Pentecostés 10 (C) - 18 de agosto de 2019

August 18, 2019

Cuando invocamos el nombre de Jesús siempre sentimos un gran alivio y paz, especialmente cuando enfrentamos situaciones difíciles. Este sentimiento nace con la dulce historia de su nacimiento en Belén, se afianza con su Bautismo en el río Jordán cuando se abren los cielos y el Padre lo proclama como su Hijo único y su elegido, y alcanza su máxima expresión  con su muerte y resurrección. Jesús, por medio de sus enseñanzas, milagros y ejemplo, nos invita a acogernos a su amparo; así lo expresa hermosamente en el evangelio de Mateo, capítulo 11, versículo 28: “Vengan a mí, todos ustedes que están cansados y agobiados de sus cargas, y yo los haré descansar”.

Aunque esta idea sobre Jesús es completamente válida, también podemos correr el riesgo de pensar que él vino a este mundo para hacer desparecer nuestros problemas y sufrimientos, y que podemos vivir bajo su completo cuidado, dependiendo únicamente de él para lograr la calma y la solución a todo lo que nos pueda preocupar. Esto era lo que el pueblo hebreo esperaba del Mesías: un descendiente del rey David que viniera a liberarlo de sus opresores y quien impusiera, finalmente, una paz duradera que nada pudiera perturbar.

Pero, resulta que con Jesús no es así, el Mesías no vino a traer paz. Así lo declara contundentemente en el Evangelio de hoy: “¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? Les digo que no, sino división. Porque de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres.” Estas palabras de Jesús son sorprendentes y hasta casi traumatizantes; parecen contradecir todo lo que pensamos de él. Sin embargo, ésta no es la única vez que nuestro Señor rompe con el marco en el cual lo hemos encerrado como si se tratara de alguien etéreo, sin ninguna emoción, excepto perfectas paz y calma. Recordemos, por ejemplo, el relato en el templo, lleno de ira, con un látigo, sacando a los comerciantes que han hecho de la casa del Padre un sitio de comercio y no un lugar de oración; también le vemos, en otros relatos, enfrentando a los maestros de la ley y a los fariseos, llamándolos hipócritas por no practicar lo que predican.

Se dice que la forma más constructiva para que un pueblo alcance la verdadera prosperidad no es “dándole el pescado”, sino “enseñándole a pescar”, a ser recursivo, emprendedor, trabajador. De la misma forma Jesús no vino a darnos la paz, sino a enseñarnos cómo alcanzarla poniendo de nuestra parte, para así lograr la paz que realmente perdura y que finalmente nos lleva a la salvación.

Para enseñarnos a alcanzar dicha paz, Jesús, a través de sus enseñanzas, nos abre la conciencia sobre el pecado de la violencia, la opresión, el odio, la explotación y la falta de amor y caridad, haciendo un llamado para que renunciemos a toda violencia y abracemos el camino del amor al prójimo y a Dios. Al hacer eso, Jesús está reafirmando el mensaje del profeta cuando, en forma poética, se refiere al pueblo de Israel como si fuera un viñedo; dice Isaías que ellos han dado un fruto de uvas agrias y no dulces como esperaba el viñador: “El Señor esperaba de ellos respeto a su ley, y solo encuentra asesinatos; esperaba justicia, y solo escucha gritos de dolor”.

Este llamado a un cambio radical de vida a todo nivel, a dar frutos dulces de justicia y paz, donde todo ser humano rompa con el pecado y se comprometa a vivir con caridad, respeto y amor para con los demás, iba a encontrar una terrible resistencia por parte del mundo, el cual haría todo lo posible por eliminar dicho mensaje y sus mensajeros si fuera necesario, causando dolor y división entre los seguidores de Jesús.

De esto, precisamente, es de lo que nuestro Señor nos habla cuando hace la declaración tan sorprendente de hoy. Se trata de un llamado a despertar al hecho de que los poderes malignos que actúan en el mundo van a reaccionar con violencia frente a nuestros esfuerzos por seguir el camino del amor, la justicia y la paz que nos muestra Jesucristo y que lleva al Padre. Es un llamado a estar alertas, preparados para tomar la cruz, enfrentando las consecuencias de nuestra obediencia a Jesucristo y su seguimiento, pues el primer afectado por esa reacción violenta del mundo fue el mismo Jesús: “Tengo que pasar por una prueba, ¡y cómo sufro hasta que se lleve a cabo!”. Esa prueba es su pasión y muerte; pero con su resurrección, venció los poderes del mundo mostrando que los caminos de Dios, es decir, del amor, la paz y la justicia, son más poderosos que la violencia y la muerte de este mundo.

Después de Jesús siguieron los mártires quienes dieron sus vidas por proclamar la buena nueva de la victoria de Jesucristo sobre la violencia y la muerte; pero también vino la división anunciada por él, la cual surgió pronto entre sus seguidores y continúa todavía en la iglesia universal, causando dolor y discordia, muchas veces en el seno de nuestras familias, debido a rupturas entre miembros de diferentes denominaciones probando así la veracidad del anuncio de nuestro Señor en esta mañana.

Entonces, no debemos alarmarnos, ni entristecernos, ni confundirnos ante las fuertes palabras de Jesús en el Evangelio. Por el contrario, esas palabras confirman nuestra fe en él. No hay contradicción en su amoroso llamado a ir hacia él en busca de alivio y sosiego, de refresco ante el buen pastor en quien confiamos y a quien seguimos. A él podemos acudir confiadamente en nuestros momentos de dolor y angustia, o para darle gracias en nuestros momentos de dicha y celebración. Esa confianza está cimentada en el hecho de que él, en lugar de imponernos su paz, nos señala el camino, dando su vida para que nosotros podamos continuar la ardua jornada por la paz y la salvación. Hoy más que nunca debemos fortalecer nuestra fe en nuestro Señor, quien nos invita a tener en cuenta los signos de los tiempos para renovar nuestros esfuerzos por la paz.

Así, como los discípulos de Jesús y la iglesia en los primeros siglos vivieron tiempos muy difíciles donde los poderes destructivos del odio y la violencia parecían estar ganado la batalla, nosotros también estamos presenciando momentos desgarradores, donde familias y comunidades enteras huyen de la violencia de las zonas más críticas del mundo, buscando refugio en las grandes potencias de Europa y Norteamérica para, finalmente, ser tratadas con odio, desprecio y persecución; allí, siguen siendo ignoradas las voces de los mensajeros de Dios que se alzan para denunciar, como Isaías, las injusticias y los asesinatos. Las palabras de la Carta a los Hebreos nos llegan hoy para confirmar el llamado de alerta de Jesús y darnos fuerza y esperanza en el camino a seguir: “Por tanto, nosotros, teniendo a nuestro alrededor tantas personas que han demostrado su fe, dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos enreda, y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante. Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es el que la perfecciona.”

En el nombre de Jesucristo,

Amén.

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Iglesia Misión St. Luke’s-San Lucas de Chelsea, Massachusetts, y Co-Chair del Comité del Ministerio Hispano de la Diócesis de Massachusetts.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto