Presentación del Señor – 2015

February 2, 2015

La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo tuvo su origen en Jerusalén hacia el siglo IV y se celebraba según la narración del evangelio de san Lucas. Cuando más tarde esta fiesta se extendió por Siria, hacia el siglo VI, recibió el nombre de “encuentro” entre Simeón y Jesús, según el versículo 28 del evangelio de hoy.

Hacia el año 750, en las Galias, lo que hoy es Francia, tomó el nombre de “Purificación de la Virgen María”, título que se conservó hasta l969. En Roma, donde la misa tenía lugar al alba, el papa Sergio I (687-701) hizo que a la misa le precediera una procesión en la que todos llevaban un cirio; de ahí el nombre popular de “la Candelaria”.

La denominación actual de “Presentación del Señor en el templo” se ajusta más al evangelio y a la práctica original celebrada en Jerusalén. Además se vincula más al misterio de la encarnación del Hijo de Dios.

Tras esta breve reseña histórica pasamos ahora a ver su origen y significado teológico. La costumbre de la “Presentación” nos recuerda la ley judía (Éxodo 13:1-2. 15) que mandaba consagrar a Dios a todo primogénito en memoria de la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto, cuando los primogénitos varones egipcios murieron y los de los israelitas se salvaron.

Malaquías, el último en la lista de los profetas escritores, predice, de nuevo, la venida del anunciado en multitud de ocasiones por todos los profetas. Y anuncia dos venidas: la de un mensajero encargado de preparar al pueblo de Dios para el encuentro con su Señor, y la venida repentina del Señor mismo “a su Templo”. Al entrar en el templo, Cristo inaugura el tiempo de la purificación decisiva del sacerdocio y del pueblo entero, el del culto en espíritu y verdad.

San Pablo, en la carta a los hebreos, afirma que Jesús, el Mesías, “tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere” de esta manera se convierte en el verdadero “Mediador”, auténtico “puente” “pontifex” entre Dios y los seres humanos. Y como él pasó por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasamos por ella.

En el evangelio, san Lucas nos describe cómo Jesús es presentado en el templo por sus padres, de acuerdo con la prescripciones de la ley (Éxodo 13: 1-2.15). En realidad, es el último mensajero de Dios que viene a su Templo, como reconoce el anciano Simeón. En el Espíritu Santo, Simeón discierne que este niño, aparentemente igual que todos los demás, es aquel a quien anunciaron los profetas, primogénito de una multitud de rescatados, “luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel”.

“El padre y la madre estaban admirados de lo que [Simeón] decía acerca del niño”. María sufriría más que nadie, en lo profundo de su ser, en su corazón, viendo que muchos rechazaron esta luz.

Al canto de alabanza y a la alegría de Simeón se une una mujer, también ella anciana, que se convierte en la primera mensajera de la buena noticia de la venida del Salvador, como otras mujeres lo serán de la resurrección.

Finalmente, el evangelio nos dice mucho en el último versículo: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”. Posteriormente, Jesús demostrará en su vida toda la sabiduría divina que brotaba de él. Y no podía ser de otra manera, pues Dios lo acompañó siempre.

Muchos hispanos siguen practicando esta bella costumbre de presentar a sus hijos en el templo, para que desde los primeros pasos de sus vidas queden consagrados a Dios.

Esta costumbre bíblica es diferente a la otra “presentación”, de niños de tres años. En esta ocasión de trata de una acción de gracias porque los niños han superado el período difícil que va del nacimiento a los tres años. Época en que muchos niños mueren en países pobres. Costumbre ésta, también bíblica. Los primeros vestigios bíblicos los encontramos en el Génesis, cuando Abraham y Sara, todavía asombrados por haber tenido un hijo en la ancianidad, dan gracias a Dios y ofrecen un banquete cuando destetan a Isaac, a los tres años (Génesis 21:1-8).

Todas estas prácticas bíblicas y religiosas, lo que buscan es mantenernos constantemente en relación con la divinidad, para que aparezcamos ante Dios siempre con corazones puros y limpios.

 
 
 
 
 
 
 

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