Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: Homilía del Rdo. Cameron Partridge

Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: Homilía del Rdo. Cameron Partridge

Sigue la transcripción de una homilía compartida el 17 de febrero de 2025 por el Rdo. Cameron Patridge, capellán del Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal. El consejo se reunió del 17 al 19 de febrero en Linthicum Heights, Maryland.

Fiesta de Jawani Luwum: Eclesiástico 4:20-28; Salmo 119:129-136; 2 Corintios 6:1-10; Juan 12:24-32

Buenos días. Es un placer estar con ustedes en esta segunda reunión del Consejo Ejecutivo en este nuevo período, mi segunda ocasión con ustedes como cocapellán junto con la Reverenda Nancy Frausto. Me alegro de que nos reunamos pronto en torno a la mesa de Jesucristo, una mesa de fortaleza y de consuelo, de renovación y de perdón, mientras oramos con la Oración Eucarística del Libro de Oración Común C. Esta mañana menciono estas cualidades de la mesa de Cristo porque sé que yo mismo necesito oírlas. Necesito escucharlas, al igual que quizás ustedes también, porque este es un momento de tanto desafío para quienes vivimos en Estados Unidos, el cual se extiende a muchas de nuestras vidas individuales y familiares, a nuestras vidas congregacionales, a las diversas comunidades de las que quizás formamos parte. Nos reunimos en una época en la que el temor y el odio están siendo intencionadamente alimentados hacia los pueblos marginados desde los más altos niveles del liderazgo de este país.

Muchos de quienes esta mañana estamos reunidos aquí y en torno a nuestra iglesia formamos parte de estas comunidades. Todos los días vemos el fruto de este temor en los titulares de los periódicos y en nuestras conversaciones comunales: patrones de intimidación y de búsqueda de chivos expiatorios, personas que están siendo deportadas o a quienes se les amenaza con serlo; comunidades que están siendo borradas de formas muy concretas: la “T” de transexual y la “I” de intersexual han sido eliminadas de las referencias en los sitios web del gobierno, incluidos los monumentos nacionales de Stonewall Inn en la ciudad de Nueva York, y al mismo tiempo se está erosionando el acceso a la atención médica para la afirmación de género, se está atacando nuestra existencia básica para redefinirla, como si quienes somos intersexuales o transexuales —y hablo como hombre abiertamente transgénero y genderqueer— no fuéramos quienes decimos ser.

Y tenemos el día de fiesta de hoy, en que exaltamos la vida y el testimonio de Jawani Luwum, arzobispo anglicano de la Iglesia de Uganda, Ruanda, Burundi y Boga-Zaire desde 1974 hasta su muerte en 1977. Como se describe en Fiestas y Ayunos Menores, su ministerio como arzobispo “lo puso en contacto directo y eventualmente lo llevó a enfrentar al dictador militar ugandés Idi Amin, ya que el arzobispo buscaba proteger a su pueblo de la brutalidad del régimen de Amin”. Luwum ejerció su ministerio en medio de una escalada de intimidación, colaborando con líderes católicos romanos y musulmanes para, como se explica en el homenaje en línea de la Abadía de Westminster, “dar respuesta a las problemáticas políticas de la época”. El 16 de febrero, él y algunos de esos líderes fueron llamados al palacio de Amin y fueron interrogados. Como a los demás líderes se les permitió marcharse mientras que a él no, Luwum se dirigió a uno de ellos y le dijo: “Me van a matar. No tengo miedo”. No tengo miedo. En efecto, lo mataron: su cadáver fue encontrado semanas después, acribillado a balazos. En los meses y años anteriores, a medida que su ministerio agravaba cada vez más el conflicto con Amin y algunos cuestionaban la sensatez de su postura, se dice que dijo: “No sé cuánto tiempo ocuparé esta silla. Vivo como si no fuera a haber un mañana… Mientras hay oportunidad, predico el evangelio con todas mis fuerzas, y mi conciencia está tranquila ante Dios”.

Las lecturas designadas para acompañar este extraordinario testimonio de vida y de fe se apoyan en los sólidos cimientos de nuestra fe. Ofrecen palabras de vida mientras nombran realidades encarnadas de lucha y dolor, y advierten contra la capitulación ante la tiranía y la falsa neutralidad. La segunda carta de Pablo a los Corintios habla de las tribulaciones a las que se enfrentaron los seguidores de Jesús en contextos romanos imperiales profundamente amenazados por su mera existencia. Él y sus compañeros proclamaron la Buena Nueva “en mucha perseverancia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en duras labores, en desvelos, en ayunos” (2 Cor. 6:4-5). Fueron tratados “por honra y deshonra, por mala fama y buena fama; como engañadores pero siendo hombres de verdad; como no conocidos pero bien conocidos” (2 Cor. 6:8-9). Fueron castigados. A veces los mataron, pero nada pudo apagar su luz. Se entristecieron profundamente, pero finalmente no pudieron reprimir su alegría. Aunque les arrebataron sus posesiones, sus dones rebosaron en abundancia. Nada pudo borrarlos. Ningún imperio ni tiranía, o como Pablo declaró en el octavo capítulo de Romanos, “ni ángeles ni principados ni lo presente ni lo porvenir ni poderes ni lo alto ni lo profundo ni ninguna otra cosa creada” pudo separar a Pablo y a sus compañeros “del amor de Dios en Cristo Jesús” (Romanos 8:38-39).

Como seguidores de Jesucristo, como miembros de su cuerpo vivo y palpitante, sabían que sus propias vidas estaban ligadas a la de él, que cuando “el grano de trigo caiga en la tierra y muera, queda solo, pero si muere lleva mucho fruto” (Juan 12:24). Fruto que perdura. Fruto que crecerá mucho más allá de los horizontes de nuestra imaginación finita.

Y mientras nos esforzamos por liberar esas imaginaciones finitas y fieles, mientras fuerzas más allá de nosotros intentan cerrar su expansión y resolución, el Eclesiástico ofrece tanto una audaz invitación como una cruda advertencia: “Fíjate en las circunstancias y aléjate del mal” (4:20a). Más adelante en el pasaje, “No les hagas caso a los tontos, ni te humilles ante los poderosos” (4:27). Y lo más conmovedor para mí: “No te avergüences de ti mismo” (4:20b). No temas ser tú mismo. No te avergüences de conocerte y de vivir de manera auténtica como quien eres, la persona que Dios creó y te llamó a ser. Hay tanta sabiduría en el testimonio viviente de las vidas reunidas en esta sala y más allá. Nos están haciendo un llamado: no oculten esa sabiduría en el temor —aunque de hecho tengan temor, y por razones muy reales—, sino procuren decir su verdad en el momento correcto. ¿Cuándo? “He aquí ahora el tiempo más favorable”, dice Pablo. “He aquí ahora el día de salvación” (2 Cor. 6:2).

Uno de los cursos más memorables que he tomado en mi sinuoso camino fue el que impartía una profesora y presbítera episcopal que se convirtió en mi mentora, la Reverenda Dra. Ellen Aitken, que descanse en paz y resucite en la gloria. Era el primer día del semestre, al día siguiente del 11 de septiembre, y todos nos debatíamos entre la pérdida y el temor. Yo no había pensado tomar el curso, pero cuando vi el título, supe que al menos tenía que darle un vistazo: “Sufrimiento, dolor y muerte en el Nuevo Testamento y el cristianismo temprano”.

Acabamos por abreviarlo cariñosamente como “SDM”. En cuanto pisé aquella aula y escuché aquella clase, empecé a profundizar en los textos y a conectarme con mis compañeros, supe que estaba donde tenía que estar. Necesitaba pasar tiempo con los textos más antiguos de nuestra tradición y su lucha, su arraigo en la fe en medio del temor. Leímos el texto de Pablo asignado para esa mañana. Leímos nuestro pasaje de Juan. Leímos muchos otros. Hablamos en medio de nuestras diferencias. Le pusimos nombre a lo que realmente estaba en juego para nosotros como seres humanos en toda nuestra complejidad. A lo largo del camino, la belleza y la riqueza del cuerpo de Cristo se me manifestaron de una manera nueva. A través de la autenticidad de las personas reunidas —vivos y difuntos— nació el testimonio de una fe viva, forjada en la vida real, en el dolor y el sufrimiento, incluso en la muerte. Yo necesitaba un testigo así en ese momento. Lo necesito ahora. Necesito escuchar a los Jawani Luwum de este mundo que se abren camino en la fe, que saben que sufrirán por la verdad que llevan en sus cuerpos, que manifiestan las Buenas Nuevas de Jesucristo con valentía inmutable. “Me van a matar. No tengo miedo”. Como han dicho recientemente el abogado Chase Strangio y tantos otros líderes trans, “no permitiremos que nos borren”.O como los latiné entre nosotros han atestiguado tan poderosamente durante años, “Trataron de enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”.