Pascua 6 (B) – 2012

May 13, 2012

Las lecturas de hoy nos ofrecen el tema del amor. Vamos, pues, a meditar sobre ese tema tan importante en nuestra vida cristiana. Ante todo debemos aclarar un problema que existe con el tema del amor al prójimo, incluso con el mismo término de amor. La palabra “amor” que, de tanto usarla, ha acabado devaluándose, tiene en nuestro idioma multitud de contenidos y de significados.

Hay quienes no entienden apropiadamente lo que significa el “amor al prójimo” y el “amor a Dios”. Siempre que se trata este tema, surge cierta connotación sexual, como si amar a alguien exigiera de parte y parte, un compromiso de tipo físico. Para muchas personas hoy pronunciar la palabra amor ya implica sexo. Por esto, para volver a reconocer lo que significa “amar” es preciso descubrir la entrega de Jesús. Solo así se puede entender que Dios es amor.

Al descubrir el valor de la entrega de Jesús por todos, su profundo significado, lograremos recobrar el sentido y valor del amor, de amar, de entregarse por amor a alguien. Podremos entender lo que Jesús dice por el evangelio de Juan: “Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mi…” (Juan 15:9-17). Y más adelante explica en qué consiste amar, cuando afirma: “Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”.

Ahora, esta es la explicación que el Señor da de su amor hacia el Padre y viceversa. Pero el significado de nuestro amor al otro, lo explica Jesús diciendo: “Mi mandamiento es este: que se amen unos a otros como yo los he amado a ustedes”. Y para dar la razón de su muerte en cruz, afirma: “El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos”. O sea que el amor es una acción reciproca, donde el egoísmo no tiene cabida, de allí que querer amar a alguien pensando solo en el sexo, es querer pensar también que el amor es egoísta, individualista e interesado.

El amor que nace en Dios y a Dios vuelve, es totalmente creativo, reconstructivo, renovador, que hace del que lo practica, un ser nuevo. El amor, que viene de Dios, es misericordioso, salva y perdona.

Con estos elementos podemos entonces examinar nuestro amor a Dios y al prójimo, amores que son recíprocos, se complementan, el uno no puede existir sin el otro, por eso Jesús dice en el evangelio:”Si dices que amas a Dios y no amas al prójimo, eres un mentiroso”. Nuestra labor evangelizadora consiste en propagar el amor de Dios mediante el bien que hacemos a los demás. La evangelización es una obra que se realiza a través de las obras diarias. Cuando los discípulos de Juan Bautista fueron a Jesús preguntándole quién, Jesús respondió: “Díganle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios…”.  Ser cristiano hoy consiste en amar, entregarse, donarse, sin esperar retribución alguna, porque vivimos en un mundo que se ha globalizado hasta para hacer el bien.

El amor se expresa también a través del perdón. Quien quiera amar a otra persona, debe primero perdonar a quien le ha ofendido, y  pedir perdón a quien ha sido objeto de su ofensa. Porque, como el amor libera a la persona, así el perdón rompe las cadenas del odio, del rencor, haciéndonos libres para seguir amando. Es algo que la mayoría de los cristianos repetimos en la oración que el Señor enseñó a sus discípulos, el padrenuestro.

Todas las obras de amor de Jesús a tantas gentes de su tiempo, terminan con la misma frase: “Vete en paz, tus pecados son perdonados”. Es el pecado el que nos enferma, nos aniquila, nos esclaviza, de ahí la necesidad de perdonar o pedir perdón para logar la liberación verdadera. Y una vez perdonados, somos renovados por el Altísimo, que derrama su gracia sobre nosotros haciendo de nosotros una nueva creación, dándonos una nueva vida.

Demos comienzo a un nuevo mundo, a una nueva sociedad, a una nueva comunidad cristiana, sembrando la semilla del amor en cada corazón, en el corazón de nuestros hijos y familiares.

El Señor nos habla por la Primera carta de Juan haciendo referencia a este tema. El apóstol dice: “Y el que ama a un padre, ama también a los hijos de ese padre. Cuando amamos a Dios y hacemos lo que él manda, sabemos también que amamos a los hijos de Dios” (1 Juan 5:1-6). Nuestra evangelización se realiza en el amor a Dios y a sus hijos, a quienes debemos mostrar el amor divino mediante nuestro testimonio vivo.  Poco a poco, así, vamos irradiando y asperjando el mensaje de Dios y su amor por nosotros por la entrega de su Hijo.

Evangelizar consiste en hacer tomar conciencia a los demás del amor de Dios por nosotros y en qué consiste ese amor, en que…”Dios nos dio a su Hijo unigénito, que murió y muerte de cruz”. Evangelizar consiste en propagar el evangelio vivo de la obra que Cristo hace y ha hecho y va a hacer, en cada uno de nosotros.

La evangelización es una obra –como lo explicó él mismo a los discípulos de Juan el Bautista–, viva, renovadora, provocadora, tentadora en el buen sentido de la palabra, que invita a la vida en Dios. Una evangelización de palabra se la lleva el viento, en tanto que los hechos de vida, las obras, permanecen en la mente de las gentes. Aunque debemos hacer uso de los medios de comunicación, como signo de los tiempos, para difundir la palabra de Dios y hacer comprensible, el mensaje de vida.

Llevemos pues, el mensaje de Dios mediante nuestro testimonio de vida para que los demás entiendan en qué consiste el amor Dios, entregándonos sin límites, compartiendo lo que tenemos y sabemos. Mostrando que para nosotros, evangelizadores, es importante el amor a Dios, y el amor al prójimo, porque son recíprocos, se necesitan para existir.

Con nuestro cariño y afecto a los demás, mostraremos que el amor, es entrega, dar la vida por el otro como lo hizo Cristo. Solo amando de verdad, lograremos vivir lo que el Señor dice en el evangelio de Juan: “Les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría sea completa”. Solo en Dios hay completa satisfacción, completa realización, verdadera liberación.

 
 
 
 
 
 
 

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