Miércoles de Ceniza – 2011

March 9, 2011

El Miércoles de Ceniza es un día cargado de significado para los cristianos y, podríamos bien decir, para todo ser humano. Cuando el ministro impone las cenizas en nuestra frente y pronuncia la misteriosa frase de “acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” quedamos reducidos a nuestra mínima expresión humana. Somos polvo y en polvo terminaremos.

La ceniza evocaba en el mundo de la Biblia todo lo caduco, lo que no tenía valor. De ahí que la Iglesia asumiera este rito para, simbólicamente, recordarnos nuestra caducidad y condición de pecadores.

Por otra parte, los cristianos creemos que hay en nosotros raíces divinas. Solamente nuestro cuerpo terminará en el polvo. Nuestro espíritu, o alma, al concluir el caminar por esta tierra, iniciará un nuevo modo de vivir en lo que llamamos cielo. Nuestra vida continuará en una nueva dimensión. Por eso, muy acertadamente, en el servicio de difuntos la liturgia nos afirma y consuela con estas bellas palabras: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

En este día somos invitados a considerar nuestra condición humana, a vivir un período de tiempo de reflexión y recogimiento. Es un tiempo de cuarenta días, conocido como la Cuaresma. Se nos pide la abnegación para poder controlar nuestras inclinaciones y tendencias desviadas. Mediante el autodominio lograremos ser mejores y dueños de nosotros mismos. La meta más cercana ante notros es la Pascua del Señor. A ella hemos de llegar limpios de pecado y con un corazón compungido y unido al Señor.

Según esto, el primer paso a dar, es el del arrepentimiento y la conversión. El profeta Joel en el capitulo segundo suplica al Señor “que perdone a su pueblo” y san Pablo en la segunda carta a los de Corinto les ruega que “se pongan en paz con Dios. [Porque] Cristo no cometió pecado alguno; pero por causa nuestra, Dios lo trató como al pecado mismo, para así, por medio de Cristo, librarnos de la culpa” (2Corintios 5:21).

Una vez liberados del pecado tenemos que ejercitarnos en prácticas que nos ayuden a mejorar de vida. Es lo que denominamos, con una palabra un poco especial, como “ascética”. La persona asceta es la que se dedica a ejercicios espirituales para mejorar su vida. Pero este término que pudiera asustarnos por su nombre es una realidad familiar a todos los que desean superarse en la vida. Es lo que hacen los niños que quiere llegar a ser buenos deportistas o los que desean llegar a las olimpíadas. Tienen que hacer un esfuerzo arduo para ser cada día mejores en esos deportes. A medida que controlan su cuerpo mediante los muchos ejercicios se sienten orgullosos de sí mismos. Lo mismo hemos de hacer en el camino hacia Dios. Hemos de ejercitarnos en las prácticas de piedad, no para sentirnos orgullosos, sino para acercarnos cada vez más a Dios.

¿En qué prácticas hemos de ejercitarnos durante la Cuaresma? Algunas mencionamos hace un instante. Las más tradicionales en el cristianismo han sido el ayuno, la oración y la limosna. Mediante el ayuno controlamos nuestro sustento físico. Nos conviene, de vez de cuando, privarnos de ciertas comidas y bebidas, no solamente porque no nos son beneficiosas, sino para fortalecer nuestro espíritu. Mediante la oración sincera cambiaremos de vida. El primer paso en la oración es leer la palabra de Dios, luego meditar en ella, reflexionar en ella para que lleguemos a asimilarla y hacerla vida de nuestra vida. Este es un ejercicio un tanto ignorado por los cristianos. No es suficiente leer las Sagradas Escrituras y discutir sobre ellas en un grupo de reflexión bíblica. Lo más importante es asimilar el mensaje que nos ofrecen y digerirlo espiritualmente para que nos alimente. Hoy día, por influencia de las religiones orientales, mucha gente asiste a cursos de yoga o de meditación trascendental. Y no saben que en nuestra tradición cristiana tenemos una riqueza inmensa en este campo. Una riqueza que hemos de redescubrir y potenciar. Mediante la lectura, la meditación y la oración llegamos a la contemplación de Dios. La tercera práctica tradicional ha sido la limosna. Esta se puede convertir en ofrenda a la Iglesia o al hermano necesitado que conozcamos. Evidentemente, la cuaresma no es un tiempo de fiestas y de derrochar nuestro dinero, sino de recogimiento y control de nosotros mismos.

Ahora bien, ¿cómo hemos de conducirnos en la práctica de todos estos ejercicios espirituales? ¿Tal vez hemos de salir a la calle y contárselo a todos? ¿O se lo confesaremos a nuestros hermanos en la iglesia para que aprendan de nosotros? Solamente un alma con muchísima simplicidad o humildad podría hacer una cosa así y no pecar de vanagloria espiritual. En el evangelio de san Mateo que hemos leído, vemos cómo Jesús es tajante en esta cuestión. No admite términos medios, así que con toda claridad nos pide que no practiquemos la religión delante de la gente sólo para que los demás nos vean. Y nos pide que: “Cuando ayudemos a los necesitados, no lo publiquemos a los cuatro vientos, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente hable bien de ellos” (Mateo 6:2). Y ¿cómo hemos de rezar? Dice Jesús: “Cuando ore, entre en su cuarto, cierre la puerta y ore a su Padre, que está allí a solas con usted” (Mateo 6:6). No quiere que gritemos. Dios nos oye en la intimidad. Jesús quiere que nos cuidemos muy mucho de que nuestra oración pueda estar contaminada por el buen decir de otros: “¡Qué santo es!” Ese comentario puede arruinar nuestra oración e incluso nuestra vida espiritual, porque cala en lo más profundo de nuestra soberbia espiritual.

En definitiva, el Miércoles de Ceniza y la cuaresma nos invitan a la sinceridad con nosotros mismos y con Dios. ¿De qué nos sirve poner caras tristes y macilentas cuando ayunamos o nos sacrificamos si con ello buscamos el beneplácito de los demás? Ni fama ni dinero ni glorias terrenas nos acercarán más a Dios. Solamente nuestro amor sincero y desinteresado tendrá valor ante Dios.

Finalmente sería bueno recordar que la imposición y recepción de las cenizas adquiere todo su sentido y significado dentro de la celebración comunitaria. Lo mismo que cualquier participación en un rito sacramental, por ejemplo, el bautismo. Los sacramentos son para ser celebrados en comunidad. La imposición de las cenizas no es un sacramento, pero hay que evitar toda idea de que las cenizas son algo medicinal o mágico. La imposición de las cenizas ha de servir para humillar nuestro orgullo, para recoger nuestro espíritu y centrarlo en Dios, y para que encaminemos nuestro andar hacia la patria celestial.

 
 
 
 
 
 
 

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