Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: Homilía de la Rda. Nancy Frausto
Sigue la transcripción de una homilía compartida el 18 de febrero de 2025 por la Rda. Nancy Frausto, capellana del Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal. El Consejo se reunió del 17 al 19 de febrero en Linthicum Heights, Maryland.
“Los incendios suelen empezar en las montañas. Podemos verlos venir. Este fue diferente. Mi casa — toda mi calle— estaba en llamas, y las llamas eran dos pisos más altas que las casas. La realidad era tan enorme y sobrecogedora, y el viento era tan fuerte. Tenías que sujetarte de algo para no salir volando. Lo único que se veía eran solo paredes de llamas y explosiones”.
Este fue el testimonio de FRANK FIGUEROA, de 43 años, de ALTADENA, CA. El Sr. Figueroa y otras personas que sobrevivieron los incendios de Eaton y de Palisades contaron la historia de cómo, en las primeras semanas de enero, los incendios que destruyeron todo a su paso paralizaron sus vidas y las de muchos angelinos.
Hasta el 31 de enero, los incendios forestales habían causado la muerte de por lo menos 29 personas, obligado a evacuar a más de 200,000 y destruido o dañado más de 18,000 viviendas y estructuras. La mayor parte de los daños se debió a los dos incendios más importantes: el de Palisades en Pacific Palisades y el de Eaton en Altadena. Los medios de comunicación parecían dedicar la mayor parte de su cobertura al área de Palisades; casi no le pusieron atención al incendio de Eaton que destruyó el barrio históricamente negro de Altadena.
Altadena tiene una larga historia de diversidad racial: los afroamericanos empezaron a establecerse ahí durante la Gran Migración, cuando huyeron del racismo del Sur en busca de una vida mejor. La lucha contra la delimitación discriminatoria conocida como “redlining” y la discriminación fue larga, pero muchas familias lograron comprar casas y abrir negocios en el área.
Ahora, la mayoría de esas casas ya no existen.
Pocos días después de los incendios, la Dra. Dorothy Ludd-Lloyd, residente de Altadena, se abrió paso entre la Guardia Nacional para revisar los escombros.
En una entrevista con CNN, su nieta Kimberly Cooper dijo: “Preguntamos en varios puntos de seguridad si podía recoger un trozo de grava; no quiere que se borre su historia, ni la de sus padres”.
La centenaria casa blanca de East Mariposa Street fue el centro de gravedad de la familia durante seis generaciones.
Ahora, lo único que queda son cenizas.
¿Puede algo resurgir, resurgirá algo de sus cenizas?
La destrucción, las pérdidas, las muertes… Todo esto parece ser demasiado para soportarlo. El humo persistente de los incendios nos ahoga, nos dificulta la respiración.
¿Conocen esa sensación?
Para quienes han sufrido una pérdida así, ya sea por una catástrofe natural, un evento traumático, la muerte repentina de un ser querido o simplemente por vivir a diario con los ataques, la deshumanización y el intento de borrar todo de quienes ostentan el poder, todo parece estar suspendido en el tiempo.
Están atrapados en un ciclo de pérdida, ira, frustración y desesperación, pero ustedes saben que por su propio bien y el de las personas que los quieren, no pueden permanecer en ese ciclo.
Inhalan… exhalan…
El tiempo empieza a moverse, pero nunca se sincronizan con el reloj. Algo ha cambiado, pero la vida continúa.
Aprenden que deben despertar… levantarse y empezar a vivir de nuevo.
Contra todos los pronósticos, de las cenizas brotarán las semillas que crearán nueva vida donde uno solo podía ver muerte.
¿No es eso un testimonio de nuestra fe? ¿Acaso no somos personas de resurrección que, contra todo pensamiento lógico, sabemos en lo profundo del corazón que el domingo llegará y la tumba que alberga la muerte estará vacía porque la vida regresó?
¿Acaso no somos personas que creen en aquel que llamó a la comunidad para que moviera la roca y librara de la muerte a su amigo Lázaro?
¿No somos nosotros los que contamos la historia de aquel que se acercó a la niña rodeada de gente afligida y le dijo: “¡Talitha koum!”. “¡Niña, levántate!”.
¿Acaso no somos el pueblo que lleva la historia de mártires como AGNES TSAO KOU YING, AGATHA LIN ZHAO Y LUCY YI ZHENMEI, mujeres fieles, sabias y valientes que fueron enjauladas y decapitadas por negarse a renegar de su fe?
Permitamos que el ejemplo de los mártires nos sirva de guía sobre cómo vivir nuestra fe.
Nosotros, personas de fe, vivimos en el legado de mujeres que desafiaron al imperio, mujeres como Shiprag y Puah, las dos parteras que, cuando el faraón les ordenó matar a los pequeños hebreos, lo desafiaron y mintieron porque su lealtad era con su Dios, no con un hombre que tenía un título.
Mujeres que, como Agar, quizás estén perdidas y desesperadas, hayan sido usadas y maltratadas, pero a las que Dios ve y llama suyas. Mujeres como Rut y Noemí, que encuentran una comunidad entre sí, caminando y enfrentando la adversidad ¡JUNTAS!
Como Ester, en un momento como este estamos llamados a proteger a nuestro pueblo.
Como María, madre de Dios, nuestras almas deberían proclamar al Señor que levantará a los humildes y colmará de buenas obras a los hambrientos.
Como Ana en el templo, profetizaremos; como María y Marta, trabajaremos y oraremos; y como María Magdalena, no nos cansaremos de proclamar la resurrección.
Como ven, nuestro libro sagrado nos muestra que siempre ha habido y siempre habrá incendios que destruyen, pero ahí también encontraremos a las mujeres que se levantarán, al pueblo de Dios que permanecerá despierto y alerta y no permitirá que la desesperación sofoque las semillas de amor plantadas por un bebé que yacía en un pesebre.
Los incendios causados por el cambio climático, los incendios de la injusticia, los incendios de la opresión, los incendios de la pobreza, los incendios del temor están cobrando vidas entre los que nos rodean —están cobrando nuestras vidas—, congelándonos en el tiempo, sin dejar tras de sí nada más que cenizas. A pesar de eso, yo les digo que debemos seguir siendo fieles porque nos espera el gran banquete de bodas, así que permanezcamos alertas.
Aquellos que están siendo testigos de la muerte y la destrucción, no se alejen; no se limiten a lamentarse y golpearse el pecho; en lugar de ello, reconozcan que ustedes, como seguidores de Cristo, están siendo invitados a participar con Dios en el milagro que está por venir. No se alejen del sufrimiento; por el contrario, mantengan el espacio para que sus hermanos en Cristo reinicien sus vidas.
Empecé esta homilía con los incendios porque la destrucción de los incendios de Los Ángeles ha sido espantosa… Pero ver cómo la comunidad se ayuda mutuamente es inspirador.
Miembros del Consejo Ejecutivo: al ocuparse hoy de sus asuntos, ustedes tienen la oportunidad de modelar el tipo de comunidad que queremos que sea la Iglesia Episcopal.
Como comunidad de fe, tenemos la opción de elegir cómo y cuándo ayudar a nuestros hermanos cuyas vidas se han visto alteradas por acontecimientos horribles.
Tenemos la opción de alejar a la gente de la sanación.
Podemos llenarnos de rectitud y pensar que algunos son dignos de sanación, dignidad y respeto, mientras que otros no lo son.
Podemos optar por dejar que se acabe el aceite de nuestras lámparas, permitiendo así que la llama de la compasión, la empatía y la misericordia se sofoque con apatía y crueldad.
Podemos optar por silenciar los gritos de los que sufren con hermosa música de órgano en el interior de nuestras prístinas catedrales.
O podemos vivir el llamado a correr con perseverancia en la carrera que tenemos por delante, fijando los ojos en Jesús mientras una gran nube de testigos nos rodea y nos vitorea.
Una nube de testigos no solo de figuras bíblicas y seres divinos, de santos y mártires, sino de quienes han librado las batallas que nosotros libramos ahora y se han aferrado a su humanidad y a su fe.
Una nube de testigos de nuestros ancestros y de los ancestros de las comunidades que tuvieron que soportar incendios e injusticias paralizantes pero cantaron su canción evangélica “Venceremos…venceremos… Venceremos algún día”. Una nube de testigos de los ancestros de quienes marcharon cantando “sí se puede, sí se puede, sí se puede”.
Los ancestros de la comunidad LGBTQIA que, en el punto álgido de la epidemia del SIDA, vivieron su lema: “Enterramos a nuestros amigos por la mañana, protestamos por la tarde y bailamos toda la noche… porque el baile nos da fuerzas para enfrentar la mañana”.
Amigos, el mundo necesita que canten su canto evangélico; necesita el compás de su canto y el ritmo de su baile. El mundo está envuelto en llamas; necesita vernos y escucharnos proclamar la vida cuando lo único que parece haber es muerte.
¿Puede algo resurgir, resurgirá algo de sus cenizas?
Quizás sea demasiado pronto para saberlo. Para algunos, los incendios siguen consumiendo todo lo que les rodea, pero podemos hacernos una promesa mutua. Podemos prometer que estaremos ahí los unos para los otros, podemos prometer que buscaremos recuerdos entre los escombros de la destrucción para que sigan contando la historia de un pueblo que se sobrepuso sin permitir nunca que se borrara a nadie, quizás podamos prometer que cantaremos un poco más alto por aquellos que se ven obligados a mantenerse en silencio, podemos prometer que marcharemos y cantaremos llevando con nosotros señales de esperanza, e incluso podemos bailar un poco más por aquellos que necesitan ver que la alegría, como el amor, NO PUEDE, NO SERÁ destruida.
Si hacemos todo esto, tal vez el sol salga y sea un poco más brillante, haciendo que las cenizas del fuego brillen bajo su intensidad. Amén.





