Miércoles de Ceniza – 2013

February 13, 2013

Celebramos en este día uno de los acontecimientos de mayor significado para nuestra vida de fe dentro de la eucaristía. Es la bendición e imposición de la ceniza en un ambiente de penitencia, que nos indica el comienzo del tiempo de cuaresma.

Por mucho tiempo podríamos decir, por siglos, la imposición de la ceniza ha sido un rito que ha impresionado a nuestro pueblo. Llevarla en la frente por las calles en cualquier lugar público, ha sido una señal de fe y de aceptación de nuestra condición de mortales, que nos llama a vivir preparados en todo momento para cuando Dios nos llame de este mundo a su presencia.

Existencialmente son impresionantes las palabras del celebrante cuando impone la ceniza en nuestra frente: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3:19). Y también nos ha dicho: “Conviértanse y crean el evangelio” (Marcos 1:15).

Al iniciar la cuaresma, la iglesia nos está invitando a la humildad y a la fe. Somos polvo. Somos criaturas. Hemos de pensar que nuestra vida en la tierra empezó un día y acabará otro día no muy lejano tal vez. Pero no solo somos polvo, también tenemos un alma que está llamada a unirse con Dios ya en esta vida y alcanzar la resurrección y la vida eterna.

La cuaresma comienza hoy y es bueno que entendamos su significado. En todo tiempo estamos llamados por Dios a ser santos, así como él es santo. Esto quiere decir que nuestro mejoramiento no debe tener límites de nuestra parte, aunque no podemos ser perfectos. Todo tiempo debe ser santificado ya que siempre Dios es nuestro Padre y a él se lo debemos todo.

Por eso y con mucha razón, la estación de cuaresma se le califica como el tiempo santo, porque de una manera muy particular vamos a recordar como recurso para nuestra santificación, la memoria de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La celebración de la cuaresma, como preparación a la pascua, es la principal de todas las fiestas litúrgicas del año, y además es muy antigua. Los primeros escritores eclesiásticos, especialmente, san Irineo, Tertuliano, san Hipólito, y san Dionisio de Alejandría nos hablan de una preparación penitencial para las solemnidades pascuales.

Esta preparación, más o menos intensa, se hizo común a toda la iglesia y llegó a ser la “cuaresma” inspirada en los cuarenta días de ayuno y de oración que Cristo pasó en el desierto preparándose para cumplir su misión entre nosotros.

Ya a mediados del siglo IV de la era cristiana, la cuaresma se celebraba en las iglesias de Jerusalén, Roma, Milán, España, las Galias y África, siempre con ayunos, vigilias de oración y penitencias corporales.

En nuestros días, en que la vida moderna está bajo la influencia de un materialismo creciente, es necesario más que nunca que dediquemos algunos días a la reflexión sobre el valor de las cosas del espíritu.

Damos a nuestro cuerpo mucha atención y buscamos gustos y placeres que nos apartan fácilmente de Dios. No salimos ganando nada con esto, porque el olvido de Dios trae como consecuencia falta de paz y alegría en nuestro corazón, en nuestros hogares, en la sociedad. Por eso, es beneficioso aprovechar la cuaresma como una llamada a la conversión y al cambio de vida.

La idea central de la liturgia de hoy es la conversión. Se nos repite en ella a cada paso el mensaje con que Cristo inició su predicación diciendo: “Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca” (Mateo 4:17).

Convertirnos no significa solamente dejar aquello que nos estorba. Significa más que todo tomar una actitud responsable, que aceptemos a Dios en nuestras vidas y vivamos conforme a su ley, que es ley de amor y de esperanza.

Para que nuestra conversión sea sincera, muchas veces se hace necesario que demos una vuelta completa, un cambio total a nuestra forma de vivir. Si antes mirábamos al mundo y dábamos la espalda a Dios, ahora debemos mirar a Dios y dar la espalda al mundo.

A lo largo de la Sagrada Escritura la llamada a la conversión es constante. No es obra de un día ni de un año, sino de cada día. Es cuestión de mantenernos en oración y nunca decir basta, ni considerarnos libres de caídas propias de nuestra débil naturaleza.

El profeta Joel, en la primera lectura de hoy, nos habla en nombre de Dios pidiéndonos que nos convirtamos de corazón diciendo: “Vuélvanse a mí de todo corazón. Ayunen, griten y lloren. ¡Vuélvanse ustedes al Señor su Dios, y desgárrense el corazón en vez de desgarrarse la ropa!” (Joel 12:13).

El profeta nos da una enseñanza a que observemos nuestra sinceridad. No basta con que hagamos manifestaciones externas de conversión, sino que lo importante es que cambiemos interiormente, y que se vean las obras de fe y de amor a Dios y a la humanidad.

Así también el apóstol san Pablo en su segunda carta a los corintios (5:20-6:10), nos anima a aprovechar la gracia de Dios, a no dejar pasar el tiempo oportuno, que en nuestro caso es ahora este tiempo de la cuaresma, para reconciliarnos con él.

Pero es sobre todo Jesús en el evangelio de san Mateo, quien nos pide asumir una actitud de sinceridad y humildad en nuestra conversión, haciendo uso de los recursos de la palabra, la oración y la meditación.

Así lo expresa: “Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta; que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; cuando reces no seas como los hipócritas, a quienes gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para que los vea la gente; cuando ayunes no andes con la cabeza hacia abajo, como los farsantes; perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre” (Mateo 6:1-6, 16-18).

Todo esto quiere decir que al Señor no le agrada nuestra hipocresía y que si engañamos alguna vez a la gente a él nunca lo podremos engañar. La verdad es, la triste verdad es que todavía no faltan entre nosotros quienes fingimos lo que no somos y esto Dios no lo acepta.

Que el rito de la ceniza que hoy se impone en nuestra frente sea más que costumbre un acto piadoso, que nos ayude a dejar a un lado todo aquello que nos aleja de Dios y servirle a él con amor y entrega personal.

 
 
 
 
 
 
 

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