Sermones que Iluminan

Pentecostés 3 (C) – 26 de junio de 2022

June 26, 2022

LCR: 1 Reyes 19:15-16, 19-21; Salmo 16; Gálatas 5:1,13-25; San Lucas 9:51-62

Hace apenas dos semanas que celebramos la gran solemnidad de Pentecostés; ese maravilloso acontecimiento de Dios presente entre nosotros a través del Espíritu Santo, manifestando su fuerza, poder y amor por la humanidad al quedarse para siempre animando y fortaleciendo a su pueblo redimido. El Paracleto continúa impulsando el ministerio de la Iglesia y realiza en conjunto con ella la tarea del Maestro. En este tercer domingo después de Pentecostés, la palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre el ministerio de Elías, Eliseo, Jesús y los Apóstoles, pero también sobre el nuestro como bautizados, comunicándonos un mensaje de esperanza y libertad.

En la lectura del Primer libro de los Reyes se nos relata un hermoso pasaje en el que el profeta Elías, después de cumplir su tarea, se dispone a transmitir a Eliseo la misión de acompañar y animar al pueblo de Dios. Nos cuenta el relato Bíblico que Eliseo, ocupado en sus tareas diarias en el arado para ganar su sustento y el de su familia, descubre su misión profética a través del llamamiento que le hace el Señor por medio de Elías. Este llamado se expresa con un bello símbolo en el que Elías echa su capa encima de Eliseo, eligiéndolo y separándolo para el servicio de Dios.

Por supuesto aceptar la misión no es fácil. Eliseo tiene familia, trabajo, responsabilidades que cuesta abandonar para dedicarse exclusivamente a la misión encomendada; seguramente tiene temores, incertidumbres, apegos y un amor legítimo y sincero por los suyos, pero la obra de Dios demanda toda su atención. Por ello se dispone a despedirse de todo y de todos. Elías comprende esta realidad tan humana y accede a que el elegido se despida no sin antes recordarle la palabra empeñada. Eliseo ofrece de comer a la gente en un gesto de desprendimiento total de sus bienes materiales; sacrifica los bueyes de su labranza para alimentar a todos, entrega cuanto tiene y se dispone a seguir a Elías, su maestro. Es a partir de ese desprendimiento total de lo material y de la propia familia como Eliseo adquiere la verdadera libertad para vivir y actuar en consecuencia con su misión profética.

Seguramente quienes hemos sido llamados a la vida resucitada de la gracia, hemos experimentado en algún momento de nuestro caminar cristiano la necesidad de renunciar a algo o a alguien para seguir el camino de la fe. En nuestro tiempo muchas prioridades buscan absorbernos y nos impiden vivir completamente para Dios; el “tiempo es corto” y el cúmulo de obligaciones es grande, parece que no nos damos abasto para integrar nuestros deberes cotidianos con la vivencia de la fe. El cristiano no puede permitirse que la pereza o el desánimo impidan su avanzar, debemos encontrar la manera de vivir y expresar nuestra experiencia de Dios aun en los escenarios más caóticos o turbulentos.

La carta del Apóstol Pablo a los Gálatas nos recuerda que el Señor nos ha dado una nueva vida en libertad y que ya no somos esclavos de nuestros instintos, sino dueños de nuestras decisiones, las cuales deben estar siempre orientadas a mostrar que, como hijos libres del único Señor, vivimos bajo la ley del amor que todo lo supera y todo lo trasciende, en una actitud permanente de generoso servicio. Todo comportamiento violento, destructivo o degradante es síntoma de una vida alejada de la Gracia de Dios. Vivir según el Espíritu Santo implica necesariamente abandonar los malos deseos que nos hacen actuar de forma contraria a la palabra del Señor y nos conducen a una vida turbulenta y llena de vicios, peleas, chismes y discordias en la que nos mordemos unos a otros hasta llegar a destruimos como lo expresa el Apóstol en la epístola. El llamado del cristiano es a la libertad, paz, tranquilidad, felicidad y bondad, produciendo los frutos del Espíritu y guiados por este mismo Espíritu.

El Evangelio, por su parte, nos habla del cumplimiento definitivo de la tarea encomendada por el Padre eterno a Jesús, el Salvador, quien sabe que ha llegado la hora de cerrar con broche de oro su misión. Unos están abiertos a recibirlo y reconocerlo, otros no porque se encuentran cegados por el rencor, las divisiones religiosas, el deprecio por el que piensa y cree diferente. Los samaritanos también recibieron el mensaje de Jesús, pero su odio hacia los judíos impide que puedan acogerlo y experimentarlo.

Seguramente nos ha pasado. Nos apartamos del mandamiento del amor que nos dejó el Señor simplemente porque no podemos aceptar que el otro piensa distinto y esto nos genera sospecha y desconfianza. Muchos nos enojamos por la falta de fe que hay en el mundo, por la falta de amor y caridad, por quienes no reconocen a Dios en sus vidas y actúan en contra de los valores del Evangelio, y quisiéramos -tal vez lo hemos pedido- que Dios acabara con los incrédulos, los malos, los violentos y estableciera su Reino por la fuerza, tal como lo pidieron los Apóstoles en el pasaje que estamos meditando. Sin embargo, el único fuego abrasador que Dios quiere emplear y que nosotros empleemos es el del amor; un amor que sane heridas, reúna, alimente y de vida.

El seguimiento de Cristo es un gran reto. Queremos caminar según su Evangelio, pero tenemos limitaciones, deseamos una vida cómoda y tranquila, mientras el Señor nos pronostica que junto a Él encontraremos dificultades, persecuciones, esfuerzo, trabajo y sacrificio. Queremos estar siempre a su lado, pero habrá a nuestro alrededor personas y circunstancias que incidan -de manera directa o indirecta- en nuestra vida, limitando nuestra relación con el Señor en la medida en que lo permitimos. Vivimos entre familia, amigos, jefes, compañeros de trabajo, autoridades, y es en medio de estas relaciones que estamos llamados al anuncio de la vida nueva y libre en Cristo de la que nos habla hoy el Apóstol Pablo.

Los cristianos nada debemos anteponer a Cristo. A diferencia del profeta Elías, quien permite a Eliseo que se despida de los suyos, el relato del Evangelio nos invita a ser radicales en nuestra respuesta: “deja que los muertos entierren a sus muertos”. Es una dura sentencia, pero también es un llamado a que revisemos la profundidad de nuestros votos bautismales a fin de garantizar que nada nos detenga en la tarea de ser anunciadores de la Buena Noticia. 

Al final, en medio de todas las situaciones de la vida, lo más importante es poner “la mano en el arado” y, día tras día, esforzarnos por reconocer nuestras limitaciones, las de quienes nos rodean y las circunstancias que nos afectan, y trabajar por superar las barreras que amenazan al amor como fin último de nuestras relaciones humanas y de nuestro ministerio como bautizados.

El Rvdo. Ricardo Antonio Betancur Ortiz, es abogado de profesión y presbítero en la Diócesis de Colombia, ha practicado la docencia en temas de anglicanismo y estudio del Libro de Oración Común en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis. Profesó votos monásticos Benedictinos de Obediencia, Estabilidad y Conversión de vida el 16 de octubre de 2020 en la Fraternidad Anglicana de San Benito, siendo elegido como su actual Prior.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan