Propio 10 (B) – 2015

July 12, 2015

Queridos hermanos y hermanas: el evangelio de hoy nos habla de la confusión que tenía el pueblo sobre la persona de Jesús, pues unos creían que Juan el Bautista había resucitado, otros que era Elías que volvió y otros lo confundían con otro profeta del Antiguo Testamento. Esto preocupó mucho al rey Herodes. Tenía miedo debido a la vida pecaminosa en que vivía y su lejanía de la presencia de Dios. Al igual que Herodes, en nuestro mundo hay muchos que confunden a Jesús por el mismo miedo a saber la verdad.

El personaje de Herodes se repite en la historia de la humanidad con cierta frecuencia. Cada vez se hace más difícil aceptar las verdades que ayudan a la realización personal y que dan vida y tranquilidad de espíritu a los seres humanos. Los herodes del siglo veintiuno tienen miedo que Jesús aparezca como la sombra de los que ellos han eliminado para justificar sus malas acciones. Eliminan a los Juan Bautista, es decir, a los profetas que anuncian y denuncian con la palabra de Dios como argumento para cambiar nuestra manera de pensar, y consecuentemente, cambiar nuestra manera de vivir.

Herodes pensó que cortando la cabeza del Bautista la verdad sería eliminada junto con las voces que la proclaman, pero se equivocó. El tetrarca Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, tiene tanto miedo que confunde a Jesús con Juan el Bautista resucitado.

Muchos dirigentes políticos y religiosos siguen confundiendo a Jesús con un dios hecho a la medida de sus intereses mezquinos. La descripción del martirio de Juan muestra la crueldad a la que llegan los poderosos para tratar de callar la conciencia crítica de los profetas de todos los tiempos. El esquema del Imperio romano se sigue repitiendo hoy día con la persecución de hombres y mujeres que encarnan la verdad de Jesús y la proponen en nuestra sociedad.

También esto es un signo premonitorio de lo que le espera a Jesús y a todos aquellos que siguen y practican los principios cristianos que Jesús nos legó. Esta es la promesa que Jesús anuncia a sus discípulos y a todos los que se toman en serio la opción por la vida como base fundamental del reino de Dios. Vivimos en una cultura de muerte donde se decapitan a los cristianos que no renuncian a su fe, una cultura donde los misiles nucleares son una amenaza constante de destrucción y muerte para muchos pueblos y una cultura donde se infravalora la vida y sus grandes aportes a la humanidad.

Hay muchos herodes modernos decapitando a los nuevos Juan Bautista, a los profetas que proclaman la verdad que les molesta, la verdad del reino de Dios que libera y trae justicia, dicha por los nuevos profetas de Dios que la proclaman sin importarles que les supriman la vida porque eso es, precisamente, ganancia de vida para la eternidad. La vida de los profetas es una bendición porque su muerte genera vida en la comunidad y vida en abundancia. Es como decía Tertuliano: “La sangre de los cristianos es semilla de los nuevos cristianos”. El poder del mal quiere imponerse en la humanidad a través de la encarnación de los herodes políticos, religiosos y líderes sociales que quieren callar la verdad de Dios.

Pablo en la carta a los cristianos de Éfeso nos pondera esa bendición de ser profeta de Dios en ese himno tan hermoso que hemos escuchado en la segunda lectura de hoy: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien por medio de Cristo nos bendijo con toda clase de bendiciones espirituales del cielo” (Efesios 1:3). El autor de Efesios toma aliento profundo en este grandioso inicio de la carta para pronunciar su bendición de una sola alentada, en una única frase, bajo la fuerza de un entusiasmo incontenible. Bendición que debe transmitirse a todos los seres humanos para detener el mal en el mundo.

En esa bendición están expresados el gozo profundo del profeta que anuncia la verdad del reino y la acción de gracias de los oyentes de la palabra de Dios compartida por toda la comunidad de fe ante el momento decisivo de su compromiso bautismal de una nueva vida en Cristo. La bendición nos abre la maravilla del plan de salvación de Dios y viene presentada como un diálogo de amor entre las tres divinas personas que se desborda en la creación del mundo y de los seres humanos revelándose en la historia y en la plenitud de los tiempos en Jesucristo.

En cada predicador y en cada cristiano comprometido está la persona de Jesucristo y del profeta de nuestro siglo poniendo a los herodes frente a la pared para que no sigan cortando cabezas, fuente de la dinámica ponderosa de la palabra de Dios que nos conduce a la única verdad que nos libera y nos salva. Juan Bautista fue decapitado, pero sus palabras y su testimonio siguen vivos en el corazón de los cristianos de nuestra sociedad que buscan constantemente a Dios. La palabra de Dios no muere con el mensajero, al contrario se multiplica con su muerte.

La palabra de Dios da vida y vida en abundancia. Urgen los profetas como Juan el Bautista, Pablo, Juan el Evangelista, Ezequiel, Isaías, Santiago… que no tengan miedo de gritar a todo pulmón que la palabra de Dios es liberadora y proporciona la vida en abundancia necesaria para realizarse y ser feliz. Ya basta de la cultura de muerte, del terrorismo, de cortar cabezas o lanzar misiles nucleares que solo sirven para destruir.

Decidamos definitivamente llenar el mundo con la palabra viva de Dios en cada rincón del planeta proclamando sin miedo que Jesús está en cada cristiano fiel, en cada catequista fecundo y en cada predicador eficiente si realmente somos fieles a ese Jesús Liberador. Pidamos fervientemente al Todopoderoso que nos libre de los herodes crueles de nuestro siglo y dejémonos tocar por la palabra de Dios para que cambie nuestra manera de pensar y nuestra manera de vivir poniendo en orden nuestras vidas.

Pidamos al Dios Todopoderoso que nos llene de valor para seguir predicando la buena noticia del reino sin importarnos el peligro sabiendo que Él nunca nos abandona. A Dios sea la gloria y el honor por los siglos de los siglos.

 
 
 
 
 
 
 

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