Sermones que Iluminan

Pentecostés 10 (A) – 9 de agosto de 2020

August 09, 2020

Si la historia del Génesis que escuchamos hoy se nos presentara en una especie de novela con cortes comerciales en sus momentos de mayor suspenso, seguro hubiésemos tenido uno de ellos cuando los hermanos de José lo tiran al pozo seco; y, si desconociéramos esta historia bíblica, tal vez supondríamos que, de regreso a la novela, después de los comerciales, presenciaríamos su abandono, angustia y posteriormente muerte. Pero las cosas no ocurrieron así, tuvieron un giro totalmente inesperado, aun para los propios hermanos de José quienes no alcanzaban a imaginar el plan de Dios con ese hermano al que tanto aborrecían.

Con un poco de imaginación y curiosidad bíblica, sin la necesidad de hacer una exégesis perfecta, podríamos establecer una conexión entre la historia que hoy nos ocupa y esa visión de Abraham descrita en el libro del Génesis, en el capítulo quince, versos del doce al catorce: “Cuando empezaba a anochecer, Abram se quedó profundamente dormido. De pronto lo rodeó una gran oscuridad y sintió mucho miedo. Entonces el Señor le dijo: —Debes saber que tus descendientes vivirán en un país extranjero, y que allí serán esclavos, y que serán maltratados durante cuatrocientos años. Pero yo también castigaré a la nación que va a hacerlos esclavos, y después tus descendientes saldrán libres y dueños de grandes riquezas.”

Aquí vale la pena hacer una pequeña pero importante puntualización: José y sus hermanos son los hijos de Jacob, y éste a su vez es hijo de Isaac, por tanto, José y sus hermanos son descendientes de Abraham; por su parte, los hombres que compraron a José y lo llevaron a Egipto como esclavo son descendientes de Ismael, el hijo que Abram tuvo con Agar, la esclava de Sara. El punto es este: para que se cumpliera la visión de Abraham, a la que hemos hecho referencia, Dios junta alrededor del pozo a los descendientes de la mujer libre y a los descendientes de la mujer esclava. Finalmente, Sara y Agar simbólicamente se reencuentran, y la paradoja es que lo hacen en circunstancias diferentes, aunque no menos conflictivas ni confusas que las primeras. ¡Dios y su divino humor! Esta historia, llena de simbología, nos regala hoy un precedente y ejemplo perfecto de cuando Dios hace que los opuestos se encuentren para servir a algo que va de la mano con su plan.

Tomemos como ejemplo dos casos de la historia de los Estados Unidos. El primero se remonta a los años de algidez del Movimiento por los Derechos Civiles de los negros Afroamericanos. Se trata del asesinato del Rvdo. James Reed, ministro blanco de la Iglesia Unitaria, el 9 de marzo de 1965, en Selma, Alabama. El Rvdo. Reed viajó a Alabama para apoyar el Movimiento tras la muerte de varias personas de la raza negra que, durante una protesta, un domingo fueron brutalmente asesinadas por las fuerzas policiales de la ciudad. A ese día se le conoce como “domingo sangriento”. La misma noche que llegó a Selma, el Rvdo. Reed fue atacado por cuatro hombres de la raza blanca que le provocaron tanto daño en el celebro que murió unas horas después en uno de los hospitales locales. Su muerte produjo una gran convulsión, tanta que el presidente Lyndon Johnson pronunció el discurso más importante de su carrera política, en el cual anunció que enviaría al congreso una ley que eliminaría todos los obstáculos que imposibilitaban que la gente de color ejerciera su derecho al voto. Hablando de los derechos civiles, el presidente Johnson dijo: “No es un problema de los negros, no es un problema del sur, no es un problema del norte, es un problema de América.” La muerte del Rvdo. Reed también provocó que muchas personas blancas abrieran sus corazones para entender mejor la lucha y los reclamos de las personas negras. Muchos se unieron al movimiento y marcharon con el Dr. Martin Luther King.

El otro ejemplo lo encontramos en un caso más reciente. Se trata de la muerte de Georges Floyd, un hombre de la raza negra, el 25 de mayo de este año, mientras estaba en custodia de oficiales de la policía de Minneapolis, Minnesota. Su muerte ha provocado un movimiento sin precedentes en los Estados Unidos con repercusión internacional; un movimiento que, de seguir su trayectoria, promete aportar cambios sustanciales en el tema del racismo y la desigualdad que traen tanto desbalance en una sociedad que reclama ser democrática y vivir bajo el principio de que todos los seres humanos somos creados iguales, como lo reconoce la declaración de independencia de los Estados Unidos de 1776.

Estas dos historias, aunque separadas por el tiempo, tienen aspectos que las entrelazan y, en cierto sentido, las hacen una. Comparten el mismo problema de fondo: la actitud arrogante de quienes se consideran valer más que los demás por el color de su piel y los privilegios que ese color les da, por su estatus económico, social o legal. Pero también comparten la esperanza y la nueva oportunidad que nacen de ellas. Estas dos historias nos muestran que Dios puede acercar a las personas de distintas razas, credos y estatus social en medio de la tragedia, y crear una energía nueva de solidaridad que libera y rompe los prejuicios y las distancias. Esa energía se ha hecho sentir de una forma extraordinaria en las manifestaciones lideradas por jóvenes de todas las razas que nos están diciendo que el tiempo del cambio ha llegado y que a nosotros nos toca decidir si abordamos el autobús y vamos a Selma o nos quedamos rezagados.

La historia del Génesis no nos dice cuánto tiempo estuvo José metido en el pozo seco, en cambio, tenemos una muy buena idea del tiempo que transcurrió entre el asalto al Rvdo. Reed y su deceso; también sabemos con exactitud los minutos de angustia y agonía que vivió Georges Floyd con su nuca debajo del oficial de la policía que le arrebató la vida. ¿Estaba Dios ausente en cada una de estas situaciones? Por supuesto que no. Dios estaba armando su rompecabezas, preparándose para el siguiente movimiento. Dios nunca deja de mirar; hay algo que debiera indicarnos que está trabajando en algo nuevo.

Cuando las circunstancias llevan a algunas personas a manifestar lo peor de sí, algo nos reclama a los demás, en lo más profundo, liberar lo mejor que llevamos dentro. Eso es exactamente lo que ha ocurrido en los Estados Unidos y en muchas naciones a raíz de la muerte de Georges Floyd. Entonces la pregunta obligada es: ¿cómo le llamamos a ese algo que nos reclama despertar al ser humano que llevamos dentro? Algunos le llaman simple y puramente despertar de la conciencia; yo prefiero llamarlo Dios en su mejor argumento a favor de la humanidad que nos queda.

Que Dios abra nuestros ojos y nuestros corazones, y nos dé el entendimiento para encontrar nuestro lugar en su plan de salvación. Amén.

El Rvdo. Simón Bautista es canónigo misionero para la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston, Texas.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan