Sermones que Iluminan

Propio 26 (C) – 2025

November 02, 2025

LCR: Isaías 1:10–18, Salmo 32:1–8 (LOC), 2 Tesalonicenses 1:1–4, 11–12, San Lucas 19:1–10

Confesión y salvación

En la oración colecta de este domingo pedimos que “podamos correr sin tropiezos”. En nuestra fe hay una conexión intrínseca entre el arrepentimiento, la confesión, el perdón y la reconciliación. En las palabras del Isaías escuchamos el costo de la práctica de adoración cuanto está divorciada de la justicia social, y acerca de la inutilidad de los sacrificios de animales, al igual que los ritos de purificación –es decir el lavado de las manos contaminadas con sangre-, cuando son realizados como un acto performativo y no con la sinceridad de corazón y con la preocupación genuina y auténtica por los marginados. En aquellos tiempos parte de los oprimidos eran los huérfanos y las viudas, para quienes existía protección a través de las leyes jurídico-religiosas. ¿Somos capaces de comprender cuáles son, en nuestro tiempo, los grupos oprimidos? ¿Es nuestra fe lo suficientemente sólida como para poder nombrar los pecados que cometemos día a día, individualmente o como sociedad? ¿Qué conductas hacen que los ritos de adoración que ofrecemos ante el altar queden anulados por falta de sinceridad?

El Salmo también reafirma el arrepentimiento y la confesión como pasos necesarios para el perdón: “Confesaré a ti mis transgresiones; y luego tú perdonarás la culpa de mi pecado”. El pecado es todo lo que nos separa del amor de Dios. Haber traspasado los límites de respetar la dignidad de cada persona, incluyendo la propia, y haber roto la promesa de amarnos unos a otros como Jesús nos ha amado, es el peor de los pecados que la humanidad puede cometer. La confesión es el puente hacia la experiencia de la reconciliación con nuestros semejantes, y el perdón y la reconciliación suceden por la gracia ilimitada de Dios.

En la Iglesia Episcopal, además de la Confesión General que ofrecemos colectivamente antes de la liturgia Eucarística, también tenemos en nuestro Libro de Oración Común (LOC), las instrucciones para la “Reconciliación del Penitente”. Este signo sacramental es una práctica espiritual más que una obligación. En algunas congregaciones, donde abundan los conflictos y la separación, este rito suele ser un gran puente para promover la unidad y la paz interior; en las comunidades donde sobra el odio y abunda la injusticia, arrepentirse por estas transgresiones contra la gente de Dios, es también el primer paso hacia la confesión y reconciliación.

Durante el rito de la Confesión y Reconciliación del Penitente, recibimos la seguridad del perdón y la absolución. Pero, como lo indica el profeta Isaías, no puede ser sólo un ejercicio de palabras o un acto performativo. Es clave que exista un acto de justicia restaurativa, es decir, reparar el daño causado por la maldad y avaricia de nuestros actos y pensamientos. La justicia restaurativa crea y mantiene relaciones positivas en nuestras comunidades. Siguiendo el ejemplo de Zaqueo debemos devolver lo que hemos robado, debemos restituir lo que hemos negado. El arrepentimiento es una invitación para volver adonde pertenecemos, es decir, Dios. Se trata de alejarse del pecado. La confesión se trata de salir a la luz. El arrepentimiento y la confesión son un espacio de alegría y esperanza; la oportunidad de entrar a una vida nueva, abundante y exuberante.

Esto es precisamente lo que sucede en la historia del evangelio de hoy. En el espíritu de Zaqueo ha comenzado a ebullir la semilla del arrepentimiento. Por eso Zaqueo busca desesperadamente acercarse a Jesús, conocerle, aprender de él y convertirse en uno de sus seguidores. ¡Zaqueo encuentra su oportunidad de entrar a una vida nueva, abundante y exuberante! A pesar de que Zaqueo ha acumulado mucha riqueza, su respuesta a la invitación de Jesús es muy diferente a la del hombre rico. Zaqueo ha acumulado su riqueza saqueando a las personas. Él no es simplemente un recaudador de impuestos, él es el jefe del distrito quien servilmente atiende los reclamos y exigencias del emperador y, además, en su posición de poder, también determina cuál es su tajada en el asunto. Se ha ganado el odio de sus vecinos por ser servil al imperio y ser parte del sistema de explotación y opresión.

Zaqueo sabe cuál ha sido su gran pecado. Experimenta un momento de arrepentimiento y confesión cuando le dice a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo; y si le he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más”. Esto está prescripto en las leyes de Moisés, en los libros del Éxodo, Levítico y Números. Jesús reconoce y da legitimidad al linaje abrahámico de Zaqueo cuando declara: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham”. La salvación y el Reino de Dios llegan a Zaqueo mediante la presencia de Jesús, su mensaje de arrepentimiento y salvación se manifiesta en la transformación radical experimentada por Zaqueo.

La misión salvífica de Jesús también está reforzada en la idea expresada anteriormente, en las parábolas de la oveja perdida o de la moneda perdida: “el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido”. La historia de Zaqueo nos ofrece una mirada profunda al proceso de arrepentimiento, confesión, perdón y reconciliación. Lo que debemos hacer es exponer nuestras transgresiones a la luz de Jesús. Él se encarga de lidiar con nuestro pecado en la medida en que nosotros lidiamos con la confesión de nuestro pecado. ¡Sacarlo todo a la luz, no mantener nada, ni un minuto más, en secreto!  Y ésa es, precisamente, la clave para obtener una vida nueva, abundante y exuberante. Eso es vivir de una manera auténtica, sincera y vulnerable ante Dios y la comunidad.

Algunas veces esta propuesta de arrepentimiento y confesión suena un poco aterradora, pero somos miembros de un reino donde la muerte no es el final, sino más bien la puerta a la resurrección; un reino donde encontramos nuestras verdaderas vidas, sólo después de perder la vida de corrupción que estábamos llevando. ¡Abracemos entonces nuestro portal a una vida nueva, abundante y exuberante!

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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