Alexander Baumgarten, director de la Oficina de Relaciones Gubernamentales de la Iglesia Episcopal, y Katie Conway, analista de políticas de inmigración y refugiados, han presentado un testimonio ante el Comité Judicial del Senado, presidido por el senador Patrick Leahy de Vermont, para una audiencia sobre la reforma migratoria que se llevará a cabo el 13 de febrero
«Nuestro sistema migratorio debe transformarse en un sistema justo y humano que distinga entre quienes ingresan ilegalmente para hacernos daño y quienes lo hacen porque nuestro sistema no les puede ofrecer una vía clara y oportuna hacia la reunificación familiar o el empleo legal», sostienen en su declaración.
A continuación se presenta su testimonio completo:
DECLARACIÓN DE ALEXANDER D. BAUMGARTEN Y KATIE CONWAY EN NOMBRE DE LA IGLESIA EPISCOPAL
13 DE FEBRERO DE 2013
Agradecemos al senador Leahy, presidente del Comité Judicial del Senado, y al miembro de mayor rango Grassley por la oportunidad de presentar este testimonio. Acogemos con beneplácito esta audiencia sobre la necesidad de una reforma migratoria integral porque creemos que nuestro sistema migratorio no funciona y que, como nación, merecemos un sistema migratorio que refleje nuestros valores y nuestra historia. Nuestra nación y nuestra fe se fundamentan en la creencia de que todas las personas son creadas a imagen de Dios y, por lo tanto, deben ser tratadas con dignidad, igualdad y equidad ante nuestras leyes.
El apoyo de la Iglesia Episcopal a una reforma integral y humana de nuestras leyes de inmigración surge de nuestro compromiso de décadas con los inmigrantes y refugiados, arraigado en nuestro mandato bíblico de acoger al foráneo y servir a los «más pequeños» entre nosotros. Durante más de 60 años, la Iglesia Episcopal ha reasentado a refugiados que huían de la persecución y ha sido una firme defensora de las necesidades de los refugiados, los inmigrantes y otros migrantes en situación de riesgo que requieren una mayor protección bajo nuestras leyes. Este compromiso con la protección ha llevado a nuestro máximo organismo rector, la Convención General, a aprobar múltiples resoluciones en apoyo de un sistema migratorio que permita a los inmigrantes indocumentados con raíces establecidas en Estados Unidos acceder a un camino hacia la ciudadanía. Esto incluye el compromiso con los derechos de todas las familias, incluidas las de parejas y cónyuges del mismo sexo, a reunificarse sin demoras indebidas; protecciones laborales contempladas por la ley tanto para los trabajadores estadounidenses como para los migrantes; y políticas de aplicación de la ley basadas en el sentido común que respeten la dignidad y el valor de cada ser humano.
Cada día, en las congregaciones, diócesis y comunidades de todo el país, los «forasteros» que están entre nosotros enriquecen nuestras vidas y contribuyen a la tradición multiétnica del Sueño Americano. Los inmigrantes de todos los niveles de capacitación, desde quienes cosechan los alimentos que nos nutren hasta quienes cuidan a nuestros niños y patriarcas, pasando por aquellos cuyas innovaciones tecnológicas reparan nuestras computadoras, contribuyen económica, social y espiritualmente a nuestras comunidades. Es por eso que creemos que cualquier reforma migratoria debe reformar todo el sistema y evitar enfrentar entre sí las diferentes causas de la migración y los distintos grupos de inmigrantes. Se debe permitir que los trabajadores de todos los niveles de capacitación ofrezcan sus necesarias contribuciones a nuestra economía y que mantengan unidas a sus familias. Nuestro sistema no debe negar la necesidad socioeconómica de la familia, y los sistemas de empleo e inmigración familiar deben considerarse complementarios, en lugar de competitivos. Los miembros de la familia se ayudan mutuamente a integrarse, a buscar oportunidades laborales, a iniciar sus propios negocios y a sentar las bases de comunidades saludables.
Nuestro sistema migratorio debe reformarse para que los inmigrantes que deseen reunirse con sus familias o buscar empleo en Estados Unidos no tengan que tomar decisiones imposibles entre nuestras leyes migratorias y las personas que aman. Nuestra Iglesia reconoce la importancia de respetar las leyes de nuestra nación, pero creemos que debemos trabajar para cambiar las leyes si estas no respetan la dignidad de los seres humanos o no responden a las necesidades de las comunidades. Este llamado a una relación correcta dentro de las comunidades humanas es una piedra angular de la tradición bíblica y ética judeocristiana, y encuentra su expresión para los episcopales en la promesa que cada uno hace en el Bautismo de «luchar por la justicia y la paz entre todas las personas y respetar la dignidad de cada ser humano».
Nuestro sistema migratorio debe transformarse en un sistema justo y humano que distinga entre quienes ingresan ilegalmente para hacernos daño y quienes lo hacen porque nuestro sistema no puede ofrecerles un camino claro y oportuno hacia la reunificación familiar o el empleo legal. Los principios fundamentales del debido proceso legal deben garantizarse a todas las personas, y todas las políticas de control migratorio deben ser proporcionales y humanas; por eso la Iglesia Episcopal ha pedido la suspensión inmediata de programas de control destructivos como «Comunidades Seguras» (Secure Communities) y la sección 287-g, así como la implementación de alternativas comunitarias al costoso sistema de detención migratoria, que asemeja una prisión.
Esperamos que esta audiencia nos brinde el primer paso hacia la justicia y la paz que buscamos. Gracias por asumir la pesada carga del servicio público y por la oportunidad de presentar estas opiniones ante el Comité.
Presentado respetuosamente,
Alexander D. Baumgarten y Katie Conway
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