Jueves Santo – 2012

April 5, 2012

Con el debido recogimiento y disposición de espíritu para interiorizar el valor que tiene la celebración de este día, dispongámonos a vivir con fe y alegría este encuentro de hoy: encuentro con nuestros hermanos y hermanas, con nuestros pastores y guías y, en fin, con Jesús, su palabra, sus gestos y acciones.

La primera lectura que ilumina hoy nuestra celebración nos hace remontar a la lejana época en la cual los israelitas se hallan sometidos a esclavitud en Egipto. Esto implica que todavía no son un pueblo, no poseen libertad ni identidad ni una tierra donde realizarse. El autor sagrado hace remontar hasta esa época el mandato sobre la celebración de la pascua para darle precisamente a la celebración un marco histórico preciso y un contenido salvífico real; de este modo, el pueblo podrá revivir o conmemorar en el futuro la acción liberadora de Dios como si estuviera ocurriendo en el mismo momento en que se está consumiendo el cordero pascual.

Muy seguramente este pasaje del Éxodo que escuchamos hoy, recobró un nuevo sentido para la fe de los israelitas del siglo VI a.C. Sus antepasados, sometidos al poderío egipcio experimentaron la acción liberadora de Yahvé que los sacó de Egipto; ahora era necesario que este acontecimiento ocurriera de nuevo, que ese designio liberador de Dios se repitiera una vez más en favor del pueblo cautivo, ya no en Egipto, sino en Babilonia, sometido al poder de los caldeos, a quienes no solamente tenían que servir, sino que estaban obligados, además, a servir y adorar a sus dioses.

Lo importante del precepto sobre la pascua no es, por tanto, la forma externa, el animal que se sacrifica, la vajilla y la indumentaria que hay que usar; lo que cuenta realmente es el evento que se conmemora; por supuesto que las formas externas son una ayuda, un medio para que nuestros sentidos puedan establecer la conexión entre lo que vemos y lo que hay detrás de eso que vemos. No basta, entonces, con que todo esté bien dispuesto, bien ordenado, si nuestro corazón no está bien dispuesto, si nuestro espíritu se resiste al cambio, a dar el paso hacia la vivencia y puesta en práctica de la libertad, del amor, de la generosidad y del servicio a los demás, en fin, todo lo que conlleva la acción liberadora de Dios en nosotros.

Así lo entendió el judaísmo y así lo entendieron también las primeras generaciones de cristianos. Por eso llega hasta san Pablo esa tradición que nos narra en su Primera Carta a los Corintios y la cual defiende y transmite también él a todos los que abrazan la fe cristiana. De ahí la importancia que tiene para nosotros volver a los eventos que nos han dado la vida, la salvación, que nos ha abierto el camino para nuestra realización y el crecimiento de nuestra fe. Hoy, más que nunca, es necesario renovar la manera como celebramos esos acontecimientos. Desafortunadamente, muchas veces nos fijamos más en lo externo, pero nos quedamos vacíos por dentro; nuestro corazón y nuestro espíritu siguen aferrados a las mismas ataduras y a las mismas inclinaciones.

En este Jueves Santo, el Señor nos invita a experimentar con los ojos de nuestro corazón el verdadero sentido de su cena, de “su” última cena con los discípulos y discípulas; es importante tener en cuenta que esta no es la primera vez que Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos y discípulas. Los evangelios, especialmente los sinópticos, nos cuentan que en diferentes ocasiones Jesús compartió la mesa con personas de diferentes clases y condiciones, no estrictamente con sus discípulos. El evangelista Marcos es quien nos narra la primera de esas comidas de Jesús, la cual se realiza precisamente en casa de un publicano; los fariseos escandalizados preguntan: “¿por qué come con recaudadores de impuestos y pecadores?” (Mc 2:13-17; Mt 9:9-13; Lc 5:27-32).

Durante su corto ministerio, Jesús tuvo como práctica dejarse rodear de las personas menos “recomendables” según el criterio de los legalistas fariseos; es decir, prefirió la compañía de los marginados, de los señalados por la ley como impuros, pecadores, publicanos, enfermos, mujeres y niños, con lo cual estaba mostrando el lado amable o, mejor, amoroso, de Dios. Sin temor a equivocarnos podemos afirmar que “Jesús, asiduo comensal en la mesa del pobre y del pecador, hizo de la comida compartida con todos uno de los símbolos más expresivos de la novedad del reinado de Dios que ha venido a eliminar toda clase de barreras discriminatorias. De ahí el escándalo provocado por la práctica histórica de Jesús de convidar o dejarse invitar por recaudadores de impuestos y pecadores, personajes mal vistos por las élites sociorreligiosas.

El gesto mismo es ya un desafío a las barreras y a sus valoraciones humanas. Ante Dios todos somos iguales: pecadores necesitados de su misericordia y de su pan de vida. Como era de esperar, su reputación entre la clase social y religiosamente correcta de su tiempo cayó por los suelos. Jesús tiene el valor de repetirlo y acepta el apelativo de “borracho y comilón”, “amigo de recaudadores de impuestos y pecadores”. Asimismo, utiliza las comidas como ocasión para invertir las relaciones piramidales de la sociedad, tanto por los invitados que se eligen (pobres y marginados), como por la valoración de los servidores. Y también utiliza la comida en común para cambiar los modos de juzgar y de actuar que marginaban a los pobres de la mesa de Dios y de los hombres.

Atendiendo a la acogida que Jesús hace de los pobres, marginados y enfermos se ha llegado a decir que a Jesús lo mataron por el modo en que comía. También se ha afirmado que la esencia del cristianismo es comer juntos” (La Biblia de nuestro pueblo. coment. in situ).

Consideremos desde esta perspectiva el signo que hoy nos narra san Juan: al final de su ministerio público, Jesús nuevamente reunido con sus discípulos y, sin temor a equivocarnos, con sus discípulas, con “los de siempre”, realiza con ellos y para ellos, el gesto definitivo que será como la marca, el santo y seña que los identificará en donde se encuentren; al lavar las pies de quienes le siguen, Jesús revela en toda su profundidad el verdadero sentido de su ministerio y, al mismo tiempo, enseña la dinámica más clara y nítida de lo que él entiende por Reino o reinado de Dios.

Ya dijimos que en la realidad del reino, no hay diferencia entre personas, nadie se puede sentir menos que nadie ni más que nadie. Miremos cómo Pedro se resiste a dejarse lavar sus pies porque se siente menos que Jesús; sin embargo, Jesús no acepta este sentimiento: “Si no te dejas lavar los pies, nada tienes que ver conmigo” (Juan 13:8). Jesús nos invita a sentirnos ¡iguales a él! ¿Será mucha soberbia si de verdad por un momento nos sentimos iguales a Jesús? No. No es soberbia. ¡Es vocación! Él mismo nos ha llamado con su propia voz: “Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Juan 13:15).

Nuestra vocación cristiana no es, entonces, simplemente “seguir” a Jesús; es imitarlo, realizar sus mismos gestos y acciones. Cuando seamos capaces de hacer realidad este encargo de Jesús, entonces la sociedad, el mundo serán testigos de la novedad del reino. Pero no sólo eso, en nuestras comunidades se podrá respirar un ambiente muy diferente, la vida y la realidad del que está a mi lado, será algo tan importante para mí, como mi propia vida y mi propia realidad. En ese sentido, nuestra fe y nuestra vivencia del Evangelio mantendrán siempre ese aire fresco porque es Jesús mismo el que anima nuestra caminada.

Hermanas y hermanos, que la vivencia de este Jueves Santo sea ocasión para renovar nuestra vocación a ser imitadores fieles de Jesús.

 
 
 
 
 
 
 

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