Carta Pastoral de los Obispos de la Iglesia Episcopal

March 18, 2009

Reunidos en Hendersonville, Carolina del Norte, del 13 al 18 de marzo de 2009 a la Iglesia y a nuestros compañeros en misión en todas partes del mundo.

He aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. - Filipenses 4:11b – 13

Al reunirnos como Cámara de Obispos en el Campamento y Centro de Conferencias Kanuga para nuestro Retiro anual de primavera, somos conscientes que la crisis financiera continúa empeorando. Reconocemos que no hay soluciones fáciles para los problemas que enfrentamos. En los Estados Unidos se ha dado una reducción de la riqueza global de un 30%, los precios de las viviendas han caído un 26% y el déficit del PBI es dos veces y medio mayor que el promedio de 50 años. La tasa de desempleo actualmente supera el 8% y se estima que podría alcanzar el 10% para fines de año. En los Estados Unidos hay más de 8 millones de casas que están en proceso de venta judicial. El nivel de confianza del consumidor se encuentra en el nivel más bajo de los 50 años.

La irresponsabilidad y la codicia sin paralelo, las prácticas de préstamo predatorio y el consumismo descontrolado han hecho empeorar la justicia económica a niveles nacionales y mundiales. El impacto global es difícil de calcular, excepto que los pobres serán más pobres y se ha puesto en riesgo nuestro compromiso para trabajar en el logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para el año 2015. Un espectro del temor está surgiendo no sólo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo, y a veces causa que la gente ignore el mandato evangélico del autosacrificio y la generosidad cuando luchamos para nuestra preservación en una cultura de escasez.

La crisis es tanto económica como del medio ambiente. La sequía que agobia a Texas, partes del Sur de los Estados Unidos, California, África y Australia; la fuerza de los huracanes que han creado tanto caos en el Caribe, América Central y la Costa del Golfo o la tormenta de hielo en Kentucky, y otros desastres naturales causados por el cambio climático, han resultado en una inmensa falta de trabajo, en el aumento de los costos de la producción agrícola y el empeoramiento de la hambruna mundial. Las guerras sobre los recursos naturales que escasean y en que las naciones se han involucrado no sólo matan y destruyen a quienes pelean, sino también a los civiles, destrozando familias y destruyendo la tierra. Como pueblo, hemos dejado de ver esta conexión, separando y minimizando las preocupaciones para continuar viviendo sin dar importancia al cuidado de todo lo creado por Dios y la mayordomía de los recursos de la tierra que podrían conducir a un mundo más justo y pacífico.

En esta Cuaresma, Dios nos llama al arrepentimiento. A menudo en la Comunión y en la Iglesia nos hemos preocupado por asuntos internos centrados estrechamente y esto ha consumido nuestra energía y nuestro interés y excluyendo así la preocupación por las penurias en nuestra nación y en todo el mundo. A menudo hemos omitido hablar persuasivamente sobre un compromiso con la injusticia económica. A veces hemos omitido decir verdades a los poderosos, a denunciar la codicia y el consumismo que se ha compenetrado en nuestra cultura y muchas veces hemos dejado que la cultura nos defina en lugar de ser formada por los valores evangélicos.

Aunque nuestro compromiso con los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio que se preocupan por la erradicación de la extrema pobreza nos impulsa hacia la norma de la enseñanza de Cristo, muchas veces no hemos alcanzado al transformación a la que Cristo nos llama en nuestras propias vidas para que podamos hacer realidad el paradigma divino de la abundancia que Dios quiere para todos.

Todos han sido afectos por la contracción de la economía mundial. Para algunos estos son momentos de grandes pérdidas: de trabajo, de hogares o de un estilo de vida. Y para los más vulnerables, esta declinación económica representa una emergencia de proporciones catastróficas. Como el Hijo Pródigo que vuelve en sí y regresa a su hogar, nosotros como pueblo de Dios buscamos una nueva vida. Reconocemos que esta crisis no invita a una mayor simpleza, un ajuste de cinturones, un ayuno cuaresmal más prolongado y a una mayor generosidad. La abundancia y la generosidad de Dios nos cubre y abraza, esperando darnos el poder por el Espíritu Santo para enfrentar los días venideros.

En medio de una época de ansiedad y temor el Espíritu Santo nos invita a la esperanza. La ansiedad, cuando se expresa, puede ser atendida, bendecida y transformada en energía y esperanza; pero si se la ignora o esconde, el temor y la ansiedad pueden ser corrosivas e impulsarnos al abatimiento. Nosotros, los cristianos, creemos que el gozo y la esperanza surgen para aquellos que tienen el valor de enfrentar al sufrimiento. En su carta a los Romanos, San Pablo incluso llega a gozarse en sus sufrimientos porque “el sufrimiento produce perseverancia, la perseverancia carácter, el carácter produce esperanza y la esperanza no nos defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” Nuestra crisis actual nos presenta oportunidades para aprender de nuestros hermanos y hermanas en la fe de otras partes del mundo que siempre han sido baluartes de la fe en medio de aun mayores calamidades económicas.

También podemos aprender de nuestros antepasados espirituales, quienes también se encontraron en una crisis económica y existencial durante cuarenta años, en su viaje desde Egipto a Israel. Aunque se quejaban en Egipto, al principio también se quejaron en el Sinaí. Y después de sus gemidos, quejas y regreso a la comodidad de la adoración de ídolos, se centraron y comenzaron a comprender.

Ellos aprendieron que ellos necesitaban el desierto para recobrar su valor y poner su plena confianza en Dios y así descubrir la propia singularidad que Dios les había dado y que había sido borrada durante su cautividad en Egipto. Ellos aceptaron ciertas reglas básicas que les permitirían vivir en la comunidad de un pueblo libre y no de cautivos o esclavos: las reglas que Dios les dio en los Diez Mandamientos. Y, quizás, todavía más importante, nuestros antepasados espirituales aprendieron que el desierto es un lugar único para la abundancia y los milagros de Dios. Descubrieron que el desierto era un lugar donde el agua brotaba de una roca y el maná aparecía en la tierra: comida y bebida provista milagrosamente por Dios.

Ahora que estamos pasando por nuestro propio desierto, nuestros antepasados espirituales también nos indican el camino hacia una esperanza profunda y duradera. Podemos volver a descubrir nuestra propia singularidad que surge de la convicción de que nuestra riqueza se determina por lo que damos y no por lo que tenemos. Podemos volver a descubrir el maná, la extraordinaria expresión de Dios para la abundancia. Semana tras semana, en las congregaciones y comunidades de todo el mundo, se nos sirve el maná. La Eucaristía es el maná que compartimos. Los dones ordinarios del pan y del vino son puestos en el altar y se hacen el Cuerpo y la Sangre de Cristo: Recibimos el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor y al hacerlo somos atraídos cada vez más hacia el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo.

Del mismo modo en que nuestro Señor irrumpió en el aislamiento de los discípulos encerrados por el miedo que tuvieron después de su sufrimiento y muerte, nosotros también somos el Cuerpo de Cristo llamado a irrumpir en medio de la soledad y ansiedad de esta época, atrayendo a la gente de sus temores y aislamiento hacia el abrazo reconfortante de Dios en medio de la reunión de su comunidad de esperanza. Como discípulos del Cristo Resucitado se nos han dado dones para demostrar la bendita generosidad de Dios y para encontrar bendiciones y abundancia en medio de los problemas y dificultades. En esta época el Espíritu Santo se está moviendo entre nosotros compartiendo la visión de lo que es real y valioso en el mundo de Dios. En momentos como estos, Cristo nos conduce a profundizar nuestra fe revelándonos que la generosidad quiebra la desconfianza, la parálisis y las informaciones erróneas. Como nuestro Señor resucitado, nosotros, como sus discípulos somos llamados a escuchar el dolor del mundo y a ofrecer sosiego y paz.

En nuestra común peregrinación de Cuaresma asentamos nuestros corazones en el poder de la Trinidad. El Dios que nos creó todavía sigue creando y no nos abandonará. La Palabra Encarnada, nuestro Salvador Jesucristo, quien en el sufrimiento, muerte y resurrección por nosotros permanece solidario con nosotros y nos ha prometido estar con nosotros hasta el final de los tiempos. Dios, el Espíritu Santo, el verdadero aliento de Dios para nosotros y en nosotros, es nuestro consolador, compañero, inspiración y guía. Esta es nuestra esperanza, nuestro gozo y nuestra paz.

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