Propio 11 (C) – 2013

July 21, 2013

Todos tenemos la libertad de ser quienes queremos ser y ninguno tiene la obligación absoluta de hacer las cosas que hacemos en la vida. No hay carrera, vocación o trabajo que tengamos que ejercer. No hay una persona específica a la que tengamos que amar. No hay ley que nos dicte tener hijos o no tenerlos, quedarnos solteros/as o contraer matrimonio, trabajar o no trabajar, estudiar o no hacerlo. No hay lugar específico en el mundo donde uno tenga que vivir. En nuestra cultura no hay reglas que dicten qué debemos comer o dejar de comer. En fin, hay pocas cosas en la vida que uno tiene que hacer, pero todos escogemos aquellas opciones que pensamos ser las mejores para nosotros.

Cada mañana nos enfrentamos a nuestras largas listas de deberes y escogemos aquéllos que nos parecen necesarios. ¿Qué nos inspira a escoger lo que seleccionamos? Puede que sean nuestros valores religiosos, culturales y sociales, nuestros instintos y enseñanzas morales que determinen lo que hacemos o dejamos de hacer. También las voces de los que nos rodean: las personas que nos formaron, los que nos dieron disciplina y los que nos aman a veces contribuyen a que determinemos qué hacer, a pesar de nuestros propios prioridades y deseos.

El evangelio de hoy nos presenta a dos hermanas que recibieron a Jesús en su hogar. Las tradiciones de hospitalidad de aquella época y las nuestras hoy día son bastante parecidas ya que uno siempre desea proveerle la mejor hospitalidad al huésped para que pase la mejor velada posible. A veces, por querer ofrecerle lo mejor que tenemos a nuestros huéspedes, nos afanamos de tal manera que perdemos la perspectiva de la visita que esperamos. Así fue con Marta en el evangelio de hoy. Se afanó de tal manera para que la cena estuviera lista, la casa limpia que se desesperó con su hermana María que escogió honrar a Jesús dándole toda su atención y escuchando lo que él quería compartir. De haber sido por María a lo mejor se hubieran comido una cena ligera y hubiera habido polvo por la casa, porque ella prefirió dedicarle toda su atención al maestro y amigo.

A veces, cuando tenemos visita y estamos sentados a la mesa compartiendo, hablando y riendo nos levantamos de repente sin haber terminado aún el último bocado, nos enfocamos en retirar los platos, preparar el café, sacar el postre, en fin, nos alejamos de la visita para seguir atareados. ¿Cuántos de nosotros no nos lanzamos a recoger y a limpiar la cocina ahí mismo, a lavar todo mientras escuchamos lo que se está conversando en el comedor encima del ruido del agua corriendo.

María decidió dejar los platos en la mesa para escuchar las enseñanzas de Jesús porque ella escogió alimentar su alma. Los trastes estarían en el mismo lugar a la mañana siguiente, pero la visita no. Es parte de nuestras costumbres y tradiciones el estar afanados…en vez de esuchar, contemplar y compartir. Vivimos en un mundo atareado, somos parte de una cultura que corre a toda prisa, siempre con deberes y estamos constantemente haciendo algo.

El evangelio de Lucas (que hemos estado escuchando desde el segundo domingo después de Pentecostés y que seguiremos compartiendo hasta el domingo de Adviento) nos invita a reflexionar sobre la voz proféctica de Jesús y a encontrar el equilibrio que él quiere que tengamos para aprender y desempeñar su visión divina. Por eso las conductas de Marta y María se presentan juntas, una no es más importante que la otra, pero la manera de hacer las cosas de esas hermanas puede indicarnos el equilibrio que necesitamos en nuestras vidas.

El evangelio de Lucas provee ejemplos de la manera en que podemos orientar nuestras vidas hacia el discipulado de aprendizaje y de misión en acción. Este evangelio también nos ayuda a ver lo que se puede aprender de las Sagradas Escrituras si escogemosescuchar y aprender de ellas. La lectura de hoy nos invita a ser tanto Martas como Marías. Hacer sin escuchar la palabra puede resultar en acción sin propósito…escuchar la palabra sin tomar acción puede resultar en un ejercicio sin propósito.

A pesar de que la vida no nos impone valores ni requisitos absolutos, tenemos que escoger cómo manejarnos en ella. No sé si ustedes a veces sienten que la vida lo controla a usted y eso es porque vivimos en un mundo cada vez más complicado. Hacemos cosas que no nutren nuestra confianza, nuestra imaginación ni nuestros valores y a veces nos sentimos inútiles porque no disfrutamos de la luz de la vida.

Jesús nos invita a expresar lo que sentimos, a enseñar lo que aprendemos, a compartir lo que tenemos y, sobre todo, a disfrutar de la abundancia que Dios nos da. Jesús nos invita a escuchar y a aprender del prójimo en vez de aislarnos. En comunidad nos sentimos incluídos, amados, capacitados para confrontar los desafíos que nos presenta la vida.

La autora Marianne Williamson escribió una reflexión que compartiré con ustedes. Nos invita a explorar cómo equilibrar a la María que escucha y a la Marta que está atareada. Esta reflexión nos anima a explorar el equilibrio espiritual entre el escuchar la palabra de Dios y actuar como representantes de Cristo en el mundo. Mientras escuchamos lo siguiente les invito a dejar los trastes en el fregadero, el carro sin lavar, el Facebook sin respuesta por un rato para que, de esa manera, podamos visualizarnos y visualizar a Marta y a María mientras Jesús las visitaba.

La autora escribió lo siguiente: “Nuestro más profundo temor no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin medida. Es nuestra luz y no nuestra oscuridad lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿Quién soy yo para resplandecer, ser hermoso, talentoso, fabuloso? En realidad, quien eres tú para no serlo? Tú eres una criatura de Dios. Tu deseo de no sobresalir y de minimizarte y hacerte pequeñita o pequeñito no beneficia al mundo. A nadie le beneficia el que uno se minimize y esté ocupado con las pequeñeces de la vida. Todos estamos destinados a resplandecer. Nacimos para manifestar la gloria de Dios que está dentro de nosotros. Cuando permitimos que nuestra luz brille, inconscientemente le otorgamos al prójimo la posibilidad de resplandecer también. Al liberarnos de aquello que nos sepera de Dios, nuestra presencia automáticamente libera a otros”.

Les invito entonces a que se liberen de las ataduras, a que tomen un momento para sentir la glorificación de Dios en ustedes, y con esa presencia glorificada a prestarle atención a quienes están junto a ustedes. Capten sus imágenes, escuchen sus voces, perciban sus emociones y respóndales con todo corazón haciéndole ver que usted honra la dignidad de esa persona, de la misma manera que Cristo honra nuestra dignidad.

 
 
 
 
 
 
 

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