Pascua 4 (A) - 2017

May 7, 2017

El cuarto domingo de Pascua tradicionalmente se ha denominado “Domingo del Buen Pastor”. Para esta ocasión, se nos invita a reflexionar sobre el papel que desempeña el sacerdote, el líder cristiano, como Buen Pastor. Es un discurso enigmático interpretado por medio de otro de significado perfectamente claro, para una cultura que se dedicaba a pastorear ovejas.

En los versículos del 1 al 5 del texto del Evangelio de Juan en el capítulo 10, Jesús propone las características esenciales de un buen pastor. Juan añade que los fariseos no entendieron su significado. Con el fin de orientar a sus seguidores, Jesús expone sus enseñanzas con claridad sobre este tema tan importante.

Jesús se presenta como el verdadero pastor de su pueblo. Saca a sus ovejas fuera del recinto del judaísmo para constituir un nuevo rebaño o comunidad mesiánica. Él se identifica con la puerta que da acceso a la salvación. Es Jesús, el Buen Pastor que comunica vida y vida en abundancia, con la garantía del equilibrio de vivir en paz y armonía con nosotros mismos y con los demás.

Todas las ovejas son posesión de Jesús ya que le han sido dadas por el Padre Dios y para que puedan entrar en el nuevo rebaño que se constituye perfectamente sólo en el tiempo futuro, es decir, tras la muerte y resurrección de Jesús. La realidad esencial del nuevo rebaño consiste en las nuevas relaciones que se instauran entre el pastor y las ovejas. Jesús va delante de ellas, las conduce y las ovejas se muestran dóciles a su voz y le siguen. Surgen entre Jesús y las ovejas relaciones de mutuo conocimiento y comunión.

La expresión “el Buen Pastor da la vida por sus ovejas” aparece cinco veces en el texto del Evangelio de hoy. La muerte de Jesucristo es el cumplimiento de la voluntad y del mandato del Padre, una manifestación de su amor, y su muerte se ordena a la resurrección como una victoria sobre la muerte. Estos dos acontecimientos constituyen la obra de la salvación.

Nuestro mundo necesita pastores que con amor, humildad y dedicación guíen a las ovejas descarriadas para mostrarles el buen camino a través del apoyo amable y compasivo, con el fin de alcanzar un estado de armonía y paz espiritual. Ese es el principio de la felicidad a la que todos aspiramos para alcanzar la salvación eterna.

Necesitamos pastores, sacerdotes, líderes cristianos como Jesús que estén dispuestos a dar la vida por sus ovejas. Hay que morir cada día, entregados incondicionalmente a la obra de la redención, tratando siempre de hacer el bien sin mirar a quién.

Existen muchos falsos pastores que sólo buscan prebendas de intereses personales descalificando la doctrina del Maestro de Nazaret, confundiendo al rebaño de Jesús, distorsionando sus enseñanzas, trayendo filosofías con falacias que exhiben un estilo de vida contrario al estilo de vida del cristiano, estilo que debe asimilar la mística del rebaño de Jesús que, en el fondo, es una comunidad de amor.

Esa comunidad de amor nos la presenta la lectura de hoy en el Libro de los Hechos de los Apóstoles. En pocos versículos describe las actitudes y prácticas que mantienen esa vida como efecto inmediato de los dones del Espíritu Santo. Todo estaba centrado en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles, la oración continua y la “fracción del pan” que es la celebración Eucarística como sacramento de la comunión con Cristo.

Lucas, que es el autor del Libro de los Hechos de los Apóstoles, añade algo más: esta unión se manifiesta en la comunidad de bienes, como comunión de vida. Los ricos vendían sus propiedades y las repartían entre los pobres. Esta preocupación por los desposeídos es la expresión manifiesta de la comunidad de amor del rebaño de Cristo como Buen Pastor. Finaliza estos cortos versículos describiendo el rápido crecimiento de la comunidad cristiana como signos de la presencia del Espíritu Santo y también como fruto de la fidelidad a Jesús, el Buen pastor.

El testimonio de vida de los cristianos ayer, hoy y siempre es el impacto mayor que acompaña todo proceso de evangelización. El salmo 23, uno de los salmos más edificantes, fortalece esta idea desarrollada en el texto del Evangelio de hoy al proclamar: “El Señor es mi Pastor nada me faltará. En verdes pastos me hace yacer, me conduce hacia aguas tranquilas. Aviva mi alma y me guía por sendas seguras por amor de su Nombre”. Aunque los problemas nos quieran ahogar y las dificultades nos acorralan, Dios está ahí con nosotros para conducirnos a aguas tranquilas como el Pastor va junto a sus ovejas.

Hay muchas ovejas descarriadas que pertenecen al redil de Cristo, y al mismo tiempo, hay escasez de buenos pastores que salgan en busca de esas ovejas errantes por el mundo; ovejas perdidas por estar prisioneras de la maldad de una sociedad sin Dios.

Muchos pastores viven distraídos obsesionados con sus títulos, sus poderes y sus posesiones de bienes materiales. Muchas veces descuidan el redil que se les ha encomendado. Muchos pastores han convertido el rebaño de Cristo en negocios lucrativos abultando sus bolsillos y alejándose de las genuinas enseñanzas del maestro de Galilea, Jesús, el Buen Pastor.

La Iglesia debe volver a las enseñanzas de los Apóstoles y a las prácticas de la primera comunidad cristiana descrita en el Libro de los Hechos de los Apóstoles: “los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común” (Hechos 2:44). Los cristianos estamos muy divididos por ideas egoístas, intereses administrativos, razas, culturas y clases sociales olvidando que hay una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios y Padre de todos. Muchos pastores se han constituido en francotiradores de teologías baratas que a veces la llaman de la prosperidad. El mejor honor que le hacemos al Buen Pastor es luchar por la unidad de todos los cristianos, aún reconociendo la diversidad de razas, culturas e ideologías.

No podemos darnos el lujo de presentar una imagen de un “Cristo roto” a la humanidad hambrienta de verdades trascendentales ni distorsionar la recta doctrina del Cristo Liberador que representa la imagen del Buen pastor que llama a sus ovejas por su nombre.

Rescatemos esa ovejas perdidas y descarriadas que vagan por el mundo sin Dios y sin amor y que nosotros los pastores demos un testimonio vivo de unidad y entrega llegando a decir a todo pulmón: “ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida y en la casa del Señor moraré por largos días”.

La gloria sea para Dios: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu santo.

 
 
 
 
 
 
 

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