Último Domingo después de la Epifanía (A) – 15 de febrero de 2026
February 15, 2026
LCR: Éxodo 24:12-18, Salmo 2 o 99, 2 San Pedro 1:16-21, San Mateo 17: 1-9.
Hoy nos encontramos en el último domingo después de la Epifanía y nos preparamos para iniciar el tiempo de cuaresma con el rito de la Ceniza el próximo miércoles. Las lecturas de la Sagrada Escritura de este domingo nos invitan a meditar sobre un evento poderoso y extraordinario en la vida de Jesús: su Transfiguración. Este momento, narrado en los evangelios, nos prepara para recordar la pasión, muerte y resurrección de Jesús; pero más allá de la historia y el evento divino, la Transfiguración es una invitación a cada uno de nosotros para encontrarnos con la gloria de Dios y reflejarla en nuestra vida cotidiana.

Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan a la cima de la montaña. Allí ellos reciben una visión única que les cambia la perspectiva. Ven a Jesús resplandeciente, acompañado por Moisés y Elías, y escuchan la voz de Padre que glorifica al Hijo. Esta experiencia es tan extraña y misteriosa que a los discípulos les cuesta comprender lo que ocurre. A veces, a muchos de nosotros, nos cuesta entender los signos de Dios en nuestra vida cotidiana. Un buen ejercicio espiritual este domingo, y adecuado como preparación para el inicio de la cuaresma, sería ése: intentar descubrir cómo Dios se hace presente con su voz, con su luz, en signos pequeños, sencillos, cotidianos.
Ya en la cima de la montaña se hacen presentes Moisés y Elías, personajes importantísimos para el pueblo judío. Escuchamos en la lectura del Éxodo como Moisés también sube a una montaña para encontrarse con Dios y recibir las tablas de la Ley. Moisés es el que representa el orden, la disciplina, la fidelidad a Dios. Elías, por otra parte, es el profeta valiente, que renunció a su comodidad para denunciar las injusticias rebelándose contra los poderes opresores. Los dos son símbolos de perseverancia y guían al pueblo en momentos de dificultad.
Pero detengámonos a observar a los otros personajes que son parte de esta manifestación divina. Pedro, Santiago y Juan, pescadores humildes, personas sencillas como muchos de nosotros o nuestros padres y abuelos, que desde su sencillez son también testigos de la gloria de Jesús, el Elegido, el Mesías, y que, en medio de ellos, con su rostro luminoso, les comunica sin palabras la misericordia y el amor del Padre. La teología llama a este evento: “La Transfiguración de Jesús”, pero en palabras sencillas, es la revelación de la gloria de Dios en la persona de Jesús. Desde este momento Jesús, lleno del Espíritu Santo y con la complacencia del Padre, continúa su ministerio de amor: anuncia la Buena Noticia a los pobres, sana a los enfermos, devuelve la vista a los ciegos, perdona a los pecadores y libera a los oprimidos. ¿Qué enseñanza nos deja la Transfiguración de Jesús? Podríamos decir que más que una lección, es un reto. El reto de ser portadores, mensajeros de la más grande y buena noticia de todas. Por nuestro bautismo estamos llamados a mostrar la gloria de Dios a los demás.
Recordemos las palabras que algunas congregaciones utilizan en el rito del bautismo cuando se presenta la luz de Cristo al nuevo bautizado, sobre todo en el bautismo de infantes; la oración de entrega dice: “Recibe la luz de Cristo. Esta luz te ha sido confiada para que la mantengas encendida intensamente. Has sido iluminado por Cristo. Camina siempre como hijo de la luz.”. Nuestra misión como comunidad de creyentes es grande, estamos llamados a ser reflejo de la gloria de Dios de tal forma que cuando otros nos vean, digan: Ésa es una comunidad amada por Dios, que brilla con su presencia; una iglesia de verdaderos discípulos que aman, sirven y viven en el Espíritu Santo. Por otra parte, nuestra visión de fe debe ayudar a otros a descubrir la presencia de Dios, no sólo en lo extraordinario, sino en lo sencillo, ordinario e incluso imperfecto, porque la divinidad de Dios, desde el nacimiento de su Hijo en Belén, se manifestó de formas inesperadas e imperfectas.
Así pasa con la Transfiguración. Los discípulos confundidos, humildes, imperfectos quieren retener el momento construyendo refugios para Jesús, Moisés y Elías, pero Jesús les enseña que la verdadera felicidad no está en quedarse en la comodidad, sino en el servicio, la entrega y la búsqueda de Dios. La auténtica alegría llega cuando nos abrimos a la luz de Dios y permitimos que Él transforme nuestra vida. Muchas veces buscamos seguridad y felicidad en cosas pasajeras: el trabajo, el éxito, el dinero, la estabilidad, pero esas alegrías son temporales y dependen de las circunstancias. En cambio, cuando nos unimos a Dios, incluso en medio del miedo, la tristeza o la incertidumbre, experimentamos la verdadera transfiguración del corazón.
La Transfiguración nos invita a buscar lo divino en nuestra vida diaria, a reconocer los momentos en que Dios se revela, a escuchar su voz y confiar en su plan, aunque no lo entendamos. Los discípulos escucharon: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo.” Ésa es la invitación para todos nosotros: abrir los oídos y el corazón al mensaje de Jesús.
Como comunidad latina, sabemos lo que es caminar por valles y montañas, enfrentando desafíos, alegrías y tristezas. La vida nos exige perseverancia y fe. No olvidemos que Dios nunca nos abandona. Nos llama a caminar juntos, a apoyarnos, a compartir su luz y a ser testigos de su amor en el mundo. Al bajar de esa montaña somos transformados y quedamos limpios, recuperamos el gozo y renovamos el compromiso de anunciar la Buena Nueva muy a pesar de los valles desolados y desiertos áridos en nuestro caminar. La liturgia nos prepara para esta experiencia a sólo días de iniciar la Cuaresma. Preparémonos con oración y meditación, caminando juntos hacia la montaña de la Pascua.
La invitación es a vivir juntos esta experiencia de fe, apoyándonos, orando, compartiendo la Palabra de Dios y meditándola. Que juntos lleguemos a la gran resurrección, transformados y listos para reflejar la gloria de Dios en el mundo. Que este tiempo de Cuaresma, ya próximo, sea para nosotros una oportunidad de subir a la montaña con Jesús, dejándonos transformar por su luz, pero también de bajar al valle para llevar esperanza y consuelo a quienes nos rodean.
El Rvdo. Francisco Valle, sacerdote salvadoreño, es rector de la iglesia multicultural – Episcopal Church of Our Saviour, en Silver Spring, Maryland. Diócesis Episcopal de Washington D.C.
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